La primera piedra

La primera piedraEn el principio fueron las piedras. No en el principio de los tiempos, porque en ese entonces fue el Verbo, sino en los inicios de estas ciudades que los conquistadores españoles improvisaron para no morirse a la intemperie de la isla: tres o cuatro casas de tabla donde se amancebaban con las indias -alguna debió tener a bien mezclarse con aquellos dioses blancos-, una plaza sin demasiados ornamentos para discutir las noticias que llegaban avejentadas por el Atlántico, y unos cuantos trillos originalmente tatuados en el fango donde comenzaron a crecer las piedras cuando la conquista se transfiguró en colonización.

Lucían bien en el concierto de los primeros años, recién salidas de los ríos, acomodadas sin más pretensiones que las de fundar caminos todavía inciertos. Hoy lucirían ingenuas, hasta pintorescas, si fueran las piedras de entonces, gastadas por las herraduras de miles de caballos ya muertos, y no un atrezzo montado y vuelto a desmontar según las veleidades de los alcaldes de la República, de los funcionarios de turno. “Una escenografía del pasado”, me parece escucharle decir a un experto del patrimonio, como si la historia pudiera resistirse al nudo en la garganta de la nostalgia.

Menos de un mes tardaron en empedrarse dos callejones espirituanos, El Guairo y Padre Quintero, por obra y gracia del concurso popular, del entusiasmo de miles de lugareños que levantaron el asfalto, nivelaron los contenes, colocaron las rocas en el sitio exacto donde sugerían los especialistas -“para eso están ellos, ¿no?”-, y dejaron los dos boquetes pedregosos y abruptos, como debieron ser en los inicios.

Difícilmente alguien pudiera detectar las costuras en un trabajo de recreación formidable que no solo incluyó la siembra sistemática de piedras, sino también las luces al más puro estilo colonial, la pintura de las fachadas y el enmascaramiento de todo síntoma de posmodernidad. Difícilmente alguien pudiera negar los límites a los que llega la euforia colectiva.

Sin embargo, más allá de la controversia suscitada por el “falso histórico”, como lo llaman los detractores del empedramiento -algunos se creen en serio la posibilidad de disentir-, lo que realmente preocupa es el destino ulterior de la villa, que ha comenzado demasiado pronto su campaña mediática por la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad con el estandarte de sus boquetes rocosos, la silueta envidiable de su catedral mudéjar, el cascarón del Teatro Principal, sus techos antediluvianos y el paroxismo de su gente.

Quizás es que no conozco la idiosincrasia de las urbes primadas -mi Sagua la Grande nació en 1812-, o que no termino de comprender esta suerte de autofagia arquitectónica de que se ha valido Sancti Spíritus para sobrevivir en sí misma, pero me parece una barbaridad mayúscula esta de transformar sin haber cimentado antes un megaproyecto que alumbre los próximos 500 años -si los españoles lo consiguieron, ¿por qué nosotros no?-, que le permita a la otrora villa celebrar su medio milenio con algo más que un centro histórico maquillado.

Sin la primera piedra, la fundacional, los callejones coloniales del siglo XXI no pasarán de ser várices en las piernas de la ciudad.

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9 comentarios en “La primera piedra

  1. Ya lo dije, prefiero, a veces, estas lucecitas de ocasión que el letargo y la apatía de antaño. Quiero creer que este remedo de la era de los conquistadores tiene un buen propósito, al menos, apostemos porque así sea. No obstante, después de leer estas líneas -juiciosas y atinadas como siempre, porque también concursas del lado de los que se “creen en serio la posibilidad de disentir”- solo te aconsejaría (por tu bien) que tales palabras no rebasen los muros del ciberespacio. Tú sabes.

    1. También prefiero las lucecitas a la apatía, Madame, pero realmente quisiera que no fueran de ocasión. Que no sean “lucecitas para escena”, como dijo Silvio alguna vez. Y no te preocupes, que el ciberespacio, como el papel, aguanta todo lo que le pongan. Un beso desde esta trinchera, jejeje.

  2. Profundo, atinado…ojalá que sí rebase “los muros del cibespacio”, no tanto por el mero ejercicio de disentir, sino por la intención constructiva (que no maquilladora) de tus líneas. En este otro lado de la isla, no siempre capital de todos y muchas veces de ninguno, ni siquiera los golpes de Eusebio nos han librado de costurones e impostaciones más propias de un mal catálogo turístico que del deseo real de mantenerle viva a la ciudad su verdadera esencia. Sigo leyéndote los miércoles.

    1. Gracias por la constancia de leerme, Z, y por el comentario en el que me traes de vuelta a Eusebio, ese ángel tutelar de todas las restauraciones. Ni él ha podido evitar ciertos descalabros, pero no quiero ni imaginar qué habría sido del centro histórico de La Habana -que me sigue pareciendo ancha y ajena- sin él. Me faltó recalcarlo en el post: de todas maneras, cualquier intento de restauración es, de por sí, el montaje de una escenografía para el turismo. La esencia de la ciudad es, precisamente, lo que no se ve. Por Dios, me estoy pareciendo al Principito… Saludos.

  3. solo una mirada escrutadora y desprovista de compromisos, puede llamar la atención, con el dedo índice en alto. Las esencias están por encima de cualquier manipulación y allá los que teman traspasar muros y vallas por aquello “del que dirán” o del “qué harán”. El mundo lo salvan los valientes y tú Gi, estás apostando porque ese terruño trascienda sus propios espacios, por las eternidades…

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