Archivo mensual: julio 2012

Botar el sofá

Sería hasta cómico si no fuera tan trágico: la Aduana General de la República, como la puerta estrecha y abierta en un solo sentido que en realidad es, dispuso nuevas regulaciones para la entrada de paquetería al país. Ahora, con las normas al uso a partir de septiembre, quienes reciban un bulto en Cuba deberán pagar como si hubiesen ido a comprarlo al mismísimo Corte Inglés de Madrid.

Dice la voz popular -no la Aduana, que se limitó a informar los cambios pero no el propósito- que se trata de una redada bien urdida para desmantelar el negocio de las mulas, no el de esos animalitos mansos que transportan por las serranías el poco café, sino el de los contrabandistas legales que entran y salen de la isla con el equipaje atestado de baratijas. Sigue leyendo

A prensa fría

He leído A sangre fría, de Truman Capote, con una década de retraso; una década que agradezco, por cierto, porque no creo que la chiquilla despreocupada que fui empezando la carrera de Periodismo, cuando me hablaron del libro por primera vez, hubiera sabido aquilatar la magnitud de la obra que tenía delante.

No es que ahora haya madurado demasiado, pero sí lo suficiente como para reconocer en el texto de Truman -el reportero, no el presidente que ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas- justo lo que falta en buena parte del periodismo cubano contemporáneo: la capacidad de emocionar. Sigue leyendo

El Gabo en su laberinto

Como un señor muy viejo con unas alas enormes: así debe sentirse ahora, que apenas recuerda a los amigos y no se sabe explicar exactamente qué pinta en el mundo.

No yace en un rincón del patio, aterido de frío como el ángel de su cuento; no agoniza escuchando el salve de los esclavos, tal y como describió a Bolívar en la mañana terrible que se le iba para siempre; no se desbarranca con las tripas en las manos, como Santiago Nasar el día de la visita del obispo, ni espera la metralla cerrada frente al pelotón de fusilamiento. Peor aún: Gabriel García Márquez se nos está muriendo desde el amanecer fatídico en que perdió la lucidez. Sigue leyendo

El viejo, la cámara de camión y el mar

No fue con Doña Bárbara, cabalgando por los llanos del Apure, sino con un tío de mi madre que tuve noción por primera vez de los límites inasibles que separan la civilización de la barbarie. Se llama Lázaro, pero le dicen Gaita, no sabría decir por qué, y ha manifestado, como la devoradora de hombres, una tendencia innata al salvajismo.

Lo supe por los cuentos que se relatan en la casa hasta con cierta dosis de orgullo, como si fueran la prueba del valor familiar esos relatos inverosímiles sobre la vez que él mismo se arrancó una muela a sangre fría para calmarse el dolor, o las noches que ha pasado en el monte cazando jutías y cuanto bicho silvestre sirva para comer, o las andanzas por las regiones más inhóspitas cumpliendo, con honor de caballero andante, lo que considera la máxima de sus 73 años: “Quiero, cuido y olvido”. Suena a bolero de Orlando Contreras pero todas sus mujeres coinciden en que, en efecto, es arisco y montaraz incluso en el amor. Sigue leyendo