Archivo mensual: agosto 2012

Curso en lontananza

Mirando los reportes televisivos sobre la venta del uniforme escolar -que en pantalla ha recibido el tratamiento de un trauma nacional-, me he percatado de que estamos a las puertas del nuevo curso. Mala señal esa, no que regresen las clases sino que hayan pasado sin remedio los tiempos en que me brincaba la boca del estómago cuando agosto comenzaba a declinar, sin necesidad de que ningún periodista me anduviera advirtiendo.

A estas alturas hace algunos años -tampoco tantos, que conste- ya había llamado a amigas y compañeros de cuarto -sí, porque muy a pesar del rector, en la universidad convivíamos sin distinción de orientaciones sexuales- para que fueran respetadas las mismas literas y taquillas de antes, había comprado una lata de leche condensada para los desayunos iniciales, había lavado el maletín y mi madre sacaba el remanente de las vacaciones para que, al menos las primeras semanas del curso, no tuviera que morir en esa jungla que algunos llaman, eufemísticamente, “la botella”. Sigue leyendo

Derecho de asilo

Me llevaría a Julian Assange para mi casa -cuando tuviera la mía propia, aclaro, lo cual pudiera ser más improbable que conseguir el salvoconducto que debe darle Londres para que viaje a Ecuador-. Me lo llevaría sin pensarlo mucho, no solo por el excelente periodista que ha demostrado ser, sino sobre todo porque se ha jugado hasta el pellejo por lo que cree, justo la cualidad que más admiro en un hombre. Sigue leyendo

Miedo a perder

“Cuántas cosas perdemos por miedo a perder”. Paulo Coelho

Llevo días tratando de escribir sobre Dayron Robles pero no consigo hacerlo con objetividad. No logro hilvanar una idea que se asemeje a la compasión, que le reconozca el mérito de haber llegado a la carrera por el oro luego de un año de muchas lesiones y poco fogueo internacional. Nada de lo que se me ocurre es del corte: “Pobrecito, Dayron, para la próxima será”. No puedo -ni quiero- apiadarme de quien tiró al fango el orgullo nacional. Sigue leyendo

Rebeldía de agosto

Cuando me vi en la calle, con la cerca a mis espaldas y el susto aún nublándome el juicio, me percaté de que entonces solo podía correr. Recuerdo en sus más increíbles detalles la ropa que llevaba puesta: el short negro de la Educación Física, el pulóver rojo que me hacía lucir aún más flaca y las prácticas, aquellas sandalias que hicieron época y cuya importación parece haber cesado. Sigue leyendo

Después de Barcelona

Ni siquiera Londres, con la llama olímpica navegando por el Támesis y el estadio en pleno coreando Hey Jude; ni siquiera el carisma de Kenneth Branagh, de quien me enamoré platónicamente la primera vez que vi una de sus adaptaciones de Shakespeare; ni las torres humeantes de la Revolución Industrial y mucho menos -menos que menos- el encendido de la antorcha lograron desbancar de mis nostalgias la imagen de Barcelona.

La de 1992 parecía una estampa sacada de algún poema de César Vallejo: un hombre solo frente al pebetero, sin más ardid tecnológico que un arco y su flecha, desamparado, a merced de los elementos. Sigue leyendo