Xenofobia tropical

Xenofobia tropicalHubo un segundo, un instante brevísimo, fugaz, en el que mi nacionalismo rozó con la xenofobia. No fue intencional -lo juro- pero duró el tiempo justo para confirmar que, por más que se empeñen los filósofos del Primer Mundo en demostrar que no pertenecemos a un país en específico sino a la humanidad en su conjunto, a mí me sigue pareciendo que esas teorías posmodernas y trasnacionales no se inventaron para este Caribe nuestro. Hay demasiado calor aquí, hasta en invierno.

Fue una madrugada de diciembre en la barriga de una Yutong, esa suerte de congelador chino donde nunca se es lo suficientemente pequeño para viajar cómodo. Experta como soy en la ruta Sancti Spíritus-Santa Clara, tomé la carta credencial de mi pasaje, la paseé frente a las narices del taquillero, el jefe de turno, el conductor y el chofer de la guagua, y subí al ómnibus como suelo hacerlo un sábado sí y otro no. Nadie me indicó nada, lo hice por inercia.

Pero los paquistaníes que se quedaron merodeando abajo no sabían ni tenían cómo saber de estos mecanismos maquiavélicos nuestros de chequear asientos, llamar a la lista de espera, chequear de nuevo sobre la guagua y finalmente romper el ticket por el que debieron pagar 13 pesos. Solo hasta Santa Clara, recuerdo.

Ya a punto de irse la Yutong, subieron todos con sus trajes típicos y sus turbantes, husmeando entre los asientos vacíos y los ocupados por otros viajeros con menores dosis de despiste. Bastó un poco de algarabía, unas cuantas frases ininteligibles para que el chofer se parara en medio del pasillo, abriera los brazos en franco desafío y los regañara en tono de profesor de primaria: “Oye, los de las barbas, ¿ustedes no sabían que tenían que subir cuando compraran el boletín?”. (Ojos negros que se miran, encogimiento de hombros). “Sí, sí, ustedes mismos, yo no sé cómo es en su país, pero aquí cuando llaman a subir para la guagua, no es a quedarse majaseando por allá abajo, porque yo también quería ver el televisor”. (Turbantes que se sientan, protestas en voz baja, en el mismo idioma con que adoran a Alá). “Aquí no pueden andarse durmiendo en los laureles. Esto es Cuba. ¿Oyeron? ¡Cu-ba!”.

Por un momento, entonces, me sentí dueña de la guagua, de la carretera, hasta del muñeco cursi de felpa verde que tenía el chofer colgado del parabrisas. Pero fue solo un momento. Después compadecí a esos paquistaníes, tan solos, tan lejos de su Patria, tan desamparados en medio de este trópico donde hace un calor de infiernos, donde los hombres no respetan la santidad de Mahoma y las mujeres jamás se han cubierto el cabello con tantas telas sino que las emplearían mejor en coserse minifaldas.

Sutiles diferencias regionales, diría algún cantante sarcástico de estos tiempos. Diferencias irreconciliables, diría yo, segura como estoy de que no es lo mismo solidarizarnos con su causa, apoyarlos en quién sabe cuántos escenarios internacionales, ofrecerles las carreras de sus vidas, que asimilarlos al interior de nuestra cultura, tan folclórica, tan barroca, con esta forma tan irreverente de comprender a Dios.

Por eso cuando los veo por las calles con sus turbantes, sus miradas de otra latitud y esas barbas de fundamentalista islámico, recuerdo aquella madrugada en que fui tan xenófoba como el chofer, apenas por un instante. Desde entonces tampoco dejo de preguntarme qué me hubiera dicho un conductor paquistaní si me hubiera hallado con esta saya corta y este escote caribeño, perdida, desubicada en medio de una guagua en Islamabad.

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6 comentarios en “Xenofobia tropical

  1. Curiosa y dolorosa historia, llena de prejuicios y salpicada de la ignorancia supina y la arrogancia pueblerina del chofer de la Yutong, infeliz dueño de un micromundo tan absurdo y grotesco como el muñeco del parabrisas.
    No te falta razón en afirmar que no es lo mismo recibir a esos muchachos que asimilarlos….pero, ¿de verdad tenemos que asimilarlos? ¿No es más fácil aceptarlos como son y mostrarnos a nosotros mismos como los anfitriones generosos y desinteresados que, supuestamente, somos? En Islamabad, ciudad en la que viví durante casi un año, tu saya corta y escote caribeño te hubiesen costado más de un problema cultural por ser señales de irrespeto a costumbres y tradiciones milenarias y muy arraigadas. Pero difícilmente un conductor te hubiese gritado por no saber exactamente cuando subir a su vehículo, por cual puerta bajarte o alguna otra “torpeza” más propia de tu desconocimiento de un “mecanismo maquiavélico” que de tu desdén por las normas religiosas y culturales del país.

  2. “en el que mi nacionalismo rozó con la xenofobia”.Donde no roza,sino que la abraza es a un nivel mas bajo,cuando se trata de sagua(Lo positivo) y Sancti Spiritus(Donde estas,pero no quieres estar).Como individuo y como pueblo debemos aprender tolerancia,con el que es de otro color,otro genero,otras inclinaciones sociales,otro nivel de vida,otro pensamiento politico,otra religion,otro equipo de besibol,con el que le gusta el trago y con el que fuma con el feo y con el bello.Simplemente con el que es diferente y acabar de comprender de una vez que eso de UNIDAD en el pueblo, es una falacia o una imposicion..Gracias a Dios,somos diferente..Imajina por un instante que a todos nos gustara una chica de Sagua,bella y periodista..que pasaria con las otras chicas?

    1. Jose Luis, como casi siempre, le doy la razón en algún punto: es cierto que tenemos que aprender a ser más tolerantes con el que piensa diferente, pero no creo que la unidad sea una falacia. De hecho, la unidad entre la inmensa mayoría de los cubanos que piensa igual (a la que me sumo) es lo que nos ha permitido sobrevivir como nación. Fíjese que no hablo de un sistema determinado, sino como Nación, con mayúsculas. Se equivoca levemente en otro punto: me encanta Sagua y no me avergüenzo de defenderla, más como mi lugar de ensueño que como una ciudad digna de demasiado reconocimiento. Anda muy maltratada por estos días, en el plano del patrimonio edificado, aclaro. Pero no estoy en Sancti Spíritus en contra de mi voluntad, de hecho, estoy en SS como dice mi madre: “Por mi santa voluntad”. Ni ella ni usted al parecer se lo explican, pero eso es lo de menos con tal de que me lo explique yo. Y también me gusta esta villa de Cuba, pero me gusta en su minimalismo, reconociendo que no es un emporio, como algunos de sus hijos quisieran hacerla ver. Precisamente por su sencillez es que me gusta Sancti Spíritus. De modo que no trate de explicarse más qué hago aquí: estoy porque quiero, porque ya cumplí hace rato mi servicio social pero, aún así, no pienso despegarme de esta ciudad que sí me acogió como una hija. Un saludo y un consejo: la tolerancia se predica pero ha de cultivarse en uno mismo…

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