Amagos de independencia

Amagos de independenciaHe encontrado, en medio de la papelería que no me atrevo a botar ni a poner en orden de una buena vez, la foto que debería ilustrar el post de este miércoles: mi propia imagen suspendida en el instante de cumplir los 13 años. La hallé durante mi más reciente viaje a Sagua pero decidí no publicarla -al menos sobre mis pertenencias tengo potestad, ¿no?-, porque nadie creería que esa estampa del Tercer Mundo pueda ser el reflejo de un momento feliz.

Mirándola ahora, después de tanto tiempo, comprendo la genialidad del fotógrafo para captar lo que por entonces me pareció una escena de espanto: mi mueca típicamente adolescente, el pelo recién tejido en una trenza china que no me supieron hilvanar bien, el pulóver negro con un gato gigantesco y la bermuda reversible de palmitas.

Lo peor, más que la figura, era el fondo, una suerte de retablo compuesto por los albergues techados de zinc y una aureola de tierra colorada que manchaba todas las paredes hasta la altura de un metro y medio en varias leguas a la redonda: el viso indiscutible de mi primera escuela al campo.

Así quedé para la posteridad de mi familia cuando a mi madre se le ocurrió aparecerse en el campamento con una olla de comida para compartir con las muchachitas del albergue, un pomo de jugo de tamarindo que terminaría por bajarme vertiginosamente la presión y una cámara lista para inmortalizar el momento histórico. Las cosas de Anita, que prefería llegar dando tumbos hasta las afueras de Sagua con una jaba en cada mano antes que pedir un pase de estímulo por aquello de que “si los demás cumplen, la niña tiene que cumplir”. Ah, ese sentido de la disciplina que ha intentado inocularme…

Más allá del polvo rojo, que semanas después aún se mantenía bajo mis uñas, imperturbable; más allá de la incomodidad de los baños sin techo, que me exponían al frío, a la lluvia y a los saltos de las ranas; más allá, incluso, del cansancio de aquellas maratónicas jornadas en las que no aprendí a trabajar más de prisa sino a poner cara de perro triste para que los varones me “tiraran el salve”; a pesar de los pesares, esas incursiones aventureras en los predios de la independencia no fueron el cisma traumático que marcó a varias generaciones de cubanos. Al menos, no para mí.

A esta chiquilla hasta entonces bitonga, la escuela al campo le sirvió para cerciorarse de que sin tomar agua fría o comer proteína todas las tardes también se puede vivir; una lección que, por cierto, luego me encargaría de ratificar en sucesivos periplos monte adentro o investigando las cartas que, esperanzados, todavía mandan a la prensa los lectores: en los mismísimos predios de la igualdad, hay gente que sobrevive así.

De modo que bastó aquella primera noche lejos de la barriga de Anita, el primer aguacero tímido que parecía el fin del mundo sobre las planchas de zinc y la primera bandeja de arroz con chícharos y papa hervida para que supiera, con la intuición de la que siempre me he preciado para las cosas trascendentales, que no moriré por pasar el trabajo que Dios me ha reservado. Únicamente de la independencia no podría prescindir.

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13 comentarios en “Amagos de independencia

  1. Coincido plenamente contigo de que las situaciones adversas, así de personales como las que describes o las que afronta y ha afrontado nuestra isla, han hecho de nosotros los cubanos unos seres de película. Creo que en las vicisitudes se aprende el orgullo de lo que se hace y se es. Los italianos que conozco, con el país maravilloso que tienen, no desarrollan ese sentimiento, creo que es en parte una consecuencia de la “bitonguería” primermundista.

  2. Gise, lo primero es felicitarte por tu cumpleaños. Un beso mío en esta jornada no podía faltar, aunque sea electrónico. De seguro que hoy no vas a comer arroz con chicharos y papas hervidas. Hoy Anita debe estar preparando un rico asado en casuela a lo Undoso. Hasta se me hace agua la boca. No sabía que le tuvieses miedo a las ranas, yo también…Puedes estar segura que si yo hubiese estado en esa escuela al campo te hubiese hecho tu trabajo: yo sé guataquear de lo más bien, y chapear también, jajajajajaja, me río, pero es cierto. Lo que si no soportaría sería el cieno entre mis uñas, pero igual, me pongo unos guantes. Tenías que haber publicado la foto, pues nunca he visto una de tu infancia. Yo publique recientemente un álbum en Facebook donde se encontraban mis periodistas preferidas. La selección de las fotos llevó un poco de tiempo, pero causaron conmosión. Tengo mi propio club de fan, aunque quiero a todos por igual. Solo que hay algunas personas que siempre están dispuestas a darte la mano, y una de esas eres tú. Ya no la niña bitonga de la escuela al campo, sino la periodista más profunda que tiene Cuba. Por suerte mi tutora y amiga. Gracias y felicidades. Que cumplas muchos más.

