Viaje al tope de Las Villas

Viaje al tope de Las VillasEl carro se detiene, exhausto por la subida, en un recodo que la misma providencia parece haber plantado para que los choferes no desistan a medio camino. “Refresque la ‘bestia’ con el agua de esa pluma y siga echando, que todavía le falta un impulso pa’ llegar al mirador y otro pa’l pueblo”, le dice al equipo de prensa un campesino que sorprende por sus dotes de guía turístico.

“Todo esto aquí se conoce como la Curva de Juana”, explica, mientras dibuja con los brazos unos círculos concéntricos que sobran para señalar la única casa, donde vive solo con su perro; la cerca de alambre de púas que la circunda; y el chorro de agua, por donde ha visto pasar cientos de carros jadeando hacia Topes de Collantes.

Y sin agregar palabra se pierde loma arriba, como de seguro ha venido haciendo a diario, sin que le duelan las corvas por la pendiente ni se le cansen los huesos de casi 70 años. A semejantes andanzas están acostumbrados los más de 2 000 habitantes que escogieron quedarse por estos lares, casi inaccesibles pero a buen recaudo de las veleidades del llano.

Tenía razón el guajiro: apenas un kilómetro separa su casa del mirador, esa suerte de escalera empotrada en la serranía cuyos 149 escaños de piedra no pueden subirse de un tirón.

Respirando a duras penas se llega a la cima, justo antes de que el deslumbramiento con un paisaje de ensueño termine por aturdir: el lomerío, plisado de verde, muere sin dolor en la línea sinuosa de la costa; el mar se difumina a lo lejos, luego de perfilar de un azul intenso los bordes de la península; abajo, aletargada en el sopor de siglos, la ciudad de Trinidad, tal y como debió verla el primer conquistador español que se aventuró por estos riscos.

Miles de turistas extranjeros, de paso hacia Topes, han fotografiado la fisonomía de una región que, si bien no puede compararse con las alturas estratosféricas del Aconcagua ni con los volcanes dormidos de Los Andes, tiene el encanto de los parajes casi vírgenes, inexplorados hasta por la curiosidad de su gente.

Por la variedad de helechos que comienzan a aparecer en las márgenes de la carretera, el viajero más despistado pudiera imaginar que falta poco para Topes. Tras el último vericueto del camino se despereza la comunidad, neblinosa y aún entumecida por las temperaturas de la madrugada, tradicionalmente más bajas que en el resto de la provincia.

Algunos lugareños describen la magnitud del invierno que recién comienza con una frase a todas luces ocurrente: “Este año vamos a pasar más frío que un perro chino en un congelador”. Y con el gracejo propio del lugar se alejan, frotándose las manos, rumbo a las plantaciones de café.

Del grano rojo y los cultivos varios han poblado los campesinos las laderas de estas lomas. Más de 70 cooperativistas mantienen surtida de viandas la placita del caserío; sin embargo, las provisiones que deben subir del llano se estancan en los entredichos de la distribución, un camino al parecer más tortuoso que el del propio pueblo.

La molestia se agrava por las incomodidades del transporte, insuficiente con sus escasos viajes semanales. “La salvación es la cantidad de carros que suben y bajan por el turismo, y las guaguas de los hoteles”, comenta un guajiro que nos alarga una colada de café en jícara, quien aprovecha para alabar el aporte socioeconómico de estas instalaciones a la vida de la zona: “Y que no se les ocurra cerrarlas, que nos quedamos aislados del mundo aquí arriba”.

De regreso, cuando los desfiladeros se ven de frente y la Curva del Muerto amenaza con su perfil zigzagueante, cobran sentido las advertencias de los serranos: “Con cuidado, que pa’ abajo to’ los santos ayudan, pero a veces empujan demasiado”.

Para ganarle al susto es preferible, entonces, concentrarse en los helechos cada vez más pequeños y esporádicos; en los nombres pintorescos, como Polvo Rojo y La Chispa, que quedaron irremediablemente atrás; o en el recuerdo de sus habitantes, adaptados a vivir en un macizo montañoso sin los límites geográficos impuestos por los mapas y para quienes, pese a decretos y nuevas mediciones, Topes de Collantes sigue siendo el punto cumbre de Las Villas.

topes_01

topes_02

topes_03

topes_04

topes_05

topes_06

topes_09

Anuncios

9 comentarios en “Viaje al tope de Las Villas

  1. Saludos Pablo y Gisselle!!…Lugares verdaderamente hermosos..Una lastima no se publique mas sobre ellos…Alli estan las MINICHE…Que nuestro grupo ayudo a investigar/ proyectar y montar..Solo queda ..Proponer para que los inversionistas extranjeros tomen parte en el proyecto…MI HIJA PREFERIDA…LA CHAE-CENTRAL…La HidroAcumuladora Electrica del centro..
    CHAO…lindo
    El guajiro del PINTO

  2. Bonito articulo y bellas fotos del Escambray.
    La incomunicacion de los pueblos y aldeas serranas, no es solo un problema cubano. En Asturias, exactamente en las proximidades del Naranjo de Bulnes, en los Picos de Europa, durante el invierno, los aldeanos no pueden bajar al pueblo a abastecerse de alimentos y pan, sino que que deben almacenar suficiente comida, congelar pan y carnes para resistir la larga temporada invernal. Y cuando llega la primavera, bajan al llano en mulos a hacer las compras . Es como si estuvieran en el siglo XVII. Aun asi, los aldeanos son felices en medio de tanta incomunicacion y aislamiento.
    Si los camiones pueden subir al Escambray, que se den por dichosos, que miles de familias asturianas, ni a eso pueden aspirar, porque la orografia del terreno no lo permite.

  3. Gisselle, los lugares que describes los conozco muy bien, mucho más allá, en el lado de atrás de ese lomerío viví los primeros años de mi vida. Allí aprendí ahablar y dar mis primeros pasos. son recuerdos que NUNCA olvidaré. Cuántas historias no contadas guardan esos parajes!!! Qué agradable clima, qué belleza de paisaje, qué personas más humildes y más honradas. Allí se vive sin maldad, y sin estar tan a la moda, ni tan en “lo último”.
    Allí se sé es feliz.
    Gracias por revivir en mi, tantos y tantos recuerdos.

  4. Gracias por el hermoso artículo con las bellas descripciones. Me despertaste los bellos recuerdos. Trabajé en la papelera en Iznaga y viví en Trinidad en los años ’50. Cada vez que tenía oportunidad me iba a Collantes sólo para caminar y disfrutar de esos montes.

La opinión es libre, mientras sea emitida con respeto

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s