Archivo mensual: noviembre 2011

Los dos Virgilios

Nunca, pese a mis casi cinco años de graduada, he podido superar ese sobresalto en la boca del estómago cuando voy a entrevistar a alguien. Me siento insignificante detrás de la grabadora, haciendo preguntas predecibles y manidas. Y quizás es un buen síntoma después de todo: no perder el sobresalto.

Con semejante nudo en la garganta -esa sí que es una imagen manida- le pedí una entrevista a Virgilio López Lemus durante la más reciente Jornada de la Poesía en predios espirituanos, una cita que solía reunir a lo más selecto del parnaso insular y que hoy apenas lidia con las asonancias del presupuesto. Hasta aquí llegó Virgilio, más por cierta conmiseración con sus coterráneos que por el poder de convocatoria del evento. Sigue leyendo

Era un pueblo con mar

Hay que ver el deslumbramiento en los ojos de un boliviano frente al mar. Las pupilas se les dilatan, el pulso se les acelera, el rostro asume una expresión enigmática y lánguida. Yo estuve junto a dos de ellos la primera vez que se mojaron con agua salada.

Fue allá por 2006, el año que comenzó para mí con la herida de un muelle de colchón en mi rodilla izquierda. Ese primero de enero en el hospital debí suponer que había entrado con mal pie a los próximos doce meses y, efectivamente, fue un tiempo de algunas zozobras y demasiados cambios de planes. Sigue leyendo

Estos días tan cortos y estas noches tan largas

Desde la primera vez que leí El anhelo inútil, de Rubén Martínez Villena, un día que no sé precisar en aquella época remota de la primaria, supe -ya de niña me las daba de cartomántica- que habría de recordarlo para siempre.

“¡Oh, mi ensueño, mi ensueño! Vanamente me exaltas:/ ¡Oh, el inútil empeño por subir donde subes!/ Estas alas tan cortas y esas nubes tan altas/ y estas alas queriendo conquistar esas nubes…”

Debió ser una profecía de esta inconformidad constante que he padecido desde entonces. O de esta impotencia, no sé bien. Lo que sí sé, a pesar de lo poco anecdótica y sin claroscuros que me fue enseñada la historia de Cuba de los años 30, es lo fascinada que quedé con la personalidad de Villena, el intelectual joven que lideró la Protesta de los Trece y murió, prosaicamente, del pulmón, como también él había vaticinado. Sigue leyendo

Euforia reservada

Tengo la puntería de Guillermo Tell: no sé cómo me las arreglo para viajar rumbo a Sagua justo al día siguiente de que anuncian en la televisión cubana, panel de periodistas y viceministros mediante, la autorización de compra-ventas. Primero, de carros; la semana pasada, de casas.

(Ahora que escribo carros y casas, en ese orden, recuerdo la canción de Descemer Bueno que auguraba estas libertades: “yo lo que quiero es un carro/ para cuando tenga mi casa/ irme pa’ mi casa con mi carro”. El arte a veces se adelanta.)

En la Yutong china que me llevó de Sancti Spíritus a Santa Clara, dos hombres detrás de mí apenas me dejaron conciliar el sueño: uno de ellos elucubraba planes para vender un apartamento y comprarse una casa con patio, traspatio, al estilo Pipo Pérez, mientras el otro pretendía adjudicarse la vivienda de un tío sin más arientes ni parientes que se marcharía al Primer Mundo. Los dos iban contentos, alucinando. Sigue leyendo

Donde sufrió Mayábuna

Debo admitirlo: esa noche no pensé en Mayábuna. Estaba demasiado concentrada en mi propio cataclismo sentimental, en esa suerte de desamparo con que he aprendido a lidiar desde entonces, como para preocuparme por las ambulancias que escuché a lo lejos.

Las vi pasar una tras otra en sentido contrario al hospital: únicamente eso me alarmó. Pero las olvidé de un plumazo, entre el televisor que no se veía, la ropa a medio acomodar en los percheros y mi madre sin comprender por qué no quería regresar a Sagua. Sigue leyendo