Archivo mensual: diciembre 2011

Pasaje en avión

Signada como estoy por los viajes -de Sagua a Santa Clara, de Santa Clara a Sancti Spíritus y, 15 o 21 días después, ese mismo trayecto en sentido contrario-, es casi un trauma lo mío con el transporte. Demasiado sol en la botella, demasiadas horas sobre el lomo de una Yutong, demasiado dinero de mi salario -como antes, del de mis padres- en el bolsillo de un botero.

Sin embargo, en ese viajeteo constante he presenciado escenas que voy a recordar toda la vida: una señora sin nombre que me contó pormenores de sus 65 años en apenas hora y media; un cuentapropista religioso -yo creía que eran conceptos incompatibles- que se negó a cobrarle el pasaje a una pareja con un recién nacido porque “esta es mi obra de caridad de hoy”, les dijo; el chofer que dejó bajo la lluvia a una mujer con su niño de brazos, solo porque “me moja los asientos”. De todo hay en la viña del Señor. Sigue leyendo

El problema es generacional

No debí haber nacido en 1984, es un año demasiado rotundo, demasiado bisiesto y par. (Ahora mismo de seguro alguien suma y resta para comprobar si realmente el 84 fue un año bisiesto por ese placer casi morboso del hombre de desconfiar de las verdades que se le dan por sentadas). Anita tenía que haber sido una madre más precoz y haberme lanzado al mundo antes de los 80, la época dorada de la mantequilla Nela y el turismo nacional.

Pero los recuerdos de esos tiempos de ensueño no son, al menos para mí, lo suficientemente vívidos como para darme por satisfecha. Se me desdibujan en la memoria, se me despegan como carcamonías -jamás he dicho calcomanías- algunas estampas que habría querido conservar: la carne rusa en latas, una habitación del Habana Libre, el juicio televisado de Ochoa, los cantos de sirena de la Perestroika, el primer apagón… Sigue leyendo

La Habana es ancha y ajena

El Malecón y sus lucecitas para escena; las olas embistiendo ese muro de piedra con que los habaneros pretenden contener el mar; los carros de embajadas que pasan, salpicando sin cargos de conciencia a los vendedores de maní; la silueta provocativa del Hotel Nacional, fuera del alcance de mis bolsillos: todo en La Habana me es hostil.

A veces me pregunto cómo hubiera sido estudiar allí, instalarme en un modo de vida más cosmopolita, menos bucólico, casi tan ancho y ajeno como el mundo de Ciro Alegría. No sé si me habría adaptado. Tal vez sí, y a estas alturas aplaudiría a Industriales con la misma vehemencia con que le voy a los Gallos, mientras no jueguen contra Villa Clara. Sigue leyendo

Náufragos en tierra firme

Como un barco que se va a pique, irremediablemente, la casa comenzó a hacer aguas. Por debajo de las puertas, reptando por los tragantes, por entre las ranuras del piso, el río nos invadió con sus astucias de leva hasta dejar en todos la terrible sensación de estarnos ahogando en tierra firme.

La odisea había empezado de madrugada y sin corriente, después de que el ciclón Lily se marchara sin más penas ni glorias que unas cuantas ventoleras. Por eso cuando mi madre me sacudió a las dos de la mañana con una vela en la mano, solo atiné a pensar que ensayaba un nuevo ardid para cambiarme de cama: “Levántate, que el río está creciendo”. Luego amaneció para todos. Sigue leyendo