El público ausente

El público ausenteNo logro evitarlo: en ciertas actividades culturales de Sancti Spíritus suelo experimentar una especie de deja vu. Me atormenta la sensación de que ya he visto a los ponentes, el escenario y, lo que es peor, que se repite el público, tan deprimido en los últimos tiempos que cabría todo en una lista de 30 personas.

Por desgracia, no se trata de una percepción surrealista, sino de una verdad cada día más apabullante: con sus raras y muy meritorias excepciones, los espirituanos asisten como medidos por cuentagotas a los espacios que las instituciones culturales conciben para ellos.

En ese saco no incluyo las giras de artistas nacionales, los molotes de fines de semana ni las fiestas populares, que pese a su calidad cuestionable ya tienen garantizado el público a fuerza de decibeles y pipas de cerveza. Pero basta que disminuya el volumen de la música, el sitio sea más íntimo y el bailoteo se convierta en descarga de trovadores, lecturas de poesía o debates sobre temas artísticos para que vayan quedando vacantes, como por ensalmo, los asientos destinados al auditorio.

Lo más fácil sería culpar a nuestra mentalidad provinciana, esa suerte de desventaja fatal con que nos consolamos cuando surgen las comparaciones con la bohemia capitalina, santiaguera, villaclareña… Sin embargo, hubo un tiempo de nuestra era, posterior a la Edad Antigua, posterior a la Revolución Francesa, en que los hijos de esta villa no consideraban las tertulias únicamente como un corrillo donde exacerbar el narcisismo de las élites.

Según sostienen espirituanos de estirpe trasnochadora, hace más de 20 años existía un público asiduo a presentaciones musicales, literarias, de artes plásticas, escénicas; un público que, si bien nunca fue demasiado numeroso, al menos manifestaba una voluntad de participación intelectual que sucumbió  bajo los primeros apagones de la crisis económica. Las actividades dejaron de ser atractivas por la falta de recursos; las personas comenzaron a desvelarse por cuestiones mucho menos espirituales; el consumo cultural cambió, definitivamente, y las reminiscencias de aquella etapa llegan hasta hoy, cuando las grandes mayorías prefieren productos enlatados, arte chatarra que no les comprometa demasiado el raciocinio.

“Es como si la gente no quisiera pensar”, se lamenta Juan Eduardo Bernal Echemendía, presidente de la filial espirituana de la Sociedad Cultural José Martí, mientras enumera los espacios que abre su institución para promover el ejercicio del criterio sin que el círculo de asistentes vaya más allá de los habituales.

A ese espectador aletargado en casa no se le conquista con carteleras bien concebidas, metodológicamente hablando; con actividades donde puedan intuir el “teque”, o galas “que dan ganas de correr”. Se impone la búsqueda desprejuiciada de resortes que atraigan al auditorio, que le hagan soltar el mando del DVD para salir a la calle a llenar las salas vacías o, en última instancia, repletas a la fuerza.

También perfectibles pudieran ser las estrategias de divulgación desplegadas por los medios. No obstante, al decir de Helena Farfán, comunicadora de la Dirección Provincial de Cultura, las personas muchas veces no asisten a las actividades aunque se cansen de escuchar anuncios por la radio y la televisión.

De cuánto se consigue con guiones novedosos y bien pensados pueden dar fe los promotores de La noche de la fuente, peña mensual que ha logrado mantenerse durante una década gracias a no pocos artilugios; los espacios auspiciados por la UNEAC, la Asociación Hermanos Saíz y los centros provinciales de las diferentes manifestaciones que también se han agenciado seguidores.

Lo cierto es que, con más de 42 000 actividades efectuadas durante el 2010, los habitantes de esta provincia no deberían proclamar a voz en cuello que no tienen adonde ir. Espacios existen: para ello laboran decenas de especialistas de programación en museos, Casas de Cultura, sedes provinciales y municipales de instituciones, y un larguísimo etcétera que, sin embargo, no considera la mayoría de los espirituanos para confeccionar el itinerario de su tiempo libre.

¿Apatía generalizada? ¿Un extraño caso de indiferencia? No podría endilgar calificativos a un fenómeno que, al parecer, se ha diseminado en mayor o menor medida por salas y teatros de todo el país. Lo que sí me atrevo a asegurar, aunque me falten dotes de cartomántica titulada, es que deberán modificarse todavía no pocas mentalidades y resortes de promoción antes de que los espirituanos recuperen la capacidad de consumir la cultura con el entusiasmo tan común décadas atrás.

Algo me dice que continuará atormentándome por un buen tiempo el mismo deja vu: los contertulios habituales, los escenarios idénticos, el público ausente.

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2 comentarios en “El público ausente

  1. Este es un problemas de otras ciudades, incluso de vida más metropolitana, no sé cómo será en SSP la promoción cultural, pero si seguimos aspirando que la radio, la TV y la prensa llenen el auditorio la batalla está perdida. En cierto curso de muy buenos recuerdos, alguien que respeto y admiro mucho nos dio una lección. Abandonó el micrófono y se adentró en el auditorio a compartir su mensaje. Si nuestros promotores culturales tuvieran más horas calle que de radio y televisión, quizás tu historia no fuera tan triste y no se repitiera en otros lugares. En un país con un nivel de instrucción tan alto realmente es de surrealistas que las personas se pierdan las presentaciones culturales. También está el tema del habanerismo de nuestros artistas, pero creo que eso sería para otro post ¿no crees?

    1. Tienes razón, Mandy, ese habanerocentrismo de los artistas pudiera dar perfectamente no solo para un post, sino hasta para una tesis de doctorado. Sobre la promoción, o casi promoción, hicimos un trabajo en el suplemento cultural del periódico por estos días, la semana que viene lo pongo en el blog y ya de paso me gestiono un comentario tuyo, que esos son los que me suben el raiting, jejeje. Besos

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