Archivo mensual: junio 2012

El valle sin los ingenios

El Valle de los Ingenios es un gigantesco eufemismo. Ni su topografía transida de lomas puede calificarse como valle en toda la extensión de la palabra, en esencia porque es más bien la yuxtaposición de tres depresiones intramontanas; ni queda un ingenio vivo en los cientos de kilómetros cuadrados donde alguna vez, en el apogeo del siglo XIX, llegaron a crecer hasta 56 fábricas de azúcar.

Del esplendor decimonónico apenas persiste la aureola de misticismo y el patrimonio tangible que ha logrado sobreponerse a la embestida de los ciclones: sitios de valor arqueológico para la lectura del proceso industrial, vestigios de barracones, cementerios de esclavos, torres con la doble función de vigía y campanario, y las casas de vivienda, diseñadas para soportar los calores del trópico con sus arcos de medio punto y sus altísimos techos a cuatro aguas. Sigue leyendo

Cambios sin consulta popular

Es un título petulante, ya lo sé

Por más que presuma de mi soberanía personal, por más que me las dé de independiente, no logro sustraerme al defecto –para nada común en estos tiempos- de justificarme por todo. Es algo que, al parecer, nunca podré superar.

Quizás haya sido culpa de Anita, que me forzaba a dar santo y seña de las amigas que me proponía visitar por aquello de cuidarse de las junteras o, ya en franca adolescencia, a inventar historias verosímiles y “peripécicas” que disimularan las escapadas con el único novio que jamás aceptó. Quizás no haya sido culpa de nadie en específico sino de esta necesidad –tan fuera de moda- de quedar bien con los demás. Sigue leyendo

La zozobra del destierro

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera

Liuba María Hevia

También mi abuelo, como el de Liuba María Hevia, cruzó el Atlántico de polizón para llegar, aún imberbe, a una isla que hasta entonces le había sido completamente ajena. No sé cuántos andariveles inservibles para la vida en el trópico habrá traído consigo, ni cuántas de las miles de cartas que escribió, medio muerto por la nostalgia, habrán naufragado en las manos de su hermana preferida, la monja. No sé cuánto pudo haber padecido por el desarraigo, pero lo imagino. Sigue leyendo

Como Santo Tomás

Únicamente cuando vi el río Sagua inofensivo y apacible, serpenteando bajo el puente de Sitiecito como si el diluvio de mayo hubiera sido apenas un cuento de caminos; únicamente cuando lo vi así, ecuánime, creí a pie juntillas lo que me habían jurado por teléfono mi madre, mi tío y hasta la delegación villaclareña de Recursos Hidráulicos: que esta vez las lluvias que anegaron el Escambray no se escurrieron rumbo a la costa norte.

Solo entonces suspiré aliviada, ya segura de que las clarias y las tencas del embalse Alacranes no terminarían aleteando dentro de mi casa. “Ver para creer”, me dije, convencida como estoy ahora de que pertenezco sin remedio a la estirpe de Santo Tomás. Sigue leyendo