Archivo mensual: enero 2012

Una ciudad sin grabados

No tengo la certeza histórica, pero me atrevería a asegurar que ni Federico Mialhe, ni Eduardo Laplante, los franceses más deslumbrados por las ciudades en ciernes de esta isla, estuvieron nunca en la villa del Espíritu Santo. O no les llamó para nada la atención, o no la consideraron digna de figurar en sus grabados, o ningún espirituano de entonces se molestó en subirlos a la Loma del Obispo, ese promontorio desde donde -intuyo- puede verse el villorrio con todos sus recovecos laberínticos.

Esa falta de testimonio en las litografías del siglo XIX -o esta poca pericia mía para buscarlo- es acaso un signo de las marismas en que la ciudad se ha debatido siempre, somnolienta y desmotivada, y debe ser también la causa de que la doctora Alicia García Santana y el fotógrafo Julio Larramendi no hayan podido comenzar el capítulo dedicado a Sancti Spíritus de su libro Las primeras villas de Cuba con una imagen citadina de los grabadores de antaño. Sigue leyendo

Parece miércoles

Que me haya retrasado para escribir este post, que no haya tenido ni un segundo este miércoles “del mundo a mitad de semana” para sentarme a redactar cuatro o cinco párrafos es una suerte de escarmiento a mi presunción: dije que publicaría sin falta cada miércoles por aquello de que el corazón necesita ritos, como ya había advertido Saint Exupéry, y bastó que me ufanara de haberlo conseguido para que se me viniera abajo.

“Con puntualidad londinense”, comenté mientras colgaba mi más reciente post en facebook, sin imaginar siquiera que siete días después me estaría lamentando por no haber podido hilvanar una línea a tiempo. Sigue leyendo

Café

La primera vez que tomé café, a los seis años, no me gustó en lo absoluto pero pedí más para irle a la contraria a mi madre. “A los niños que toman café las tripas se les ponen prietas”, me dijo, sin imaginar siquiera que con semejante prohibición acababa de inaugurar toda una serie de empecinamientos que yo iba a mantener solo para contradecirla.

No me acordaría del cuento a estas alturas –y, en efecto, no lo recuerdo con mi propia memoria- si no fuera por las veces que ella misma lo ha repetido hasta con orgullo para ilustrar mi rebeldía precoz y la complicidad de mi abuela, que se escondía para darme una línea de café humeante en el jarro de aluminio recién sacado del colador. Desde entonces nadie se ha arriesgado tanto para complacerme; al menos, nadie como ella. Sigue leyendo

Enero sin zafra

“La zafra huele a Sagua”. Así confesé en un reportaje más melancólico de la cuenta allá por el 2009, cuando entré por primera y -hasta ahora- única vez a la barriga del Uruguay, ese gigante de las moliendas espirituanas que, sin embargo, no logró sino recordarme el Sitiecito de mis nostalgias.

Hay temas con los que, por más que trato, nunca consigo ser objetiva: la zafra, entre ellos, y el ferrocarril, y el río, y otra vez la zafra, con su dosis de bagacillo cayendo en las noches sobre el mosquitero y la imagen de mi abuela persiguiendo hasta la última de esas espiguitas de tizne.

A una especie de deslumbramiento esotérico atribuyo entonces la emoción subrepticia que me corre por el espinazo cuando sé que está a punto de empezar la zafra, cuando se dedica toda una Mesa Redonda a explicar los cambios para la venidera contienda, al extremo de cruzar los dedos frente al televisor para que el central de mi pueblo no figure entre los venidos a menos. Sigue leyendo