Archivo mensual: febrero 2015

90 millas de ausencia

90 millas de ausenciaCuando me dijo que se iba, en avión y definitivamente, no le hice caso. “Sí, claro, yo también, las dos nos vamos —le respondí—. No te hagas de rogar, que solo faltas tú por anotarse en los repasos”. Entonces me sujetó por los hombros, me miró con una expresión agridulce y me lanzó la frase rotunda que 12 años después todavía no he olvidado: “No estoy jugando; a mi mamá le llegó el bombo y yo no quiero irme, pero no puedo quedarme”.

Es la primera vez que lo cuento, supongo que para evitar el nudo en la garganta que ahora mismo vuelve a atenazarme. Estábamos en el último año de preuniversitario y el tercero de una amistad que habíamos urdido muy a pesar de nuestras diferencias de carácter: tímida y centrada, yo; espontánea y desenfadada, ella. Tanto, que solo la Física con su teoría de los polos opuestos que se atraen hubiese podido explicar la complicidad mutua que logramos agenciarnos.

La Física y su paciencia, porque se encargó de soportarme todas las majaderías de chiquilla bitonga que ahora me parecen francamente intolerables: mis constantes altibajos emocionales, las noches en que le agitaba su propio ventilador Órbita —“no te vires de lado, Daylenis, que no me llega el aire”, casi le ordenaba— y hasta el cucharazo que le di cierto mediodía en plena frente. Sigue leyendo

Hotel Sagua: ¿cerrado por derribo?

Hotel Sagua cerrado por derriboParece un edificio de Kobane, no tanto por su arquitectura, típica del eclecticismo insular de principios del siglo XX, como por el estado de devastación en que se encuentra: balcones a punto de precipitarse sobre el asfalto —algunos perdidos ya, irremediablemente—, plantas invasoras minando los entrepisos, puertas y ventanas abiertas sin piedad a la intemperie. Lo que se dice un inmueble asolado por la guerra.

El Grand Hotel Sagua, sin embargo, no se encuentra en Siria, soportando el fuego cruzado entre los kurdos y el Estado Islámico; sino en medio de la Villa del Undoso, cuyo centro histórico fue declarado hace apenas cuatro años Monumento Nacional a despecho de la depauperación urbana, más que evidente.

La declaratoria de marras debía amparar también al otrora Grand Hotel, erigido entre 1925 y 1927 y llamado Hotel Sagua, a secas, por generaciones sucesivas de lugareños. Debía ampararlo, repito, pero en la práctica ni Dios mismo pone su mano sobre una edificación que se desmigaja de a poco: un mármol, hoy; los cristales del vestíbulo, mañana… Sigue leyendo

En camino a la madurez

En camino a la madurezFue un acto casi irracional: ante la ingenuidad del rostro infantil, incapaz de simulación alguna, Yelena Lorenzo cerró los ojos y apretó el obturador. La imagen que acababa de apresar en los límites imaginarios del encuadre resumía el estado de gracia que la alentaba y que habría de cuajar en su primera muestra fotográfica personal.

Nostalgia en el camino de la madurez puso por título a este ejercicio de indagación pictórica en los ánimos del otro, esa suerte de álter ego que se inventa para develar sus propias obsesiones: la candidez, la pérdida inevitable de la inocencia, las antinomias de la vida que siempre, pese a todas las astucias que urdimos, termina superándonos.

En la obra de Yelena, la crítica de arte Elvia Rosa Castro alabó la “sensibilidad especial para captar lo frágil o, mejor dicho, para capturar cierta cualidad efímera que ronda a seres y objetos. Se trata de ese algo que tiene que ver con el aura. Sin embargo, ese halo fugaz ella lo convierte en metafísica, en sustrato, en fundamento y en hilo conductor”.

Ya lo advertía la propia artista cuando confesaba su intención de hurgar más allá de la foto, de trascender el sino banal y absurdo de la sociedad contemporánea y aspirar al fin ulterior: la poesía. Justamente poéticas son estas imágenes, tan polisémicas y emocionantes que parecieran desbordarse de los 16 cuadros que componen la muestra. Sigue leyendo

¿Ayotzinapa somos todos?

Ayotzinapa somos todos“El crimen nos Iguala”. Jorge Drexler

Sacaron del camión los cuerpos. Casi todos, vivos; unos 10 o 12, ya asfixiados por el aire que entraba a cuentagotas y el peso de los compañeros que les fueron cayendo encima. Alguno llegó a sentir cómo crujieron bajo sus costillas las costillas de otro, inerte.

No hubo piedad para los estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa. No hubo un minuto de cabildeos, de “no los maten, son tan jóvenes…”; un segundo siquiera de duda antes de ultimarlos con la bala que les estaba destinada desde que, horas antes, la mismísima policía los entregara a Guerreros Unidos, ese ejército del terror que campea por su respeto en Iguala.

Les dispararon a mansalva, como a conejos; sostenidos de los brazos y las piernas, los columpiaron para tomar impulso y los lanzaron luego al centro de la quebrada donde se fueron apilonando, uno sobre otro, en una especie de pira funeraria más digna de los sacrificios aztecas descritos en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, que de la sociedad civilizada y próspera que se pretende México. Sigue leyendo