Resaca de viaje

estaAcabo de regresar de un viaje a Sagua en el que, por primera vez en mucho tiempo, volví a inspeccionar la carretera con olfato de chofer curtido.

No medí cada palmo del camino con cuerdas y estacas, como los agrimensores de antaño, sino con la única fórmula física del preuniversitario que ha logrado sobrevivir en mis recuerdos: V = S/t (velocidad es igual a distancia sobre tiempo).

Incapaz como siempre he sido hasta para las cuentas elementales, demoré casi todo el trayecto para llegar a un resultado que bien hubiese podido preguntarle a cualquier camionero de alquiler: los más de 130 kilómetros que separan a Sagua de Sancti Spíritus pudiera recorrerlos, en un viaje sin escalas ni demorados trasbordos, en apenas una hora y 41 minutos. Así de simple.

Para ello debiera primero recitar de memoria la nueva ley del tránsito, aprobada por el Parlamento este mismo año; saber distinguir, pese a este despiste proverbial, las señales de prohibición de las que indican preferencia; y someterme a un examen práctico en el que no importa cuánto domine el contenido, igual terminaré ponchando.

Solo restaría comprarme el carro ahora que se puede. Comprarlo o redireccionar las culpas: antes, podía endilgárselas a las leyes que me impedían aspirar a tanto; ahora, al parecer soy yo quien no se esfuerza lo suficiente como para pagar un auto con mi salario.

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