Archivo mensual: agosto 2015

Aventuras en Cuba: el papalote se va a bolina

Aventuras en Cuba el papalote se va a bolinaLa prueba de que los dramatizados infantiles en Cuba han tocado fondo no la ofrecen los informes del ICRT, que si se hace el harakiri al menos no lo publica —“lo que se sabe no se pregunta”, pensarán sus directivos—. La prueba de semejante estado de deterioro la ofrecen Los papaloteros, una aventura que se convirtió en un fenómeno de audiencias a principios de los 90 y que hoy, casi un cuarto de siglo después, vuelve a conquistar a los niños cubanos, muchos de los cuales no tienen ni idea de que antes de Art Attack y Dora, la exploradora hubo en la televisión un espacio dedicado a las aventuras.

No voy a hablar de aquella época remota, más idealizada por la nostalgia que por sus reales valores estéticos, en que se llevaron a la pequeña pantalla los clásicos de la literatura universal completamente en vivo; tiempos en que mis padres se reunían frente al único televisor del barrio a creerse la historia del Capitán Tormenta. No seré yo quien diga que en esos años, con menos recursos y menos artistas, se hacía más que ahora.

Tampoco voy a hablar del más cruento período especial, cuando se freía con manteca de cebo y tocaban dos hamburguesas por carné de identidad, pero se siguieron produciendo aventuras. Señal de que se consideraban imprescindibles, como todo lo que en esa etapa mantuvo sus presupuestos. Sigue leyendo

Banderas y marines

Banderas y marinesA mí me dicen la palabra “marine” y lo primero que me viene a la cabeza, para ser sincera, es la imagen de los efectivos norteamericanos borrachos, vestidos de blanco, trepando la estatua de José Martí en el Parque Central. Un pie en el pedestal de mármol, una mano en el hombro, otro pie impulsándole el cuerpo hacia arriba hasta quedar sentado sobre la cabeza de piedra. Lo que se dice una profanación de libro.

A mí me dicen “marine” y no puedo evitar el hipervínculo, la verdad. Por eso me ha costado sacudir la escena del subconsciente desde que leí en The New York Times la historia de los tres marines que arriaron la bandera norteamericana de su embajada en Cuba cuando esta isla y Estados Unidos rompieron relaciones diplomáticas en 1961.

Casi los linchan, recordó el Secretario de Estado John Kerry el pasado 14 de agosto; casi los linchan, pensé yo, como casi matan a pedradas a los marines que escalaron impúdicamente al Apóstol en pleno corazón de La Habana. Kerry hablaba y yo, comiéndome las uñas, intentaba no asociarlo con aquella noche de 1949 en el Parque Central. Sigue leyendo

Paquito, el del Vaticano

Paquito, el del VaticanoSalió humo blanco de la Capilla Sixtina y Jorge Mario Bergoglio se convirtió así, de un bostezo de la chimenea, en el primer Papa nacido a este lado del Atlántico en la historia de la humanidad. Más bien, de sus últimos 500 años, porque antes el mundo se acababa frente a las costas de Europa.

Entonces se supo que emprendería su pontificado bajo el tan humilde nombre de Francisco y que no solo sería el primer Papa latinoamericano, sino también el primer Papa jesuita, lo cual resultaba más improbable aún. Latinoamericano y jesuita, una doble condición que remató con una frase terrenal, a Plaza de San Pedro llena, el mismísimo día de su elección: “Han ido a buscarme al fin del mundo”.

Desde que se echó a cuestas la piedra de Sísifo de la Iglesia Católica —curas pederastas y escándalos de corrupción que se repiten con frecuencia cíclica—, Francisco se las ha agenciado para flagelar puertas adentro del Vaticano sin perder ese carisma que, sinceramente, parece más propio de un líder de izquierdas que de un patriarca de la institución que representa, tan dada al dogma y los compartimentos estancos. Sigue leyendo

La zafra del turismo

La zafra del turismoDesde que pone un pie en la guagua, a las cinco de la mañana, hasta que pone de nuevo los dos pies en su casa, pasada la medianoche, Emilio López Hurtado vive un día de gitanos: se acomoda en el asiento que ya tiene su nombre, recorre 22 kilómetros desde Seibabo hasta Caibarién y otros 48 de la carretera que une tierra firme con la cayería norte, llega a la obra, trabaja como un mulo levantando hoteles, vuelve a trepar a la guagua y, por lo general, cae como una piedra en el trayecto de regreso hasta que la puerta se abre y él queda, neblinoso de sueño aún, en medio de la cuneta.

Eso, un día sí y un día no desde hace poco más de siete años, cuando terminó de tumbar los cañaverales que alimentaban la barriga insaciable del central Narcisa y decidió que lo suyo no era andar con los libros bajo el brazo ni ponerse a esas alturas a sembrar yuca, boniato o malanga. Lo suyo era la caña, y si ya no había zafra por todos aquellos contornos porque los tres centrales cerraron de a cuajo, pues a ganarse la vida en otra cosa.

Así lo cuenta, sin los traumas y crisis existenciales que los investigadores han descrito en sus informes: “Sí, claro que me dolió cuando cerraron el central —recuerda—. Lo mío era picar caña de la mañana a la noche, pero en este momento, a decir verdad, solo lamento que los centrales no hayan cerrado antes”. Sigue leyendo