Archivo mensual: febrero 2016

32 años: monólogo interior

32 años monólogo interiorEscuchar las canciones que tarareabas de memoria en la secundaria y rajarte a llorar sin saber por qué. Revisar masoquistamente las libretas del preuniversitario comenzando por la última página, donde garabateabas las carreras que querías, las fechas que significaban algo, los nombres de tus hijos hipotéticos y la gente por la que creías sufrir. Evocar cómo eras hace 15 años y apenas reconocerte: supongo que es a eso a lo que llaman crecer.

Nadie te dijo que sería fácil. Miras hacia atrás y ves tu vida en retrospectiva, como una de esas películas que no se ciñen a más orden que el de la santísima voluntad del escritor. O como uno de esos viajes que has dado en camiones, parada, con el maletín lleno de ropa sobre un pie y un saco de carbón ajeno machucándote el otro; un trayecto del que quieres salir observando la carretera que va quedando al fondo y se estrecha y se retuerce y termina allá, lejos, en una curva con árbol. A veces has pensado que la vida es eso: los kilómetros que vas dejando atrás.

Después te das cuenta que no, que la vida es lo que dejas y lo que pretendes. Pero sobre todo, lo que pretendes y nunca consigues, que si no dejaría de tener gracia este proceso agónico de ensayo y error. Sigue leyendo

¿Por qué no llueve café en el campo?

Por qué no llueve café en el campoA sus 71 años, Ernesto Martín debe ser el único guajiro del Escambray que no se levanta directo al primer buche de café de la mañana. Dejó de gustarle hace décadas, cuando su mujer intentó mudarse del colador a la cafetera y la explosión le dejó un hueco en el techo de la casa.

“A ella no le pasó nada, por suerte —describe mientras le lanza una mirada como de tregua—, pero a mí el susto me curó del vicio del café para toda la vida. Y fue mejor, porque unos añitos después las plantaciones dijeron a ponerse flacas, a enfermarse y a parir unos granos raquíticos que casi no rendían. Aquello lo que daba era lástima”.

Y lo cuenta así, con naturalidad, como si tuviera algo que ver el estallido de su cafetera con el progresivo deterioro que fue diseminándose por los cafetales del lomerío villareño como un cáncer. En algo sí tiene razón: aquello lo que daba era lástima.

Él no sabe allá, en Oriente, donde las plantaciones siempre han sido más extensas y el café se da sato; pero en el Escambray bajo la jurisdicción de Sancti Spíritus, zona que conoce como la palma de su mano, Ernesto recuerda las pariciones de los años 80, cuando la región aportaba casi 2 000 toneladas en una sola cosecha.

“Pero empezamos a ir para atrás y para atrás como el cangrejo, dejaron de subir los recursos a las montañas, la broca se plantó en sus trece y, para colmo, a la gente le dio por bajar para el llano”, evoca, apesadumbrado. Sigue leyendo

El viejo lobo de mar

El viejo lobo de mar“Si te vas a meter al mar, lo que no puedes es tenerle miedo porque él se da cuenta y te manda un oleaje del copón”, me dice Oriol Estepe y le creo, camado como está de espanto en sus 74 años de recorrer la costa sur de Cuba “pa arriba y pa abajo” desde la Ciénaga de Zapata hasta las mismísimas aguas de Manzanillo.

Pero así, lobo de mar y todo, se las ha visto feas más de una vez, aunque sean sus propios consortes de tripulación los que casi lo obliguen a narrarme, con pelos y señales, la escaramuza con el bicho de seis toneladas que estuvo a punto de tragárselo.

“Ah, verdad, el cuento del tiburón —reconoce cuando ya no le queda más remedio—. Sucede que esa tarde yo lo veo acercarse y me da por engancharlo con el arpón. Y quién te dice a ti que aquello hala, hala y hociquea, que si no llega a reventar la soga me vira el barco y me hubiera llevado con él, como se llevó tres cajas plásticas, 40 brazas de soga y hasta el arpón, uno bueno y nuevecito que todavía me está doliendo”.

¿Y ni entonces tuvo miedo?, le pregunto aún aterrorizada, no tanto por la historia que me cuenta sino por la escena que he comenzado a imaginarme: un hombre solo, fajado prácticamente a puñetazos con el escualo que lleva días bajeándolo, un monstruo que aparece de repente con una música de fondo que ya es un clásico. Sigue leyendo

Premios Lucas: cuando ya nadie se acuerda

Premios Lucas cuando ya nadie se acuerdaPara ilustrar el respeto del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) por su audiencia, basta un dato al azar: las galas de premiación del proyecto Lucas, acaso el evento de su tipo Made in Cuba más esperado por los públicos, tuvieron lugar en el teatro Karl Marx de La Habana los días 28 y 29 de noviembre de 2015 y aparecen en las pantallas de la televisión nacional dos meses y dos días después. Así, sin más.

No se paró un locutor en cámara para justificar la demora con un parlamento al estilo: “Tal y como ustedes lo solicitaron en correos electrónicos y llamadas al programa, hemos dejado añejar las galas dos meses enteros para satisfacer sus demandas”. O: “Retrasamos la puesta en pantalla de los Premios Lucas porque el único profesional capaz de editar las recurrentes muestras de egocentrismo de los Ángeles estaba de vacaciones en Europa”. No sé, algo, un argumento que no me deje la extraña sensación de que lo transmiten ahora pero que hubieran podido transmitirlo el mes pasado o el mes que viene.

A estas alturas, ¿para qué?, me pregunto y no tengo respuesta que no sea para enervar a los ya enervados televidentes; para dejar constancia de que nuestra televisión, la única, puede pasarse la inmediatez por el fundamento. En último caso, hasta para probar —como si hiciera falta—que eventos como ese no se ponen en vivo, una práctica al uso desde hace décadas en el resto del mundo y que al parecer en Cuba se reserva para los festivales de ballet, inauguraciones de teatros o conciertos de Olga Tañón. Sigue leyendo