Diario de adolescencia

Diario de adolescenciaMe parece estar viviéndolo de nuevo: el aula de décimo grado desbocada en la efervescencia del receso, las sillas chirriando en la media hora de caos que nos estaba permitida entre las sesiones de trigonometría y la pensión de Papá Goriot, el entra y sale típico a esas alturas de la adolescencia. Lo que se dice un día normal en los preuniversitarios de principios de siglo.

De pronto, uno de los varones del grupo se trepó a una silla, adoptó la pose de locutor de noticiero de la que solíamos burlarnos noche tras noche y, una vez seguro de que tenía garantizada la audiencia, comenzó a leer en plan tribuna abierta un texto que no describía la marcha de la zafra ni los acuerdos unánimes del parlamento, sino las disquisiciones íntimas de alguien: que si una casa blanca a orillas del océano, que si con cortinas rojas, que si una historia de amor a lo Romeo y Julieta… Solo entonces caí en la cuenta: ese alguien a quien habían robado el diario para leerlo en público y con sorna, era yo.

No recuerdo exactamente lo que hice en ese instante de incómoda exposición. Lo que sí recuerdo —porque él mismo se ha encargado de magnificarlo— es que dejé de hablarle durante meses al presunto locutor; primero, con una ira sorda y mal disimulada; luego, atizando artificialmente el berrinche, hasta descubrir que seguíamos comunicándonos a través de terceros y que esa suerte de diferendo que nos habíamos orquestado era más simbólico que real.

Terminamos por forjar una amistad a prueba de distancias y desconexiones mutuas que ha llegado hasta hoy, un nexo espiritual que pudiera calificarse con la coletilla al uso por estos días en los medios: “el excelente estado de las relaciones bilaterales”.

En definitiva, la culpa de semejante escarnio la había tenido yo. ¿Quién me mandaba a sumarme a la moda de los diarios? ¿Quién me obligaba a pormenorizar el rosario de mis crisis existenciales? Y, peor aún: ¿por qué tenía que retar a los varones del aula con una frase desafiante: ustedes le van a leer el diario a todas menos a mí?

Fui la primera a quien se lo leyeron, pero no la única. Por aquella época, al margen de Internet y las redes sociales, los jóvenes —al menos los de mi pre— nos entreteníamos con prácticas analógicas: música mecánica un miércoles sí y un miércoles no; tertulias grupales en torno a un trovador y una caja de cigarros de contrabando; cuchicheos en los albergues hasta bien entrada la madrugada a un volumen que resultara imperceptible para el profesor de guardia; y la redacción y custodia, por supuesto, del diario de rigor.

En el ejercicio de escribir sinceramente en el diario y luego defenderlo de los depredadores había algo del juego al gato y al ratón. No importaba cuánto lo escondieras, ya sea disfrazando la libreta con un forro de Física o metiéndola bajo el colchón; los varones se las ingeniaban para sobornar tías o trepar como gatos a los albergues hasta conseguir los secretos que, pensándolo bien, eran del todo predecibles: las pequeñas escaramuzas de la convivencia en la que debutábamos, el mal carácter de algún jefe de cátedra, los sobresaltos por un examen y, desde la primera hoja y hasta la última, las zozobras del amor. O lo que entonces pensábamos que era el amor.

No dejé de confesarme en esa suerte de bitácora personal porque mis compañeros de aula la leyeran, sino todo un curso después, cuando ya había garabateado cinco libretas con un amplio espectro de disquisiciones, desde las más triviales y anodinas, hasta dudas de índole filosófica que me siguen martillando aún hoy.

“Alguna utilidad deben tener estas notas en el futuro”, decía para mis adentros a medida que iba superando la ansiedad inicial por dejar constancia de todo —los diálogos en pleno juego de básquet, el aburrimiento en la llamada cuartelería, la comida del comedor—; alguna utilidad, aunque solo fuera dar fe de las circunstancias que me tocó vivir.

Cuando aquello no sabía lo que varias décadas antes ya había advertido el poeta español Antonio Machado: “De los diarios íntimos decía mi maestro que nada le parecía menos íntimo que esos diarios”; ni había consultado las relatorías de guerra de Antonio Maceo o Máximo Gómez, ni los apuntes de campaña de José Martí en su periplo hacia el fatídico 19 de mayo de 1895.

Había leído, eso sí, el diario de Ana Frank, un testimonio desgarrador que ilustra como ningún ensayo político las heridas del nazismo en la piel de una niña judía; sin embargo, siempre creí que, de haber sabido que sería leído luego por medio mundo, Ana habría moderado justamente lo que más le reconocen sus lectores: los exabruptos propios de la edad.

En el fondo, es eso lo que le reprocho a los diarios: su inconsistencia. O se gestan a modo de catarsis íntima, con lo cual no tendrían más sentido que ejercitar la retórica y alimentar cierto narcisismo interior; o se redactan con la mira puesta en el juicio de la historia, con lo cual pierden de golpe cualquier atisbo de espontaneidad.

