Archivo mensual: marzo 2014

Un loco de mucha lucidez

Un loco de mucha lucidezCuentan quienes lo conocieron cuando aún no deambulaba sin rumbo por las calles de Cabaiguán, que en los años 50 llegó a tener tres programas de radio en Placetas, Fomento y Sancti Spíritus; que ostentaba el título de locutor colegiado como si se tratara del diploma universitario; que una foto suya, de dril cien y sombrero de jipi japa, lo mantenía joven en las memorias de su única novia, que envejeció esperándolo. Cuentan quienes lo conocieron entonces que la de Eréstamo Fajardín Valdivia era una locura de mucha lucidez.

Se hizo proverbial su estampa cargada de andariveles: una guayabera con una manga corta y la otra larga, las patas del pantalón a diferente altura, los zapatos dos números más grandes que los pies, una caja repleta de trastos inútiles y una lata de aceite de carbón.

Con semejante estalaje se aparecía en parques y terminales, en cafeterías y talleres literarios, en los campos de los alrededores y hasta en un teatro de la capital, escenarios en los que deslumbraba, irremediablemente, con esa habilidad tan suya para componer 10 versos octosílabos sin pensarlo siquiera, como si la poesía fuese el sentido ulterior de su existencia, el único asidero que lo ataba al mundo real.

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Iré a Santiago

Iré a SantiagoYa no puedo decir, con cara de gata triste: “Nunca he pasado de Ciego de Ávila”. Semejante excusa me bastaba para ilustrar mi desconocimiento sobre la geografía del Oriente cubano y hasta para suplicarle a cuantos choferes conozco que me llevaran en un viaje del que había imaginado hasta sus más triviales detalles.

Me cayó del cielo cuando menos lo esperaba, como suelen suceder las mejores experiencias de la vida. Enrolada a última hora en una peculiar expedición de periodistas espirituanos, rebasé la frontera entre Ciego de Ávila y Camagüey y, con ella, dejaba definitivamente atrás mi insatisfacción de tantos años. Sigue leyendo

Un paraíso para Indiana Jones

Un paraíso para Indiana JonesTan desatinada me pareció siempre la decisión de los espirituanos de demoler, a inicios del siglo XX, la iglesia y el convento que ocupaban la zona norte del actual parque Serafín Sánchez, como me parece ahora el intento —también espirituano— de preservar los cimientos de ambas edificaciones a expensas, incluso, de la plaza cívica más importante de la ciudad.

Es como si las luces que les faltaron en la década de 1910 para conservar el conjunto, considerado una joya del patrimonio erigido, les volvieran a faltar hoy para aquilatar en su justa medida el valor de unos cimientos y unos escasos huesos humanos que, por demás, no era difícil imaginar que estuvieran allí, siendo como eran las iglesias sitios de enterramiento hasta principios del siglo XIX.

Con abundante testimonio documental, referencias, descripciones y hasta fotografías del inmueble antes de ser destruido, a los especialistas les bastó con sentarse junto a las brigadas que trabajaban en la remodelación del parque, aguardar a que la pala de la retroexcavadora levantara por los aires la tierra apisonada durante toda una centuria y mandar a detener las obras: habían “hallado” los restos de la iglesia justo donde se presumía. Sigue leyendo

El espíritu de Bolívar

El espíritu de BolívarMás de 10 años antes de morir, Hugo Chávez selló la imagen de líder irreverente y desenfadado por la que habría de trascender con una frase más simbólica que metafísica: “Esta silla a mi lado no está vacía; aquí está presente el espíritu de Bolívar”.

En aquel entonces no podía imaginar que el hijo de Sabaneta de Barinas expiraría aún joven en su lecho de enfermo, como el Libertador, dejando a medio mundo con el desconcierto atravesado en la garganta mientras Nicolás Maduro se desgarraba frente a las cámaras de la televisión: “Ha fallecido el comandante presidente Hugo Chávez Frías”.

No fue en ese momento de desconsuelo universal sino después, una vez superado el primer abatimiento, cuando pensé en Bolívar y en lo mucho que se asemejaron los destinos de ambos caudillos separados por la vorágine de casi dos siglos; una certidumbre que ratifico ahora, mientras releo por enésima vez la novela de Gabriel García Márquez sobre la travesía del Libertador por el río Magdalena hacia la última tarde de su vida y reconozco en ese viaje de postrimerías los mismos dilemas y cabos sueltos —¿los mismos miedos?— que Chávez hubo de padecer. Sigue leyendo