Pueblos del Oeste

Pueblos del Oeste Son como aquellos pueblos que salían en las películas del Oeste: una calle principal, exigua y polvorienta, tres o cuatro caballos amarrados a un poste, el bar suspendido en la morriña del mediodía. Hasta los guajiros que hoy habitan las comunidades rurales de la provincia se dan un aire a los cowboys de chamarretas y polainas que imponían la ley del más fuerte en las tabernas de la baja California.

Sin embargo, a diferencia de esos parajes que solo existen en las memorias de Hollywood, cientos de caseríos casi anónimos se mantienen vivitos y coleando por todo Sancti Spíritus, a despecho de las más contemporáneas teorías sociales que describen, como una ley inevitable, el despoblamiento de las zonas periféricas.

Algunos, porque han decidido continuar junto al surco; otros, porque no les queda más remedio. Lo cierto es que alrededor de 130 000 espirituanos amanecen cada día fuera de los límites de las ciudades, con toda la carga de romanticismo y de proeza titánica que implica permanecer al margen del bullicio urbano. Una verdadera epopeya, cuentan quienes se han quedado a regañadientes, sobre todo por las manquedades del transporte que no alivia la lejanía y constituye una de las quejas más recurrentes a campo traviesa.

Se echan, entonces, estos guajiros mansos a los caminos, que parecen haberse resignado ya al deterioro y a los cascos insistentes de las mismas bestias. Por carreteras y trillos en carne viva enrumban con los dedos cruzados para que la suerte les acompañe en la “botella”, y una larga lista en los bolsillos con los encargos de todas las comadres para resolver en la ciudad.

Detrás, la rutina encharca el caserío: el café goteando del colador, gallinas y cerdos parados sin sobresaltos en los portales, los gallos cantando a toda hora, según un campesino con ínfulas de científico, porque el cambio climático los tiene locos de remate.

Vistos así, desde fuera, estos sitios aletargados no tendrían nada que envidiar a aquellas regiones invadidas por el tedio que Juan Rulfo describiera en su libro de cuentos El llano en llamas. Menos hostiles son estos pueblos del interior espirituano, aunque alguna que otra revuelta hay, casi siempre cuando las pipas de cerveza apaciguan la abstinencia de varios meses, o cuando las esquinas vienen a suplir los bares que les faltan.

Hasta allí, a las afueras del mundo posmoderno, llegan los jolgorios muy rara vez. La ciudad acapara sin escrúpulos ni cargos de conciencia las opciones recreativas y se desentiende olímpicamente de los pobladores rurales. Ellos, acaso en un acto de desquite, entonan corridos por su cuenta con emoción similar a la de los cuates vejados por el engaño de una mujer, la caída de un caballo, la pérdida de un gallo fino; las mismas letanías que van heredando sucesivas generaciones sin que hasta ahora nadie haya podido explicar ese gusto tan típicamente guajiro por la música mexicana.

Al delirio por tararear El rey, aunque no tengan casa ni tierra bajo sus dominios, solo lo supera la fascinación por las décimas, esas estrofas que todos aprenden a componer desde que pisan el primer guateque como si les viniera incorporado en la información genética. Cientos de Justo Vega y Adolfo Alfonso andan desperdigados por los campos de la provincia inventando rimas que serían dignas de Palmas y cañas si el fatalismo geográfico muchas veces no las condenara a terminar amarradas bajo el ateje del patio o, a lo sumo, premiadas en algún torneo de barrios.

Pero con semejante inconveniente han aprendido a lidiar, y llegan hasta justificarlo al más puro estilo poético, con una cuarteta que las amas de casa murmuran frente a las contrariedades: Este mundo es un relajo/ en forma de gallinero/ y aquel que llegó primero/ se ríe de los de abajo.

Las Cuabas, El Pedrero, Condado, Pitajones, Polo Viejo, La Larga… Plantadas sobre las lomas o en medio del llano, un sinnúmero de comunidades espirituanas devienen original y copia, no solo por sus condiciones materiales casi idénticas sino también por el candor de su gente, más sana cuanto más apegada a los sembrados.

Como si el tiempo no hubiese erosionado los valores primigenios, todavía estos lugareños continúan consultando sus problemas y sus iniciativas con los delegados o los presidentes de consejo popular, quienes, sin necesidad de lanzar cuatro tiros al aire, han llegado a convertirse en alcaldes de sus vecindarios: todo lo escuchan, todo intentan resolverlo.

Y es que, definitivamente, las zonas rurales de Sancti Spíritus son como aquellos parajes donde Billy El Niño desenfundaba su arma y se moría de amor por una corista: el sopor inalterable cayendo sobre los tejados, las bodegas abiertas, enjambres de moscas merodeando; todo menos los carteles de Se Busca que exhibían la cara de un forajido asaltador de bancos.

Sin embargo, mucho polvo se ha acumulado sobre esas cintas de Hollywood en que dos pistoleros se medían con rencor durante una secuencia antológica que ya no está de moda. Bien lo saben aquellos guajiros amantes de las películas del Oeste: ciertos filmes, como algunos pueblos, terminan relegados al olvido.

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3 comentarios en “Pueblos del Oeste

  1. Definitivamente ha desandado usted esos rincores. Seguro reconoce además de la dinámica aletargada de estos asentamientos y su gente, la peculiaridad de encontrar allí carácteres verdaderos, limpios de las pretensiones citadinas. ¿Son recientes sus incursiones a la campiña?

  2. Sí, lo único que no acabo de admirar es como usted bien dice ese gusto incólume a la música mexicana, al punto de valorarte por cuánto te gusta o te disgusta a ti también.

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