La inconsciencia del racismo

La inconsciencia del racismoAndo deslumbrada por estos días con la telenovela brasileña que comienzan a transmitir a las seis de la mañana. Deslumbrada y con ojeras, por aquello de levantarme media hora antes de lo que normalmente hago -eso de inexplicable tiene la fascinación: es un impulso contra el que no se puede luchar-. De modo que me tiro de la cama a las seis en punto, pongo la cafetera en el fogón y me deleito durante 45 minutos con una historia altamente improbable que, como todas las novelas de O’Globo, tendrá un final feliz. Ojalá la vida misma fuera uno de los culebrones de turno; de los brasileños, claro.

Más allá de las actuaciones, de las escenografías a las que no se les ven las costuras, de la simulación del Brasil decimonónico, lo que de verdad me levanta en las mañanas es la posibilidad de asistir a las contradicciones de un tiempo en el que se dirimía la abolición de la esclavitud.

Hasta ahora lo había visto como un hecho consumado: en 1886 se promulgó en Cuba la ley gracias a la cual todos los hombres comenzaron a ser enteramente libres, pero jamás me había puesto a pensar cómo reaccionaron aquellos sacarócratas a quienes, de un plumazo, se privaba de sus dotaciones; qué debieron sentir los esclavos, con la carta de emancipación en la mano pero sin opciones reales de sustento fuera del barracón -no solo tenían la libertad, sino también la impotencia de no saber qué hacer con ella-.

Amarrados de pies y manos en medio de una sociedad que los marginaba por el color de su piel, los antiguos esclavos se insertaron a como pudieron en el orden jerárquicamente dispuesto por los blancos: en los oficios rudos y de menor remuneración, en los barrios periféricos, en las antípodas del progreso. Ni siquiera el haber defendido la Patria en la manigua redentora les dio patente de corso alguna después de la guerra: el mismísimo Quintín Bandera debió soportar que Tomás Estrada Palma le enviara cinco pesos -no creo que entonces tampoco hubieran valido tanto- y un puesto de cartero en lugar del espacio de tributo que se merecía. La Colonia siguió viviendo en la República, ya lo había señalado Martí al referirse a nuestras dolorosas naciones de América.

Pero lo peor no es el recuerdo sufrido de aquella época, las imágenes del cepo en que se regodean las telenovelas brasileñas como en otro tiempo hiciera la cubana Sol de batey, sino las reminiscencias del racismo que han perdurado como una marca de hierro en la carne viva de la sociedad, por más que se tracen políticas gubernamentales para limar las asperezas.

Viendo la telenovela brasileña y, sobre todo, leyendo La conspiración de los iguales, polémico texto del historiador Rolando Rodríguez sobre la protesta del Partido Independiente del Color en la Cuba de 1912, termino de comprobar lo que ya intuía desde que me fue dicho, con la fórmula elemental de la escuela primaria, que “se nos extinguieron los indios pero llegó la trata”: este racismo solapado, inconsciente de sí mismo, no es el costumbrista y pintoresco de Cecilia Valdés, sino uno demasiado persistente como para darlo por zanjado con decretos.

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8 comentarios en “La inconsciencia del racismo

  1. El post está muy bien argumentado, sin embargo lo que más me gusta de todo es la foto. ¿Podrá esa paloma negra -no sé si es parienta de aquella otra paloma de la calle Obispo que vi en esta misma blog- acercarse al grupo, penetrarlo y sentirse a gusto? A lo mejor se siente como aquellos negros de 1886 que “no solo tenían la libertad, sino también la impotencia de no saber qué hacer con ella”, como dice la autora. Saludos…

  2. Muy buen comentario. Realmente pensé que ibas a irte por analizar la telenovela. Buen cambio de intención. Me gustaría conocer, desde tu posición de mujer y especialista, tu opinión acerca del fenómenos “telenovela”. Felicidades.

    1. No creo que pueda dar un criterio “como especialista” porque no lo soy, te puedo dar mi apreciación como televidente. En ese sentido creo que las telenovelas son un fenómeno que se debe analizar desde la emotividad, desde lo que es capaz de suscitar en cada espectador. Hay libros enteros sobre el tema, pero creo que son válidas en tanto funcionan para determinado segmento del público. Incluso la clasificación en buenas, regulares y malas es relativa como la propia subjetividad individual. Esta de por las mañanas, por ejemplo, ha funcionado para mí porque me atrae el tema, independientemente de la factura que es estelar en O’Globo, pero la de la noche, para seguir con los ejemplos también de O’Globo, sencillamente no la tolero. Es cuestión de gustos y motivaciones, supongo yo…

  3. fina puntería para un tema sensiblemente actual…. felicidades por el valor de abordarlo cuando muchos callan o miran al suelo….

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