Bastó que me percatara de tal incongruencia para que pusiera punto final a mi diario, lo anudara con una cinta roja y lo sepultara para siempre, convencida como estoy de que sus relatos narran la vida de otra: una adolescente atribulada con las hormonas revueltas que he decidido esconder hasta de mí y en la que, 15 años después, a duras penas me reconozco.

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9 comentarios en “Diario de adolescencia

  1. Muy bueno,Gisse,por esas razones nunca hubo en mis diarios mas de 4o5 paginas, cuando enfriaban las emociones y releía,veía una adolescente en catarsis, demasiado catártica,jaja

  2. Gisse. Perdona, pero tu entrada de hoy , mihija, es bastante simplona, mojigata y superficial. ?Que interes tiene saber que tu, de joven, tenias amorios, frustraciones, dudas, lo que fuera que lo ponias en un diario, como hacen muchas otras chicas y que un chismoso lo divulgara?
    Por ejemplo:
    Hace un par de dias, me meti en una sitio XXX, que ademas es gratis, y una chica sexy en ropa interior comenzo a escribir, tendida en su cama: “Querido Diario. Debo confesarte que ayer, yo y el novio de mi mama…. Hay un cambio de escena y se ve, con pelos y sennales, lo que paso entre esa chica y el hombre y te aseguro que aquello era muchisimo mas interesante que leer esta narracion

  3. Je Je je Gise. Pense que me publicarias, ya mas o menos se lo que vas a tijeretear o a dejarme pasar en tu blog. Pero, estoy esperando una respuesta tuya bien sazonada, que me haga reir pues, te creces y escribes muy sabroso cuando logro hacerte enojar.
    Las dudas de índole filosófica que te siguen martillando aún hoy, a todos nos acometen. Un compannero de trabajo me sugirio
    “Observa a los pajaros” al escucharme una vez dudar de la existencia de Dios, Ayer recorde su consejo, cuando maravillado contemplaba las acrobacias aereas y el dibujo artistico, ademas perfectamente aerodinamico que dejo una bandada de aves al despegar y desplegarse. en el firmamento.
    Saludos.

  4. Gisselle:

    Ahora en serio. Termine enojado, luego de una segunda lectura a tu entrada. Me explico:
    Que hayas comparado con el Diario de Ana Frank, estremecedor, testimonio único en su género sobre el horror y la barbarie Nazi con la majomia de tu diario donde me imagino que describes seguramente las angustias que te produjo que los novios te la dejaran en los cayos por flacucha, y mojigata y los trabajos que pasabas cuando apenas sabias lo que significaba la menstruacion y tenias que dispararte tremendas colas en las farmacias para comprar algodon, ni hablemos de tampones que eso alla no existe, me parece , simplemente, el colmo.

  5. Hola Gissi!! Saldudos al pasado culpable del presente que somos, abrazo para ti por aquella Gissi con sus méritos propios de aquellos días y por ser semilla de quien comparte en Cubaprofunda con todos hoy 🙂

  6. Aunque me apuesto a que este lo censuras, quiero compartir contigo- Je Je. A pesar de mis bromas pesadas, supongo que habras notas que te he tomado aprecio-, este comentario (solo unos parrafos) de Cubadebate, donde estan dejando pasar opiniones diversas:

    juliocfg dijo:
    Aplaudo que finalmente se den las relaciones de Cuba y USA , La Confrontación y el odio no llevan a nada. Aquellos comentarios que ven el inicio de estas relaciones como una victoria de nuestra parte y una derrota del Imperio, siguen viviendo en el pasado. Los cubanos tenemos que cambiar la mentalidad y no aferrarnos a ese pasado que practicamente nos tiene ahogados en la vida diaria.

    Pienso que la politica de Estados Unidos si nos ha servido como un pretesto para justificar los miles de errores que hemos cometido a lo largo de 50 años de politicas economicas erroneas y que han traido como consecuencia que nuestra economía sea un verdadero desastre, donde el ciudadano promedio apenas le alcance para alimentarse malamente. Hemos inventado mil formas económicas cuando en economía lo que funciona ya es conocido en el mundo , solo que se ha ido perfeccionando con el paso del tiempo.

    Con lo lineamientos económicos estamos haciendo intentos de enderezar el rumbo de la Economía , pero son médidas muy tibias …

    1. Estimado inagotable: disculpe que publique este comentario suyo solo para contradecirlo. Para contradecirlo y, de paso, ponerlo de ejemplo: este es el tipo de discurso que suelo censurar, pero no por su contenido -ideas más osadas han publicado otros foristas y hasta usted mismo en este blog-; sino por su total falta de ajuste al tema. Mire, he aquí el post donde debió haber sido colgado este comentario: https://cubaprofunda.wordpress.com/2014/12/24/hora-de-pasar-pagina/ No sé si se habrá dado cuenta, pero este es el post adecuado para su diatriba. Lo del ajuste al tema es una materia que se da en las escuelas primarias cubanas. Conozco algunas que podría recomendarle. Saludos!!!

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