Archivo mensual: julio 2015

Centrales en tiempo muerto

Centrales en tiempo muertoDicen que para apaciguar la angustia que se les atraviesa en el pecho, los pobladores de Narcisa levantan en las entrañas del central una pila mortuoria con gomas de camión, le prenden fuego y se sientan a mirar el humo que comienza a salir por la torre, un humo negro y denso que más bien parece los rescoldos de su última zafra.

“Una se hace la ilusión de que ese bicho está vivo, pero no es más na’ que eso: la ilusión”, se duele una lugareña que aún no sabe qué hacer sin el pitazo afiebrado del mediodía, sin el bagacillo insolente que le ensuciaba la casa  y con un tiempo muerto que ya va para 10 años.

La suya es la nostalgia de una generación que en el 2005, cuando se hizo un silencio sordo en toda la maquinaria, había vivido demasiado entre hierros viejos como para acomodarse de golpe a la nueva realidad.

“Hubo quien no tenía edad para adaptarse”, relata Rafael Reyes Fernández, profesor del centro universitario Simón Bolívar y quien fungía en aquel entonces como presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Yaguajay.

“Sobre el tapete se pusieron varias opciones —enumera—: el estudio como trabajo, que fue la llamada Tarea Álvaro Reynoso; la incorporación a la producción de alimentos, fundamentalmente los que estaban vinculados a la parte agrícola de la zafra; y la esfera de los servicios. Eso sí: en cualquier caso fue un proceso traumático”. Sigue leyendo

El salto con garrocha que todavía no vemos

El salto con garrocha que todavía no vemosLlevo dos días leyendo y releyendo las palabras de Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, durante el acto oficial de apertura de la embajada de la isla en Estados Unidos este 20 de julio, un suceso que, sinceramente, ni me pasaba por la cabeza un año atrás.

Para ser más sincera aún, no me pasaba por la cabeza hace apenas unos meses, cuando el proceso de acercamiento abandonó el ostracismo y saltó a la luz pública como si hubiese sido lo más natural del mundo que hubiera estado 18 meses cocinándose a fuego lento y en secreto.

Ni Roberta Jackobson caminando tropicalmente por La Habana Vieja ni Josefina Vidal impartiendo lecciones de glamour y diplomacia me daban pistas concretas, cuidándose como ambas se cuidaban de adelantar resultados tangibles: de los “significativos avances” y el “clima de igualdad y respeto” no había quien las sacara.

Pero si el saldo de semejantes precauciones es este acto de justicia histórica, en verdad se les agradece: la bandera cubana ya ondea en Washington y Estados Unidos vuelve a operar en La Habana sin la mediación de una Oficina de Intereses. Sigue leyendo

El libro de la camisa nacional

El libro de la camisa nacionalTraspapelados en las brumas del imaginario colectivo andan los orígenes de la guayabera, prenda de vestir cuya paternidad enarbola el pueblo espirituano como un estandarte de guerra. Es nuestra, sin necesidad de actas capitulares ni registro documental alguno que dé fe de tal presunción.

Más de tres siglos estuviera cumpliendo la camisa nacional si nos atenemos a la leyenda más difundida sobre su génesis: un matrimonio español recién emigrado al centro de la isla acomodó las vestimentas peninsulares al clima tropical, las llenó de alforzas y bolsillos para guardar el tabaco, y comenzó su difusión por toda la comarca.

Sin embargo, a la historia tan bien contada los estudiosos han comenzado a encontrarle las costuras al punto de que en la actualidad muy pocos se fían de ella.

Es lo de menos, parece decir el periodista y crítico de arte Manuel Echevarría Gómez en su libro La guayabera y su cuna insular, que vio la luz para reafirmar lo que ya venía advirtiendo el autor en artículos anteriores: sin que medien certificaciones de nacimiento, la prenda se ha instalado por derecho propio en la idiosincrasia de la región y del país. Sigue leyendo

El campo, la ciudad y los perros

El campo, la ciudad y los perrosTienen las mismas cuatro patas y la misma expresión de fidelidad en la mirada, pero los perros de ciudad no son exactamente iguales a los perros de campo; como los humanos que habitan aquellos lares, que por más cruzadas teatrales que se inventen para animarles las noches de Pascuas a San Juan; por más planes asistenciales que se dibujen en papeles y, solo a ratos, en los trillos de las comunidades, no puede afirmarse rotundamente que lleven una vida fácil.

Fácil, lo que se dice fácil, no: con la tierra de cultivar en el patio de la casa, pareciera que los campesinos sintieran menos la carestía de los alimentos o que les bastara con lo que sacan del surco para darse por satisfechos. Eso tienen las telenovelas del ICRT, que son capaces de crear semejantes espejismos.

Pero ni todos los guajiros levantan cosechas millonarias —algunos sí, para qué negarlo—, ni tiene ahora mismo el campo cubano la infraestructura de hace algunos años. La reorganización de las escuelas y de los servicios médicos, por ejemplo, no fueron medidas lo que se dice populares en los caseríos más intrincados, ni el arrendamiento de los círculos sociales; tres determinaciones categóricas evidentemente tomadas bastante lejos de los antiguos bateyes azucareros y de los pueblos encaramados en la montaña. Sigue leyendo

Retrato salvaje

Retrato salvajeSalí del cine medio atormentada. El acomodador, que esperaba como cosa buena el fin de la película para irse a dormir tranquilamente a casa, debió adivinarme el sobresalto: “Está de madre, ¿eh?”, me dijo. No conseguí zafar el nudo que me apretaba la garganta.

En la calle, todavía perpleja, tumbé sin querer una bicicleta. El dueño me tranquilizó con un muy ecuánime “no te preocupes, mima, no pasa nada” en el preciso instante en que yo —como el hombre del gato— me preparaba para lo peor: el estallido de cólera, las interjecciones incoherentes, el manoteo de ambas partes que desembocaría en desastre. Pero era la vida real, por suerte, y no una de las seis historias del filme argentino Relatos salvajes.

Desde el mismísimo inicio, cuando los pasajeros del avión comienzan a impacientarse, a sospechar que gravitan en torno a la locura del sobrecargo, la película de Damián Szifrón se revela como lo que en realidad es: una metáfora de la barbarie, un catálogo de los extremos de violencia en los que puede desbarrancarse el ser humano. Sigue leyendo