San Isidro al desnudo

San Isidro al desnudoHacía un calor de infiernos la tarde de 1870 en que doña Isabel Iznaga de Cantero, sin necesidad de teas incendiarias, redujo a cenizas el esplendor de San Isidro de los Destiladeros. Bastó apenas que sintiera la decadencia del azúcar pisándole los talones para que se dignara notificar al cabildo trinitario lo que ya había resuelto: la demolición, sin cargos de conciencia, de su antiguo ingenio.

Eran los estertores iniciales de una crisis que había comenzado para los sacarócratas de la región con el estancamiento productivo y el atraso tecnológico, y que habría de continuar a finales del siglo XIX con la centralización de las moliendas en la barriga de un único central, el Trinidad Sugar Company, que lo engullía todo.

De manera que la determinación de doña Isabel Iznaga de Cantero fue, cuando menos, premonitoria: resignada a lo inevitable, contó los dividendos que San Isidro le había prodigado en sus mejores zafras, pasó revista a los muchos dueños que la habían precedido desde que se tenían noticias de la finca, allá por la década de 1770, y mandó a detener las máquinas.

Lejos estaba de sospechar entonces que su abandono intencional permitiría a los cubanos de hoy heredar un sitio de inestimable valía arqueológica, una suerte de museo a cielo abierto donde los especialistas juegan a descifrar los misterios de aquellos tiempos románticos del azúcar.

Como quien tiene aún delante las paredes de mampuesto originales, Leonel Delgado Ceballos dibuja en el aire de San Isidro esquinas y columnas, arcos de medio punto, puertas y ventanas de barracones. Casi puede oler la melaza.

Tal vez en una vida anterior recorrió los senderos que hoy describe entre las ruinas prácticamente irreconocibles; eso no pudiera asegurarlo. Lo que sí ratifica desde su experiencia en el Departamento de Arqueología de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios es que San Isidro de los Destiladeros constituye el exponente más completo del antiguo patrón de asentamiento de la plantación azucarera en todo el Caribe insular.

“Su principal valor radica en que, a diferencia de otras locaciones donde se han hallado fragmentos aislados del ingenio, en este sitio se conservan todas las estructuras que componían el sistema fabril típico del siglo XIX: la casa de paila y molienda, el sistema hidráulico que abastecía la industria, el barracón de esclavos, incluso la casa hacienda y una torre campanario que funcionaba como mirador”, enumera Delgado Ceballos.

Hasta allá arriba solían treparse los mayorales o algún esclavo de confianza para verificar que el mecanismo del ingenio funcionara como un reloj: los bueyes acarreando la caña hacia el trapiche, los negros alimentando el fuego del tren de cocción, la destilería sudando alcoholes, un cimarrón rumiando sus desgracias en la enfermería…

Pero de aquella estampa decimonónica apenas queda el recuerdo. Salvo la casa de vivienda y la torre, que todavía se mantienen en pie, el resto de las estructuras sobreviven a ras del suelo, dibujadas en una superficie de poco más de 2 hectáreas.

Prácticamente hasta el otro día San Isidro de los Destiladeros estuvo habitado por su último propietario, un anciano de la familia Fonseca que supo aquilatar la relevancia de aquellas paredes gruesas, no tanto para su herencia personal porque el caserón se le venía abajo, pieza por pieza, en cada tempestad, sino para el patrimonio cultural de la nación.

Por ello no puso reparos cuando comenzaron a llegar especialistas y aficionados a la arqueología que viraron al revés sus sembrados y desbrozaron la maleza para sacar a la luz las piedras fundacionales.

En la actualidad, las intervenciones en el terreno han permitido descarnar las albercas de tres niveles con que contaba la destilería; el sistema hidráulico compuesto por dique, represa y canales que encauzaban las aguas y evitaban las crecidas; los barracones de esclavos, a medio camino entre las naves de una sola puerta y los ranchos aislados al estilo Manaca Iznaga.

Sin embargo, lo que más deslumbra a los expertos, al punto de opacar los demás hallazgos, es el tren jamaiquino, considerado por el historiador Julio Le Riverand como “la expresión típica de la revolución industrial en los ingenios azucareros” y el único de su tipo encontrado hasta el momento en el valle trinitario.

“Fue lo más avanzado en tecnología para cocinar el azúcar en la época y muy económico, no solo porque había que alimentar un solo fuego, sino además porque comenzó a utilizarse el bagazo como combustible, lo que vino a resolver el problema de la deforestación que ya hacía sus estragos en la zona”, comenta Leonel Delgado, quien todavía recuerda el día que descubrieron el enorme fogón durante el I Taller de Arqueología Industrial Valle de los Ingenios, en el año 2000, fecha que marcó el inicio de las excavaciones sistemáticas en aquellos predios.

Los huracanes del 2008, que alebrestaron la maleza y tornaron intransitable el camino hasta el antiguo ingenio, impidieron que sesionaran en las ruinas de San Isidro los talleres de arqueología correspondientes a ese año y al 2009, lo cual retrasó las pesquisas y dilató los proyectos concebidos para el sitio.

No obstante el retraso, los planes de un museo a cielo abierto que permita al visitante asistir a las labores de conservación en tiempo real e interactuar con arqueólogos y restauradores, tal y como dictan las más contemporáneas tendencias en el manejo del patrimonio, no han quedado en el olvido, pero aún debe llover mucho sobre el valle antes de que se concrete la idea que, por el momento, permanece en el limbo de la espera. Al menos así piensa Víctor Echenagusía, museólogo de la Oficina del Conservador y enamorado confeso de esta reliquia trinitaria.

“En el estado en que se encuentra el sitio, los especialistas pueden hacer diversas lecturas sobre el proceso fabril y comprender los modos de vida impuestos por el sistema de plantación —abunda el experto—. Pero todavía deben crearse las condiciones elementales para insertar a San Isidro en algún circuito de turismo, sin perder de vista que se requiere de un conocimiento especializado para comprender en toda su magnitud la riqueza de ese enclave”.

Sin tales dotes de erudición, Miguel Toledo Cruz, el hombre que se ha bastado, machete al cinto, para mantener a raya a los “buscatesoros”, también puede hablar con propiedad sobre los muros y cimientos que cuida desde hace años.

Tal vez no reconoce en la torre campanario las influencias del neoclasicismo europeo, pero nadie le puede mover una piedra de lugar: “Hay que estar a cuatro ojos porque los ladrones no andan creyendo en esas visiones del patrimonio”, asegura.

A su olfato de cuidador empedernido y a la obstinación de los investigadores deben los trinitarios la integridad de un emplazamiento que, pese a no contar con litografías aproximadas ni mapas topográficos, ha venido mostrándose sin pudor en una suerte de desnudo arqueológico que no para de fascinar.

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4 comentarios en “San Isidro al desnudo

  1. Hace unos 3 años estuve en ese lugar, y daba pena el estado de la torre, con peligro para subir por las escaleras. No se requería de grandes inversiones para su recuperacion, pero la inercia es mucha. Ahora parece que la estan restaurando.

  2. Gissel. Vi la noticia y me acorde de ti.

    El ministro cubano de Relaciones Exteriores Bruno Rodríguez Parrilla, recibió hoy en la sede de la cancillería, en La Habana, a su homólogo de la República Popular Democrática de Corea (RPDC) Ri Su-Yong, quien realiza una visita oficial a la Isla.

    Ambos diplomáticos dialogaron sobre el excelente estado de las relaciones bilaterales

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