Náufragos en tierra firme

Náufragos en tierra firmeComo un barco que se va a pique, irremediablemente, la casa comenzó a hacer aguas. Por debajo de las puertas, reptando por los tragantes, por entre las ranuras del piso, el río nos invadió con sus astucias de leva hasta dejar en todos la terrible sensación de estarnos ahogando en tierra firme.

La odisea había empezado de madrugada y sin corriente, después de que el ciclón Lily se marchara sin más penas ni glorias que unas cuantas ventoleras. Por eso cuando mi madre me sacudió a las dos de la mañana con una vela en la mano, solo atiné a pensar que ensayaba un nuevo ardid para cambiarme de cama: “Levántate, que el río está creciendo”. Luego amaneció para todos.

Dispuesta como ha sido siempre para los acontecimientos telúricos de la familia, mi madre se dedicó a dirigir el operativo de evacuación: abrió una por una las sábanas, volteó sobre ellas las gavetas, tiró la ropa sin sacarla de los percheros, anudó las puntas como si hubiera aprendido a hacerlo en las praderas de África y distribuyó la carga entre sus hombros, los de mis tíos, que ya para ese entonces habían llegado, y los de mi padre, que se dejaba guiar porque se sabía invalidado por el nerviosismo para cualquier acción de mando.

Yo cumplí sin chistar su primera orden: “Agarra lo más importante, lo que quisieras salvar antes que nada”. No creyó, sin embargo, que fuera a cumplirlo tan al pie de la letra; por eso no pudo menos que reír -ah, esa capacidad tan nuestra de reírnos incluso en medio de las desgracias- cuando me vio plantada frente a ella con la mochila repleta de libros a la espalda, la muñeca que me regaló mi abuela en una mano y un paquete de íntimas recién abierto en la otra. Esa madrugada, dice, se dio cuenta de que ya yo desembarcaba de golpe en la adolescencia.

Antes de que llegaran los camiones, demasiado pocos para los cachivaches de tantos vecinos atribulados, los amigos de todas partes de la familia habían sacado “lo duro de la casa”: las camas que perdieron tornillos y arandelas, los colchones, las mesas de noche sin sacarles las gavetas, los dos escaparates con los álbumes de fotos dentro, las cómodas llenas de toallas y ropa interior, la vajilla en cajas sin el rótulo de “frágil”… hasta un piano vertical que no lograban levantar entre ocho hombres curtidos. Esa fue la pérdida que menos lamenté, convencida como estaba de que nunca llegaría a ser concertista de tertulia alguna. El piano subió la loma para siempre y se llevó con él un futuro de Periquitos y Baladas para Adelinas que, a Dios gracias, nunca llegué a tocar.

Mientras, el agua seguía subiendo, sorda, tragándose las piedras que colocábamos en las orillas para medir la velocidad con que el río avanzaba pendiente arriba. Para entonces, solo quedaban en Plácido 32 el fogón de gas, algunos estantes en las paredes y los calderos apilados sobre la meseta a una altura a la que todos suponían que las marismas no habrían de llegar. Se salvaron por cinco centímetros.

Solo cuando vio que el agua turbia le llegaba a las rodillas, mi madre suspendió la batalla inútil que aún libraba contra la corriente, cerró la reja, dejó la puerta abierta para que la hinchazón provocada por el agua no le reventara el marco y se sentó en la punta de la loma a contemplar la casa que había reconstruido prácticamente desde los cimientos apenas dos años antes: “Dios mío”, dijo, y se desbarrancó a llorar.

Tal vez por ese trauma fluvial respiro aliviada todos los noviembres cuando acaba la etapa ciclónica y, con ella, el riesgo de ahogarnos en tierra firme. Por más que lo he intentado, aún no perdono al río por aquella veleidad innecesaria; tampoco olvido la reacción de mi madre, enérgica al principio, desarmada en las postrimerías; y peor: desde entonces no he logrado salvar del naufragio nada más que lo intangible.

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10 comentarios en “Náufragos en tierra firme

  1. Me hiciste recordar el viejo refrán que dice: Lo importante no es las veces que caemos, sino las que logramos levantarnos. Para mi, que tantas veces he tenido que andar, sin mirar lo que dejo atrás, me llegó profundamente esta historia de tu adolescencia. ¿Ves cuando afirmo que el Cielo te dotó de espada para luchar en la vida?. Felicidades, muy buena crónica Gi, y te prometo que no dejo de seguir tus notas.

  2. Sorprendente historia. Nunca he estado en una inundación. En casa nos hemos preparado para que el huracán arranque el techo o lo desplome con ayuda de la lluvia, en esas circunstancias también conozco la reacción de una progenitora al mando. Pero, ¿qué fue del piano?

    1. El piano… La historia del piano merece otro post, sobre todo porque comencé añorándolo, repasando las lecciones de Solfeo y poniendo los dedos como si tocara encima de la mesa porque no lo tenía, y terminé agradeciendo las santas horas en que tomó loma arriba para nunca más regresar. Te prometo la historia del piano, de la concertista de familia que fui hasta que me llegó la adolescencia, los Beatles y el rock.

  3. Pobre Anita, puedo cerrar los ojos e imaginarla en ese momento crucial con tu exacta descripción; puedo incluso volver alos días de Lebrije en Jatibonico, aunque allí finalmente -gracias a Dios y a muchos- no llegó una gota de agua a tierra firme. La evacuación allí fue mucho más drástica, algunos atinaron a llevarse el Panda, una muda de ropas o el perro; la mayoría salió apenas con el cuerpo asustado. Cuando llegué, Jatibonico era un pueblo muerto de casas cerradas y desierto de gente, voy a abrir los ojos, que no quiero recordarlo, ufff

    1. Yoly, preciosa esa imagen de que “la mayoría salió apenas con el cuerpo asustado”. Me la voy a robar, lo tengo decidido, jejeje. Besos. También yo te imagino a ti, con qué zozobra debiste haber llegado a ese Jatibonico muerto, ese pueblo “donde no habían personas”. Definitivamente, el agua es una amenaza terrible…

  4. Al borde casi del próximo post, me disculpo por no haber leído antes la historia del naufragio… En mis días universitarios la escuché tantas veces que siempre supé estaría entre los temas de alguna crónica, te habías demorado mucho… No te hubiera imaginado nunca entre las teclas de un piano, así que yo también agradezco al río su partida definitiva.

  5. Ni el Nilo , ni el Amazonas, ni el Orinoco, ni el Mississippi, ni siquiera el Danubio han inspirado una crónica como esta. No digo más. Desde ahora para mí no hay río más importante en este mundo ni en otro que el Sagua. Desde ahora no, desde hace rato.

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