Archivo mensual: enero 2015

¿Un secreto a voces?

Un secreto a voces“Y si no me vuelves a ver (…) pon un libro —el libro que te pido—, sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. Trabaja. Un beso. Y espérame”. Carta de José Martí a María Mantilla, 9 de abril de 1895

A los 14 años, cuando recibió la noticia de que su padrino José Martí había muerto en combate sin más protección que un retrato suyo cerca del pecho, María Mantilla no tuvo conciencia plena de la conmoción telúrica que suponía aquella pérdida, no solo para Cuba, sino también para su vida ulterior.

Iba a ser mirada desde entonces como la hija espiritual de un hombre a quien la vida no le alcanzó para aclarar su dilema ético: ¿era aquel cariño desmesurado el de un padre que prodigó a María los afectos que no pudo entregar a su hijo? ¿Fue ella la prueba tangible de una unión ilegítima que contradecía los cánones de la época y hasta los principios de Martí? Sigue leyendo

Diario de adolescencia

Diario de adolescenciaMe parece estar viviéndolo de nuevo: el aula de décimo grado desbocada en la efervescencia del receso, las sillas chirriando en la media hora de caos que nos estaba permitida entre las sesiones de trigonometría y la pensión de Papá Goriot, el entra y sale típico a esas alturas de la adolescencia. Lo que se dice un día normal en los preuniversitarios de principios de siglo.

De pronto, uno de los varones del grupo se trepó a una silla, adoptó la pose de locutor de noticiero de la que solíamos burlarnos noche tras noche y, una vez seguro de que tenía garantizada la audiencia, comenzó a leer en plan tribuna abierta un texto que no describía la marcha de la zafra ni los acuerdos unánimes del parlamento, sino las disquisiciones íntimas de alguien: que si una casa blanca a orillas del océano, que si con cortinas rojas, que si una historia de amor a lo Romeo y Julieta… Solo entonces caí en la cuenta: ese alguien a quien habían robado el diario para leerlo en público y con sorna, era yo.

No recuerdo exactamente lo que hice en ese instante de incómoda exposición. Lo que sí recuerdo —porque él mismo se ha encargado de magnificarlo— es que dejé de hablarle durante meses al presunto locutor; primero, con una ira sorda y mal disimulada; luego, atizando artificialmente el berrinche, hasta descubrir que seguíamos comunicándonos a través de terceros y que esa suerte de diferendo que nos habíamos orquestado era más simbólico que real. Sigue leyendo

La zafra del ajo

La zafra del ajoEstuve al borde del ictus por una cabeza de ajo. Así, literalmente: por una cabeza de ajo. Ni siquiera una de esas que la imaginación popular atribuye a las donaciones de Chile, sino una cabeza de ajo Made in Banao, sembrada y recogida a escasos kilómetros de distancia y que, a juzgar por el diámetro, más bien pareciera cultivada con técnicas de bonsái.

Pero a lo que iba. El ictus comenzó a gestarse cuando entré a la Plaza del Mercado de Sancti Spíritus, un paraje donde los precios no responden a la clásica ley de oferta y demanda, mucho menos a las pretensiones utópicas que acariciamos un día: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo.

Obnubilados aún con la zafra de fin de año, cuando llegaron a pedir hasta 15 pesos por un mazo de cuatro cebollas blancas, los vendedores de la Plaza habían tomado determinaciones radicales: el ajo que hasta ayer no lograban vender y se les ponía vano, ahora costará tres pesos —“vaya mima, por si no puedes pagarlo más caro”—; y por la cabeza estándar, de las que se necesitan dos para sazonar un buen potaje de frijoles, en lo adelante habrá que desembolsar cinco pesos. Sigue leyendo

La mansión itálica del valle

La mansión itálica del valleDon Pedro Malibrán y Santibáñez no tuvo más que subir la colina, arreglarse el traje aún ensopado por el esfuerzo y mirar en derredor. “Compro el terreno”, dijo sin titubeos y emprendió cuesta abajo, tan ansioso por pagar los 18 000 pesos como por erigir el feudo que había empezado a imaginarse cuando vio el valle entero a sus pies.

Y no se equivocaba: el ingenio Jesús Nazareno de Buena Vista, de tierras negras y barro amarillo, se convirtió en apenas 20 años en uno de los emporios azucareros más prósperos, no solo de Trinidad sino de todo el país, y para 1837 había multiplicado 25 veces su valor.

Sin embargo, casi dos siglos después de sus mejores zafras, no quedan ni las huellas de la casa de calderas de 80 varas, de los cuatro trenes jamaiquinos, de los hornos y tejares; ni siquiera de la máquina de vapor de 35 caballos de fuerza que por aquel entonces amenazaba con tragarse todos los cañaverales de la comarca.

Solo la mansión permanece, desafiante aún pese a los estragos de la intemperie, en el lugar exacto escogido por don Pedro Malibrán para abarcar con la vista sus dominios sin necesidad de sofocarse con los calores del mediodía. Sigue leyendo