Café

CaféLa primera vez que tomé café, a los seis años, no me gustó en lo absoluto pero pedí más para irle a la contraria a mi madre. “A los niños que toman café las tripas se les ponen prietas”, me dijo, sin imaginar siquiera que con semejante prohibición acababa de inaugurar toda una serie de empecinamientos que yo iba a mantener solo para contradecirla.

No me acordaría del cuento a estas alturas –y, en efecto, no lo recuerdo con mi propia memoria- si no fuera por las veces que ella misma lo ha repetido hasta con orgullo para ilustrar mi rebeldía precoz y la complicidad de mi abuela, que se escondía para darme una línea de café humeante en el jarro de aluminio recién sacado del colador. Desde entonces nadie se ha arriesgado tanto para complacerme; al menos, nadie como ella.

Mi mamá lo supo siempre, y se sentó a esperar que se me pasara la malicia, como habría de seguir haciendo después porque ya desde aquellos seis años ella comprendió que ante mis obcecaciones patológicas solo hay un remedio: dejar que me reviente.

A diferencia de otros caprichos pasajeros, al menos con el café no me ha ido mal. Será porque cada vez que pongo la cafetera me viene a la cabeza la imagen de mi abuela, de quien heredé -y a mucha honra- el gusto por el rojo y las décimas, la devoción por Santa Bárbara, el pánico a las ranas y el rito invariable de cocinar con delantal -el suyo, por cierto-.

La cafetera le explotó una tarde, supongo que allá por los primeros años del período especial, y aquel estampido que por suerte solo fue eso: estampido, le dejó para el resto de su vida una nube oscura en el techo y la inapelable decisión de retomar el colador que sus tres hijos la habían obligado a desechar unos meses antes. Ella no quería ser moderna, le bastaba con tomar café sin sobresaltos. (Ahora que lo pienso, ese pudiera ser también el origen de mis fobias a las tecnologías sofisticadas y al desarrollo).

Trece años, tres meses y 23 días han pasado desde que me falta, sin embargo, no logro entrar a la casa de Salvador Herrera 107 sin acostarme un rato en el lado de la cama que fue suya, llegar hasta la cocina que no le gustaba sino para hacer café y, aunque todo está cambiado, imaginarla con el colador en una mano y el jarro de aluminio en la otra, esperando que mi madre se descuide para darme un sorbo apurado y de contrabando.

Tal vez por eso cuando escucho hablar de robusta o arábico, de planes de producción inconclusos o paquetes de Pilón, La Llave y Bustelo traídos del más allá, no suspiro pensando en las plantaciones del Escambray, sino en el ajetreo de mi abuela y la frase proverbial que yo repito para imitarla: “Si no tomo café por la mañana, no hay fuerza humana que me haga trabajar”.

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7 comentarios en “Café

  1. Gisselle: siempre disfruto tus crónicas. Comparto contigo el recuerdo de mi abuela materna asociada al café. La evoco ahora haciendo también el café aunque en mi caso siempre lo tomaba claro pues la primera colada estaba reservada para mi abuelo, secuela de un machismo ancestral que mantuvo hasta sus el fin de sus días. Conservo muy vívido la imagen de aquel gran jarro blanco de esmalte que me ayuda a matar el hambre infantil en las mañana de dar carreras por el patio. Será por eso que hoy todavía conservo la costumbre de una tacita de café, ahora en una cafetera eléctrica (mi abuela jamás la hubiera aceptado). Esa tacita, como tender la cama es una manera de decirme “comenzó el día”.
    gracias por hacer que me detenga en esas cosas pequeña de la vida, quizás demasiado olvidadas.
    Saludos desde Las Tunas

    1. Son precisamente esas pequeñas cosas de la vida, István, las que nos hacen levantar por las mañanas. Gracias por leerme y compartir en mi blog los recuerdos de tu abuela y el café. Algún día tendremos que hacer un homenaje a nuestras abuelas que, por lo que veo, tenían muchos rasgos en común. Saludos desde SS hasta Las Tunas, esa provincia donde tan buenos amigos tengo.

  2. “…desde aquellos seis años ella comprendió que ante mis obcecaciones patológicas solo hay un remedio: dejar que me reviente.” Juro que cuando la vea, le voy a comentar el fragmento y preguntarle si es cierto. Lo dudo. Con nostalgias decembrinas, no por retraso, sino porque hoy es doce. Recuerda las cabañuelas*.

    *cabañuelas. (Del dim. desus. de cabaña). f. pl. Cálculo que, observando las variaciones atmosféricas en los 12, 18 ó 24 primeros días de enero o de agosto, forma el vulgo para pronosticar el tiempo que ha de hacer durante cada uno de los meses del mismo año o del siguiente. || 2. Méx. Lluvias de invierno. || 3. Ven. Lluvia ligera que cae durante los primeros meses del año. □ V. fiesta de las Cabañuelas.
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