Era un pueblo con mar

Era un pueblo con marHay que ver el deslumbramiento en los ojos de un boliviano frente al mar. Las pupilas se les dilatan, el pulso se les acelera, el rostro asume una expresión enigmática y lánguida. Yo estuve junto a dos de ellos la primera vez que se mojaron con agua salada.

Fue allá por 2006, el año que comenzó para mí con la herida de un muelle de colchón en mi rodilla izquierda. Ese primero de enero en el hospital debí suponer que había entrado con mal pie a los próximos doce meses y, efectivamente, fue un tiempo de algunas zozobras y demasiados cambios de planes.

Para empezar, un curso en la escuela Salvador Allende, en La Habana, en el que impartiría clases a estudiantes extranjeros que se preparaban para ingresar a la carrera de Medicina. Para ellos era una bendición: yo lo asumí con estoicismo pero sin entusiasmo.

Tal vez por haberme enrolado a regañadientes me costó tanto trabajo adaptarme. Apenas dormía, trataba de seguir al pie de la letra todas las orientaciones -de ese rasgo, por desgracia, no he podido desprenderme- y apabullaba a mis alumnos con excesivas muestras de control.

Hasta un día, cuando me percaté de que estaba dejando pasar lo más importante: la amistad de todos ellos, el intercambio cultural con otros pueblos, tan distintos y, sin embargo, tan similares en el fondo.

Entonces comencé a escuchar sus historias de vida, las preocupaciones de esa madre de 20 años que había dejado a su pequeña para poder estudiar; las bravuconadas de aquel muchacho que me doblaba la estatura, presumía de malandro y se la pasaba buscando cómo complacerme; las aspiraciones profesionales de cada uno, algo que ya yo tenía resuelto a la altura de mi cuarto año de Periodismo y que, para ellos, era todavía una incógnita.

Solo cuando dejé de seguir las reglas con desvelos de extremista y tomé a dos bolivianos por el brazo, nos montamos en una guagua de domingo y nos paramos de frente al malecón, pude comprobar que no me había equivocado: nada como la sensación de bienestar que se experimenta cuando se hace feliz a alguien.

Nunca habían visto el mar fuera del celuloide o la nebulosa visión de la costa desde el aire. Nunca habían respirado el olor al salitre. Solo muchos años después, cuando he alcanzado madurez como para aquilatar lo que nos falta, es que logro comprender el gesto casi magnánimo de compartir lo que nos sobra: el mar, ese mar infinito que nos separa de todos y nos une a todas partes.

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5 comentarios en “Era un pueblo con mar

  1. Ya con este título tenía que revisar tu nuevo post, Sabina es mi debilidad, pero igual me gusta tu texto, también disfruto el mar, aunque de lejos. También me sirve la lección del extremismo, de seguro me sirve el traje, trataré de asimilar el consejo y de aprender a hacer felices a los que a veces me sufren por esa causa, claro, no son mis compañeros de trabajo, jejeje, ellos abusan de mí igual que mi hija

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