Archivo mensual: marzo 2012

Creyentes y no creyentes

En Cuba, la expresión “creyentes y no creyentes” viene a ser, más bien, un eufemismo. Equivale a decir “feligreses y personal de apoyo”, “devotos y funcionarios”, o sabrá Dios qué otras categorías dicotómicas que permitan distinguir a quienes van a ver al Papa de los que no se emocionan demasiado con el sucesor de San Pedro.

Es un eufemismo, además, porque no creo que con esta idiosincrasia insular propensa a lo místico, a lo surrealista, a lo sobrenatural, haya alguien tan ateo como para no pedir, en un momento de flaqueza, de tormento espiritual, la intercesión divina. -Supongo que algún “Dios mío” se le habrá escapado hasta al mismísimo Darwin-. Sigue leyendo

28 años y un día

Tengo exactamente 28 años y un día; ni más -aunque hubiera preferido recordar ciertas estampas hoy desdibujadas de los 80-, ni menos, anacrónica como me siento en medio de la época dorada del reggaeton.

A estas alturas de la vida, me figuraba distinta, al menos así lo creía hace ya una década, cuando el uniforme azul de preuniversitario era una muda de ropa que miraba con desdén y no con añoranza. Sigue leyendo

La prensa, ¿a qué viene?

Antes de tener la fecha aproximada para la orden de alzamiento, antes de montar los pertrechos de guerra en los tres barcos que zarparían de La Fernandina, antes -incluso- de fundar el Partido Revolucionario Cubano, José Martí emplanó el primer número de Patria. Únicamente a él, con esa visión holística de la esencia nacional, puede perdonársele la presunción de reservar para un solo periódico el nombre sagrado de la Patria. Pero era Martí, y su Patria fue también la nuestra.

A 120 años de aquel ejemplar primado, puedo figurármelo cerrado de negro puliendo hasta el delirio sus propios originales; revisando el orden perfecto de los plomos en la imprenta; leyendo los artículos luego, a la luz mortecina de sus velas. Sigue leyendo

La primera piedra

En el principio fueron las piedras. No en el principio de los tiempos, porque en ese entonces fue el Verbo, sino en los inicios de estas ciudades que los conquistadores españoles improvisaron para no morirse a la intemperie de la isla: tres o cuatro casas de tabla donde se amancebaban con las indias -alguna debió tener a bien mezclarse con aquellos dioses blancos-, una plaza sin demasiados ornamentos para discutir las noticias que llegaban avejentadas por el Atlántico, y unos cuantos trillos originalmente tatuados en el fango donde comenzaron a crecer las piedras cuando la conquista se transfiguró en colonización.

Lucían bien en el concierto de los primeros años, recién salidas de los ríos, acomodadas sin más pretensiones que las de fundar caminos todavía inciertos. Hoy lucirían ingenuas, hasta pintorescas, si fueran las piedras de entonces, gastadas por las herraduras de miles de caballos ya muertos, y no un atrezzo montado y vuelto a desmontar según las veleidades de los alcaldes de la República, de los funcionarios de turno. Sigue leyendo