    1. bueno, Oski, pero si le hubieses hecho su trabajo en la escuela al campo, si hubieses guataqueado y chapeado por ella, la Gisse sería una niña bitonga y no la periodista más profunda. Además, eso de guataquear en el campo suena a guataquería… mejor sigue dándole impulso desde aquí, que ella agradecerá que, sinceramente, le digas lo que crees de esta Cuba profunda que sabe llevar tan bien, 😉

  3. Gisselle, mi infancia, como la tuya, tuvo características similares, aunque algunos años antes. Fue la época que se estrenaba el Plan la Escuela al Campo. Para todo existe una primera vez y pasé por eso, igual que muchos otros: primera vez fuera de mi cama, lejos de mis padres, de la comida casera y única de mi madre, primer contacto con un grupo de muchachitas que compartían albergue y de muchachitos que compartían las labores del campo, muy fuertes para mi edad y complexión física. Nosotros hacíamos también guardias nocturnas, pero nos llevaban a encuentros con jóvenes del Servicio Militar y hacíamos fogata los fines de semana, alrededor de la cual bailábamos lo que estaba de moda. Comparto el miedo a las ranas, se acrecentó en esos lugares pues caían de todas partes; me hacía la fuerte, pero lloraba por las noches; trece años es una edad muy tierna. En esos trajines estuve seis años. Al campo solo voy de visita, porque no estoy hecha para trabajar allí, prefiero el asfalto, aunque reconozco que esa etapa de mi vida me enseñó lo que es el trabajo en el campo, lo que es estar sola, no totalmente independiente, y dueña de mis actos para bien o para mal.

    1. Miriam, me alegra mucho que te hayas animado a comentar, si así no hubiese sido, cómo iba a enterarme de tus andanzas por el plan La Escuela al Campo? Un beso y no pierdas la costumbre, mira que en esta finca digital no hay ranas…

  4. Trate de conocerte personalmente y cometi el error de no dejar el # de mi celular.Un colega tuyo me dijo que no llevas burka y que por el contrario, que eres toda dulzura,algo que creo..Mientras no escribes en tu defensa

  5. Esta vez, muy poco tu hubiese ayudado, Gisse. Créeme que era de los últimos en cumplir la norma (los pocos días que estuve en la escuela al campo jejeje). Pero esa es una historia que me tengo reservada para mucho más adelante en la Isla nuestra de cada día jejejeje. Un beso grande!!!

  6. Gisso, te cuento que mi primera escuela al campo fue en octavo grado. Era un campamento de condiciones similares al que tú describes, pero en La Aurora, cerca del río Tuinucú. Vivimos poco más de un mes bajo mosquiteros arrancando hojas de tabaco, en sembrados con surcos infinitos. Las mañanas eran pintorescas, siempre salpicadas por el sol que nos mostraba un valle verde y próspero. La norma resultaba el recalo hacia el descanso.
    En aquel entonces añorabamos el fin del arroz con chícharos y la yuca salcochada, o los colchones de pelo de caballo, o la tan inesperada hora del de pie; hoy, extrañamos todo eso, así como las escapadas para el río o el beso adolescente tras uno de los albergues.
    Mi primera escuela al campo, en octavo grado, fue la primera y la última. En noveno comenzaron las BELCAS, Brigadas Estudiantiles de Lucha contra el Aedes…

    1. Andrei, me ha encantado tu comentario, sobre todo porque recordé también -y recordé que no lo incluí en el post- los primeros atisbos de enamoramiento en aquellas tarde-noches de la escuela al campo. Por razones obvias, creo que no las contaré así, públicamente, jejeje, aunque fueron todo lo inocente que se puede ser a los 14 años. Un besote, y no te pierdas de esta finca, mira que en este blog no obligamos a trabajar a nadie, jeje.

  7. Gisselle, me encantó tu post. He recordado, de tu mano, mi primera y única escuela al campo. Entoces era un niño y me separaba por primera vez de mi mamá. Y la lejanía fue una fiesta, de pronto me sentí un ser independiente. Yo creo que en el campo empecé a pensar que un día tendría que dejar a mis padres, salir de mi casa. Eso me atemorizó, te lo confieso. Gracias por escribir todos los miércoles. Un beso…

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