Feria de provincia

Feria de provinciaDebo reconocer con autocrítica militante que le he entrado prejuiciada a la  XXII Feria Internacional del Libro en Sancti Spíritus, no porque esta edición haya abandonado San Carlos de La Cabaña sin penas, glorias o demasiada alharaca en televisión; ni porque se rinda homenaje a la República de Angola, país con el cual, salvo los antepasados traídos en los barcos negreros y el trauma espiritual de la Operación Carlota, muy poco tenemos en común. Se trata, más bien, de una nostalgia dolorosa -como todas las nostalgias- de aquellos tiempos ya idos en que la isla se inundaba de libros, literalmente.

Tal vez me obnubila el hecho de que hace seis o siete años no dependía yo de mi exiguo salario sino del tampoco espléndido salario de Anita y Jorge y ellos, padres al fin, se las ingeniaban “para que la niña se comprara a Dulce María, Lezama, Carpentier”; quizás estoy sobredimensionando el entusiasmo popular con que la gente salía en esa época a la calle a comprar literatura, incluso en municipios que no eran capitales provinciales; o me vence el espejismo de la diversidad de títulos que podía hallarse en los anaqueles, no sé muy bien.

Lo que sí sé, porque es cuestión de comparar las estadísticas de un año con las del anterior, es que a causa de la maldita circunstancia de la crisis por todas partes las cifras se han venido contrayendo: los ejemplares en venta, el alcance territorial, los días de jolgorio. A este paso, no me sorprendería que en menos de una década la Feria Internacional del Libro se atrincherara, sin cargo de conciencia alguno, en su cómodo recinto de La Habana. Sería una solución tan económicamente justificable como políticamente incorrecta.

Ahora que escribo “económicamente”, por cierto, me pregunto cuán difícil puede ser para una editorial emprender algún estudio de mercado e indagar en las necesidades cognoscitivas de los lectores potenciales, de modo que no se dilapiden los escasos recursos -policromía incluida- en títulos que luego duermen el sueño de los justos durante el año y se reciclan de feria en feria; una recomendación muy parecida a la que suele hacerse a la Televisión cubana por aquello de invertir nuestra pobreza en un producto cultural que en verdad nos enriquezca.

Para terminar de completar el desencanto con que -reconozco de nuevo- le he entrado a la feria, no fue sino hasta la mismísima inauguración que la prensa tuvo acceso al programa oficial en una versión que, pese a ser la definitiva después de que circularan otras cuatro con sus variantes, tampoco está exenta de borrones, tachaduras y cambios de última hora.

La transfiguración del programa no solo responde, como pudiera esperarse, al desvelo de los expertos por entregar un proyecto lo más acabado posible, sino también a los tejemanejes inherentes a certámenes de esta índole, en los que ni se presentan libros, ni se participa en paneles, ni se dictan conferencias únicamente por amor al arte.

No obstante mi exceso de nihilismo, pretendo disfrutar esta feria de provincia sin pensar demasiado en la posibilidad siempre latente de que para nosotros, los del campo, sea la última.

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6 comentarios en “Feria de provincia

  1. Giselle, las personas que comparten mi diario existir saben de mis quejas sobre la Feria desde que en mi terruño se celebran , incluso desde las primeras ediciones auniciadas con bombos y platillos, porque comprar un libro es un deleite. es tu poder acceder a leer la contraportada, tocarlo, sentirlo, no es dame ese o aquel como si fuera una libra de viandas, pues todo es a través de un improvisado mostrador donde no tienes acceso al ejemplar, los referentes que puedes tener sobre algo que editaron jamás lo ves in situ, esos ejemplares no salen a la venta , al menos te hablo de lo que sucede acá, , de los precios no te comento,y de las puiblicaciones que duermen el sueño eterno tampoco, en fin prefiero esperar a poder entrar a una librería, aunque me diga la dependienta con cara de pocos amigos, ñooooooooooo a esta hora con ese billete, como me sucedió la pasada semana en SS cuando buscabamos algo para nuestro hijo y descubrimos una joyita de interés común que deambular por estas calles donde solo logro disgustarme, un beso.

    1. Galinka, compartimos el deleite que sigue teniendo, aun en tiempos de feria y reguetón, el hecho de entrar a una librería y descubrir una joya todavía no comprada. Eso de bueno tienen los pueblos de provincia, que a veces uno se encuentra con rarezas editoriales que pudieran valer lo que pesan en oro si las capturan los vendedores de libros de la Plaza de Armas en La Habana. Aunque la dependienta no tenga cambio para el billete, aunque las ferias se hayan convertido en un carnaval de oropeles, la letra impresa sigue teniendo ese halo mágico que ni en sueños consiguen los libros digitales. Ese olor a página abierta no se compara con nada. Un beso grandísimo para mi familia trinitaria…

  2. Bueno, bueno… Gisse, otra vez coincidimos en post porque el martes conversaremos sobre la Feria del libro en la isla nuestra de cada día también…pero desde el matiz de Trinidad donde, no creas, se vive una realidad muy parecida o peor, a juzgar por la manera en que muchos de los habitantes mi ciudad del alma transforman la feria del libo en la furia el libro. Vaya, una primicia en tu Cuba profunda, ese el título del post del martes jejejeje. Te espero en mis coordenadas jejejeje
    Un beso.

    1. La furia del libro, me encanta el título del post. Menos mal que me adelanté, jejeje, lo que viene a confirmar mi hipótesis de que nuestros blogs están en sintonía, debe ser la afinidad espiritual.
      Carli, lo que dice el post es poco comparado con el desencanto de esta feria espirituana del libro, con la falta de ángel que padece. Ni los títulos son sugerentes, ni los ejemplares son suficientes. En fin, el mar…
      Y no sigo describiéndola porque puedo correr el riesgo de deprimirme aún más, si esto fuera posible. Besos.

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