Archivo mensual: marzo 2016

El Aedes y la seguridad nacional

El Aedes y la seguridad nacional“No tengo tanques, ni cubos llenos de agua, ni vasos espirituales”, le digo al operario de la campaña que, sin insistir demasiado en la revisión, me pide el visto, anota algo, firma y se va sin haber puesto un pie dentro de la casa. Cierro la puerta y sigo lavando, como vengo haciendo un sábado sí y otro no desde que trabajo.

La escena, repetida cíclicamente con alguna que otra alteración —operarios más o menos jóvenes, con linternas o sin ellas—, quiere decir una de dos cosas: que no entran a revisar, muy a pesar de mi evidente ajetreo doméstico, porque la zona donde vivo es la única libre de mosquito en Sancti Spíritus, un municipio con altos índices de infestación, o que los propios encargados de eliminar el vector no están al tanto del peligro real que un solo Aedes aegypti supone.

Para ser justa, sin embargo, debo conjugar el verbo en copretérito: no estaban al tanto, porque desde hace apenas unas semanas, cuando la epidemia de zika comenzó a saltar fronteras y a expandirse por casi todo el cuerpo de América, la campaña antivectorial en Cuba se ha desperezado de su tradicional abulia y ha retomado el cariz de apremio que siempre debió tener. Hoy, incluso, cuando ya hay casos de zika confirmados, linda con el pánico. Sigue leyendo

Obama en Cuba: ni entusiasmo ciego, ni negación de barricada

Obama en Cuba ni entusiasmo ciego, ni negación de barricadaDesde que pisó tierra cubana, dicen los agoreros que con el pie izquierdo, hasta que cerró tras sí la puerta del Air Force One rumbo a Argentina, el presidente norteamericano Barack Obama siguió al pie de la letra una agenda calculada milimétricamente por sus asesores y cumplida en el terreno por él con una naturalidad de película.

Sonrió todo el tiempo: mientras recorría La Habana Vieja bajo la llovizna más inmisericorde; cuando pagó la cuenta en un negocio privado y dejó, según reseñan las agencias, una propina para respetar; sonrió incluso cuando le preguntaron si visitaría a Fidel y él eludió la respuesta con un ardid del político de carrera que es.

Se propuso deslumbrar. Y no dudo que hasta cierto punto lo haya logrado. Pero solo hasta cierto punto, recalco, porque con las horas de vuelo que tienen los cubanos para encontrarle la quinta pata al gato, con el olfato entrenado en segundas, terceras y hasta cuartas lecturas, no creo que todos se vayan con la de trapo. (“Irse con la de trapo” es, de hecho, una frase coloquial que el propio Obama pudo haber usado).

Ahora que la visita del mandatario estadounidense ya es historia y comienzan a proliferar como la verdolaga las interpretaciones del día después, me preocupa si seremos capaces de encontrar el punto medio en ese amplio espectro de posiciones que van, a no dudarlo, del entusiasmo ciego a la negación de barricada. O, lo que es lo mismo: del “welcome, Obama” al “Obama, go home”. Sigue leyendo

¿Qué será lo que quiere Obama?

Qué será lo que quiere ObamaLa gente en la calle, que no necesita la confirmación de un programa oficial ni de itinerarios aproximados, dice que Barack Obama llegará a Cuba este domingo a bordo del avión presidencial, el Air Force One que han visto en las películas; que una vez aquí se moverá en su limosina blindada de 8 toneladas y más de un millón de dólares, y que no dormirá en el Hotel Nacional ni en Habana Libre, “porque si no, ya hubieran movido a los turistas para otro lado”.

Es lo que tienen los acontecimientos trascendentales y completamente inesperados, que provocan una ola de espasmos. Como la visita del Papa Juan Pablo II, por ejemplo, que en 1998 vino a descongestionar las relaciones entre la isla y la Iglesia Católica, tensas durante décadas; pero ni la presencia del Papa polaco, ni después la del alemán, ni hace apenas meses la del argentino, han desconcertado tanto a los cubanos como la visita del segundo presidente norteamericano en toda su historia como nación y el primero en casi 60 años de gobierno revolucionario.

