La estrella que ilumina y mata

La estrella que ilumina y mata“Te acordarás de lo que desde niño te estoy diciendo, que todo el que se mete a redentor sale crucificado” (Leonor Pérez, 1881).

No me gusta el Martí que está de moda -o mejor: que hemos puesto de moda-; el de las frases descontextualizadas y los aforismos aleccionadores; el que tomamos a conveniencia, cuando urge apuntalar una idea endeble; el que flota en paz sobre los destinos de la isla. El Martí que, como dijera Luis Toledo Sande, solo nos avala, raras veces nos impugna.

No creo que el Apóstol hubiese consentido, por ejemplo, la versión parcial de su vida que muestran los planes de estudio, no porque comienzan a atiborrarnos de su obra desde que somos demasiado inmaduros como para aquilatarla, sino porque luego, cuando ya hemos crecido lo suficiente, nos mantienen esa imagen sesgada, epidérmica de un hombre cuya vida resulta imposible de administrar a retazos.

Quizás sus desavenencias con Gómez y Maceo estaban concebidas en el programa, o la polémica que sostuvo con Enrique Collazo, o las insolencias que debió soportar de más de un veterano mientras preparaba la revolución, pero de tales asuntos -al menos a mí- no me contaron.

Me hubiese gustado saber cómo pretendía constituir la nación postcolonial; de qué manera habría de garantizar, en una isla transida por la guerra, lo que él llamó la ley primera de la República: el culto a la dignidad plena del hombre; en qué pensaba, exactamente, cuando le reprochó a Gómez en carta de 1884: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. Me hubiese fascinado escucharlo del propio Martí, y no de las disímiles interpretaciones que, tras el suplicio inútil de Dos Ríos, han convertido su ideario en una especie de vitrina de la que seleccionamos lo que se nos aviene.

Leyendo a Martí y no ciertos manuales que lo glosan, uno llega a enamorarse, platónica pero perdidamente, del cubano que mejor ha calado la esencia nacional; del hombre que no vive tanto en consignas y carteles como en las fibras más íntimas de nuestra identidad; del héroe que se resiste a zócalos de mármol porque el suyo fue el sacrificio de la cruz.

Dicen que con semejante idea -sin dudas, premonitoria- arengó a las tropas reunidas horas antes del que fuera su primer y último combate. Frente a los soldados, estupefactos con el discurso del que habían comenzado a llamar “presidente”, aún sin haber realizado asamblea alguna, Martí auguró su propio martirio: “Por Cuba estoy dispuesto a dejarme clavar en la cruz”.

Justamente su sentido sacramental del deber, el sacerdocio con que asumió el compromiso para con la nación, es lo que más le admiro: su capacidad para discernir que la Patria es ara y no pedestal, y que el yugo solo sirve para que, puesto en él de pie, luzca mejor en la frente la estrella que ilumina y mata.

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7 comentarios en “La estrella que ilumina y mata

  1. como todo lo q escribes, me gusta…. queria comentarte al respecto, q un dia en mi ex centro de trabajo, por poco me busco tremenda candela cuando comente q Marti era chiclano,… y es q esos “recovecos” no se conocen mucho… y lamentablemente, no se xq, alguien entendio esa condicion medica del apostol como si fuera una falta de respeto… y yo decirla… imagina. Creo, como dices tu, hay q leer al marti DESDE EL PROPIO MARTI.

  2. Cuando un periodista le pidió a Lezama que hablara de Martí, dijo: “Ese es un tema que se nos escapa entre las manos como un pez aceitado. Martí es un misterio que nos acompaña” Como bien dices, el modo en que se aborda la vida y la obra del Apóstol en nada contribuye a desentrañarlo, más bien lo desvirtua. Buen enfoque! Gracias.

  3. Sería fallido, y del todo innecesario, inventar un Martí socialista; pero también lo sería inventar el Martí antisocialista que no fue, de lo cual dan prueba sus propias palabras, digan lo que digan ciertos olimpos de pisapapel empeñados en torcerlas para esgrimirlas como arma contra el socialismo. A raíz del desguace del campo socialista europeo, y en medio de las vicisitudes que ese hecho generó para Cuba, se volvió una especie de moda distribuir en impresiones artesanales o ligeras, como texto “clandestino”, la reseña de Martí sobre “La futura esclavitud”, aunque tal vez no haya en sus Obras completas, donde ha ocupado y ocupa el lugar que le corresponde, otro texto que de manera tan sugerente y a la vez directa le sea útil al socialismo.

  4. En cuanto a ambos artículos (éste y el de Escambray): un enfoque muy sabio y un lenguaje muy rico (yo que estoy lejos de conocer el español a la perfección, puedo estimarlo al instante por lo cómo frecuentemente tengo que recurrir al diccionario, y en este caso Usted me hizo hurgar allí no raras veces). En particular estoy de acuerdo con su “especie de vitrina de la que seleccionamos lo que se nos aviene”, ya que no una vez me encontraron ciertos malabarismos, por ejemplo, en torno de “con todos y para el bien de todos”.

  5. Volvamos a Habanastation, de la que se ha sugerido que apoya una tesis: que en Cuba las desigualdades crecerán, pero podrían basarse en el trabajo, no en el robo. Asegurarle al trabajo su lugar como fuente de vida, y erradicar prácticas cotidianas que, con máscaras diversas, se asocian a grados y modalidades de corrupción, es propósito que nos convoca, o debe convocarnos, con urgencia. Pero, por inevitables que resulten, resignarse a las desigualdades no es lo que debemos hacer para salvar un proyecto cuyas mayores virtudes y realizaciones han estado asociadas, y lo estarán, a la defensa de una justicia social que peligra si se bendicen —más que aceptar— las desigualdades, o si se idealiza o escamotea la realidad en que ellas pudieran presentar crédito de males presuntamente inevitables.

  6. Si con el agua sucia de errores, voluntarismos y terquedades arrojáramos bañera, voluntad y sueños, acabaríamos paralizados, como la ancianita que intenta sobrevivir vendiendo maní en Suite Habana, película de Fernando Pérez. Que ciertas socializaciones innecesarias o excesivas nos hayan dañado, no es para olvidar un hecho: las necesarias, que —salvo para soñadores de recia voluntad— serían impensables el 31 de diciembre de 1958, y todavía algún tiempo después, posibilitaron conquistas que abonaron sueños y sacaron a Cuba del camino en que la habría mantenido la resignación pragmática ante “lo posible”. Se lograron porque el país se libró de poderosos monopolios gracias a las nacionalizaciones que, desde la celebración de un acto multitudinario inolvidable, pusieron de moda la expresión “¡Se llamaba!” para aludir a ellos. Aún resuena “Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí que yanquis no” en la voz y el acordeón del amigo colombiano Alejandro Gómez Roa, quien felizmente vive.

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