Las cumbres más altas de mi mundo conocido

Las cumbres más altas de mi mundo conocidoEsta sí es la última vez que hablo del avión, lo juro…

Subiendo el Escambray, con las lomas casi al alcance de la mano, recordé por enésima vez a mi mamá. Por mucho que me empeño, que trato de explicarle el embrujo de esas, las montañas más altas de mi mundo conocido, ella no anda creyendo en semejantes visiones de románticos. Con lo que le fascina La Habana, siempre dice que mi deslumbramiento con el campo es únicamente para contrariarla.

Pero esta tendencia mía al monte no es de ahora, que tengo todo el “macizo de Guamuhaya” a la vuelta de un antojo, sino desde mucho antes, por aquellos todavía no tan lejanos años en que Anita y Jorge me llenaban de lazos, cogían un frasco con alcohol para mis mareos -los de verdad y los teatrales, de niña era un poco dramática- y nos trepábamos en una de las cinco o seis guaguas que por ese entonces salían de Sagua rumbo a La Habana. Aquellos maravillosos 80…

Fue precisamente con tales ardides para burlar el mareo que Anita -sin proponérselo, por supuesto- me descubrió el campo: “Vamos a contar las vaquitas del camino… mira esa casa con tres pañales en el portal… el próximo varentierra que veas es tuyo…”. Llegaba sin mareos a La Habana, es cierto, pero con los ojos llenos de la Cuba profunda.

Por eso ahora no entiende cómo yo puedo demorarme 40 minutos contándole por teléfono mis más recientes incursiones al Escambray en busca de un avión averiado, uno de esos artefactos polacos que todavía funcionan en esta isla del Caribe para bombardear la prensa. Casi 40 minutos para narrarle toda la peripecia: la voz de alarma en el periódico, la negativa de la fuente para permitirnos la foto -ah, la hidra del secretismo sacando una cabeza-, el caso omiso a disposición tan desfasada y obsoleta, y el viaje rumbo a Veguitas de Jibacoa, esa suerte de palangana dibujada por las lomas del Escambray gracias a la cual el piloto, el primer oficial y el técnico de vuelo pudieron aterrizar sin un rasguño ni un arañazo en la nave. Gracias también a la providencia, por supuesto, pero con semejante factor no cuentan los incrédulos.

Después de contarle con pelos y señales el trayecto Sancti Spíritus-Autopista-Manicaragua-Jibacoa y varios kilómetros más arriba; después de describirle las casas de tabla rústica y las mansiones de placa, que también las hay por esos lares, las palmas que parecen enanas allá abajo en el llano, y de los guajiros que no saben indicar direcciones sino valiéndose de guásimas y matas de mango jobo; después de eso no le quedaron dudas: lo mío es una tendencia irreversible al subdesarrollo.

Y a mucha honra, le digo siempre, orgullosa como estoy de que me entusiasme más un viaje al Escambray de mis nostalgias, a sus parajes bucólicos, sus saltos de agua intramontanos, sus helechos crecidos como estalagmitas, que una cola en cualquier embajada.

En eso sí estamos de acuerdo: ni ella ni yo necesitamos más Alpes ni Pirineos que estas cumbres, mucho menos inaccesibles, del Escambray nuestro de cada día.

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5 comentarios en “Las cumbres más altas de mi mundo conocido

  1. Ahora casi me explico tu predilección montuna, pero algún día tendrás que explicar también tu teleaudiencia fiel, durante 27 años, a Palmas y Cañas. De todas maneras, si es para que surjan post así, aplaudo tu “tendencia irreversible al subdesarrollo”.

  2. Gisselle: De manos de unos amigos de tu tierra, vi de lejos el Escambray (o la Guamuhaya) y me gustó. Como camagüeyano, soy analfabeto en lomas, pero eso me hace admirarlas más. Celebro tu especial gravedad para regresar al campo y para proclamar tu indiferencia hacia esa gran ciudad que, por fortuna, no puede seducirnos a todos. La cubanía más grande empieza en casa pequeña. No la permutes. Un saludo.

  3. Entiendo todo menos la parte que dices “de ninna era un poco dramatica” ….Creo que jamas alguien me ha dado en el medio de la frente con una cuchara de Pre, o sea, enorme, a causa de un ataque de ira inesperado. Un beso mi hermanita, como ya sabes, yo tampoco soy del capitalismo ni de la ciudad. Lele

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