Suponer hace algunos años que las relaciones entre Cuba y su archienemigo histórico se restablecerían hubiese sido poco menos que un sacrilegio. Demasiada hostilidad, demasiadas tiranteces, demasiado discurso álgido. Pero suponer que un presidente yanqui —y que no se tome el apelativo como una ofensa— recorrería las 90 millas de norte a sur para pasearse dos días por La Habana, hubiera sido una escena más digna de Hollywood que de esta especie de película que es la vida real.

Porque Calvin Coolidge en La Habana de Gerardo Machado, en 1928, no era nada del otro mundo; pero Barack Obama en La Habana de la Revolución, ya es otra cosa. “Otra cosa” para la cual los cubanos, al menos la parte de los cubanos que conozco, no estábamos preparados. Sigue leyendo

Tácticas de avestruz

Tácticas de avestruzDe las elecciones en Estados Unidos entiendo poco, por más que intente desentrañar los recovecos de un sistema que los comentaristas de la televisión cubana me explican hasta el cansancio cada cuatro años: en la revista informativa de la mañana, en la emisión del mediodía, la estelar y hasta la del cierre; pero no pongo demasiada atención —y esto debo reconocerlo sin que parezca un trauma— porque me he propuesto dejar de angustiarme con asuntos que escapen a mi control y en los que yo no pueda influir en nada.

Ni con las elecciones en Estados Unidos, sigamos con el ejemplo, ni con la investidura en España, donde —inexplicablemente, es cierto— Mariano Rajoy se llevó la mayoría de los votos y pudieran terminar gobernando en alianza los tres partidos que ocuparon los lugares del segundo al cuarto. Pretender comprenderlo desde aquí, esta antigua colonia de la Madre Patria, es ya un desvelo que los propios españoles calificarían con una frase típicamente ibérica: a lo tonto.

La voz de alerta, como en casi todo, me la ha dado mi madre, que me nota atormentada cuando hablamos por teléfono y salpico constantemente la conversación con los posibles pactos entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos, el más reciente dislate de Donald Trump, el carisma de ese improbable presidente que sería Bernie Sanders y, del lado de acá, el zika que se cierne sobre Cuba, la estampida migratoria que exprime a más no poder la fuerza económicamente activa de la isla, la precariedad del salario en el sector presupuestado…

“Uf, estás muy tensa —me dice—, vas a tener que disminuir las horas de Internet y salir a que te dé el aire en la calle”. Sigue leyendo

Si la ciudad no va a la montaña

Si la ciudad no va a la montañaLos guajiros del Escambray han aprendido a identificar a los periodistas desde que llegan. Por el deslumbramiento, dicen, porque lo miran todo como si las matas, el café en jícara y los hombres a caballo fueran cosas de otro mundo. “Y apuntan lo que uno les explica en una libretica para que después no se les olvide”, me reprocha Arturo González, uno de los arrieros más viejos de las lomas de Fomento, y a seguidas insiste: “Tal y como usted está haciendo ahora, así mismo”.

Arturo tiene razón: acostumbrada a vivir en la ciudad —para los campesinos, el asfalto—, suelo subir a la montaña en plan conquista, queriendo conocer apenas en un día cada recoveco de un paraje como ese, intrincado y bucólico, al que demoraré en regresar, seguramente.

Lo peor es que se nota en la cara, al punto en que una vecina desenfadada, de esas que allá arriba se dan como las guásimas, me advierte: “Si tú lo que quieres es saber cómo vivimos, yo te aconsejo que la próxima vez no vengas en un carro directo sino por tus propios medios, cogiendo botella desde Trinidad. Ya cuando llegues aquí, te cuento”.

La suya, como la de Arturo, es una lógica aplastante: una cosa es recorrer los más de 20 kilómetros que separan la cabecera municipal de la comunidad de Condado dando brincos por los baches de la carretera, pasarse una jornada mirando el paisaje y entrevistando gente y luego salir rumbo a Sancti Spíritus dejando atrás una estela de polvo; una cosa es decir: qué lindo el campo, y otra muy diferente es quedarse a vivir donde, como dicen sus propios habitantes, el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó. Sigue leyendo