A un metro de Fidel

a-un-metro-de-fidelParada en el borde mismo de la acera, me descubro recordando la única vez que lo tuve cerca. Fue en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, durante aquella ola intensa de tribunas abiertas en que Cuba se paralizó de una punta a la otra reclamando al niño Elián. Fidel estaba allá, en el podio, y yo, una muchachita de 17 años, agitaba banderas en el lugar de privilegio en que habían ubicado a mi pre.

No puedo decir ahora que escuché cada frase suya, ni que comprendí en ese momento la trascendencia de un proceso que no solo traería de vuelta a Elián González, sino que desembocaría en ese empeño mayúsculo —todavía no analizado en profundidad— que fue la Batalla de Ideas.

Rodeada de adolescentes con las hormonas tan revueltas como las mías, no atendí lo suficiente como para asirme hoy a ese recuerdo. Apenas flashazos: el dedo índice enhiesto, el verde olivo que el sol pintaba a ratos de gris, la estatua del Che en lo alto; detrás de mí, un mar interminable de cabezas…

Ahora, mientras la caravana se adentra en Sancti Spíritus, intento cazar otra cercanía. Me ubico detrás de unos niños de quinto grado que, como yo a los 17 años, no podrán aquilatar en su justa medida la dimensión del suceso que están a punto de vivir. La angustia de estos niños es el reflejo del dolor de sus mayores.

La pequeña delante de mí se vuelve, me sonríe y abre un claro para que pueda yo colocarme al borde de la acera. “Están aquí desde las siete de la mañana”, me dice la maestra; una maestra joven, tan joven, que más bien parece la hermana mayor. Le digo, para consolarla, que falta poco, que en la radio han anunciado que la caravana ya entra a la ciudad.

Y de repente no importa lo que le diga, porque el helicóptero asoma su nariz metálica sobre nuestra impaciencia y empieza a apretarme el nudo en la garganta, a estremecerme el espinazo con el sonido de sus aspas. El helicóptero sobrevuela, la gente alista las cámaras de sus celulares, los niños traducen su nerviosismo en consignas y a mí la escena toda se me pone borrosa.

Entra entonces el primer carro de la caravana. Y otro, y otro, y otro… y un jeep con cinco militares que no mueven un músculo, muy a pesar de la consternación y los tantos días sin dormir. Detrás, en una urna, rodeado de flores blancas, el cofre de cedro con la inscripción inconfundible: Fidel Castro Ruz.

Y todos tiran fotos. Y filman videos. Todos menos yo, que no consigo moverme, que finalmente me desplomo a un metro de Fidel.

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2 comentarios en “A un metro de Fidel

  1. Qué sencillo texto y qué emotivo. Te leo a menudo. Me maravilla la madurez y honestidad con la que tratas los temas. Puedo agradecer a la vida que estuve en lugares (mesas redonas, ferias del libro, en mi pre de la isla) en los que estuve cerca de él y pude hablar, a pesar del nudo en la gargante. Gracias, Gisselle, porque leer palabras salidas de otra pluma que nos evoquen experiencias propias es siempre una coincidencia enriquecedora. Somos paisanas. También nací en Sancti Spiritus: en Yaguajay. Un abrazo.

    1. Gisselle: A mi me correspondió estar en el parque y estuve debajo de la acera en la calle, el cortejo fúnebre se detuvo delante de mi, a escasos metros y tengo que decirte con honestidad que la emoción del momento me impidio cantar el Himno Nacional, a pesar de que centenares de jóvenes y niños que estaban también allí, lo entonaron con patriotismo infinito, el que demandaba momento tan especial.

      Presenciar el traslado de las cenizas de Fidel fue un momento excepcional e irrepetible, además escuchamos en ese momento las palabras expresadas por él el 6 de enero de 1959 cuando en ese mismo lugar expresó: “Si las ciudades valen por lo que valen sus hijos, si las ciudades valen por el espíritu revolucionario de su pueblo, Sancti Spíritus no podía ser una ciudad más en nuestro recorrido..”

      Por eso me alegró mucho que tú, con el talento y humildad que te son propios, describieras para todos ese momento tan importante.

      Muchas gracias

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