Archivo mensual: noviembre 2014

¿La gran estafa?

La gran estafaEl hombre casi logra convencerme con su cara de perro triste. Me sujetó el antebrazo, arqueó las cejas con un rictus de desespero y colocó el cartón con las chapitas frente a mí. No profirió palabra alguna, no fue agresivo, no dijo: “Niña, ven y juega, apuesta algo”; sino que se limitó a mirarme con esa expresión de mendicidad que siempre, o casi siempre, termina conmoviéndome.

A punto ya de regalarle al menos cinco pesos, de apostar a que la semillita estaría bajo la chapa derecha aún cuando yo sabía que la tendría escondida bajo la uña; a punto ya de consumar mi obra de caridad del sábado apareció otro hombre, mucho más joven —tanto y tan fuerte que más bien parecía estibador de puerto—, y se coló sin pudor en mi proceso de estafa voluntaria y consensuada.

“Oye, pero todavía en Santa Clara la gente pierde dinero en las chapitas. Qué viejo es ese golpe, compadre. Mira, mima, él ahora deja que tú ganes al principio, que te embulles, y al final te quita hasta la cadena de oro. Si quieres apuesta ahora, mira, pon dinero para que tú veas, después te sales”.

Y me salí, no tanto por haberme arrepentido de regalarle cinco pesos a un pobre hombre, como por la algarabía y el desparpajo de su compinche, por el cinismo con que intentaba hacerme pasar por boba. Como si todo el mundo no supiera que venían juntos; como si todos los boteros, merolicos y pasajeros que a esa hora de la mañana presenciaban la escena en la llamada “piquera de las máquinas” no estuvieran aburridos de ser timados. Sigue leyendo

Lo más parecido al paraíso

Lo más parecido al paraísoCayo Esquivel era el paraíso: las blanquísimas arenas de Varadero sin el recalo de pomos o latas viejas; la vegetación de Varadero sin los hoteles metiendo sus narices como vecinos intrusos por entre las caletas; la luz y el olor a salitre de Varadero, pero sin el agobio que siempre ha provocado el turismo. Cayo Esquivel era lo más parecido al paraíso. O todavía lo es, solo que ahora no sabes si sigue así, exactamente.

Para conquistar aquel recodo bucólico, donde las familias de la high tenían en los años 50 sus casas de veraneo, debes abordar una patana en los muelles de Isabela de Sagua, fijar rumbo norte y disfrutar un trayecto que, al menos tú, obnubilada con los espejismos de la nostalgia, recuerdas hasta con delfines y leyendas de naufragios.

“En el cayo de allá dicen que los piratas enterraron un tesoro… ¿Ven aquellos mangles? Pues ahí va la gente a buscar ostiones… Cuentan que en esa franja de tierra estuvieron tres pescadores perdidos una semana entera…”. Ciertas o no, las fabulaciones del guía, isabelino necesariamente, en última instancia sirven para despistar el mareo, esa sensación de náusea que no se quita sino hasta mucho tiempo después, cuando dejas de luchar contra las veleidades del agua y el nudo en el estómago cede. Sigue leyendo

Del urinario de Duchamp a una placa de pescado

Del urinario de Duchamp a una placa de pescado“Eso fue lo que quiso decir Duchamp cuando puso su urinario en una galería: que arte es aquello que se presenta como arte en los espacios que le están destinados, ya sea el museo, la galería o el lugar de subasta. Es la función arte lo que define”.

“La función arte, la función arte”, musito para mis adentros, como si a fuerza de repetir la frase del crítico Fernando Millán pudiera legitimar la valía estética de “esto” frente a mí. “Esto” me confunde, pero debe ser que tengo un grave problema para comprender el arte contemporáneo.

A semejante conclusión ya había llegado unos años atrás, cuando la radiografía de un pescado en un recinto expositivo de Sagua la Grande hizo que pusiera en tela de juicio mi capacidad de apreciación: ¿será que únicamente yo no veo los innegables valores de esta obra? ¿Será que solo a mí no me dicen nada las espinas sin título de un pescado muerto?

Mucho ha llovido desde aquella placa, mucho he leído después sobre las más disímiles y posmodernas tendencias del arte contemporáneo; no obstante, desde entonces mi estupor apenas se ha aliviado. Sigue leyendo

Razones para llorar

Razones para llorarTenía que salir de África, tomar un avión hacia España y provocar histeria en Nueva York; tenía que poner a prueba todos los protocolos para la contención epidemiológica al uso y desconcertar a la comunidad internacional para que el ébola comenzara a ser tratado con respeto; no como el problema sanitario que afecta a otros —“allá tú los ves, allá”—, sino como el virus altamente mortífero que amenaza con plantar sus cepas también en Occidente.

De hecho, antes de brincar a la muy castiza España a bordo de los dos misioneros infectados, el actual brote de ébola que viene desangrando desde principios de año a Liberia, Guinea Conakry y Sierra Leona apenas interesaba a los internautas, demasiado ocupados en chismes de celebridades, intrigas políticas, escándalos de corrupción y hasta en las veleidades del no menos virulento Estado Islámico. No lo digo yo, que solo llevo los reportes de lectoría de esta bitácora: lo dice el blog de los editores de BBC Mundo en un artículo que titula, precisamente, ¿Qué hacemos con el ébola?

Basta con repasar las coberturas de medios de prensa y las opiniones en redes sociales para aquilatar “la insoportable levedad” de lo que se debate: que si Teresa Romero, la enfermera contagiada en España, se tocó —o no— la cara con el guante; que si fue un crimen sacrificar a Excalibur, su perro, sin confirmar que había contraído el virus; que si la sanitaria Kaci Hickox debía acatar el período de cuarentena tranquilamente en casa para no exponer con sus paseos en bicicleta a medio estado de Maine; que si los trabajadores de salud infectados en África no podrán regresar a sus países de origen para ser curados… Sigue leyendo