De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

de-agrio-naranjo-solo-tiene-el-nombre—Como decimos los guajiros: “asujétense”.

Para cuando el chofer lo advirtió, ya estaba el jeep WAZ atacado hasta las rodillas en el fango. Hacía casi una semana desde el último aguacero, pero por aquellos rumbos de Dios, con la humedad casi permanente y los árboles tapando por completo el trillo, los charcos pueden durar para siempre. Charcos que luego derivan en imponentes islas de fango.

Si no fuera por la pericia del chofer, Carlos Loforte Babastro, que lleva más de 30 años manejando ese carro salvador sin siquiera haber abierto nunca el motor; si no fuera porque a fuerza de recorrerlos hasta de madrugada se sabe de memoria los bajíos de la zona y cómo salir con vida de ellos, este equipo de prensa habría terminado allí mismo lo que parecía una misión suicida: subir por espalda encorvada del macizo Nipe-Sagua-Baracoa para narrar las historias —no por cotidianas, menos heroicas— de los hombres y mujeres que, ora por decisión personal, ora por estricto cumplimiento del deber, garantizan los servicios de Salud al montañés.

Aunque, a decir verdad, nadie está en esas cumbres de Sagua de Tánamo por estricto cumplimiento del deber. Se puede, incluso, aterrizar de mala gana si uno es un médico graduado en el Vedado y lo mandan a cumplir el servicio social en alguna comunidad de nombre impronunciable, como solía pasar hasta hace unos años, cuando los recién egresados venían a suplir necesidades como si se tratara de un destierro. Lo que no se puede, de ningún modo, es llegar de marcha atrás y no encariñarse a los tres minutos con los pacientes más nobles del mundo.

De ello dan fe José Miguel Cisneros Viñals y Lisbet Sánchez Pérez,  doctores que actualmente cumplen su servicio social en el policlínico Hermanos Carbó, en la comunidad de Naranjo Agrio. “Mire que el paisaje es una maravilla por aquí, pero lo más preciado es su gente”, admite Lisbet.

En semejante valoración coincide Marjoris Sánchez Núñez, quien antes de ser la directora municipal de Salud en Sagua de Tánamo fue también una recién graduada que se enfrentó a un reto doble: iniciar su vida laboral donde el Diablo dio las tres voces y, a la vez, estrenarse en las lides de la maternidad.

“Yo lloraba todos los días —relata ahora, con la madurez de algunos años más—, porque tenía que levantarme a las tres de la mañana a lavar los paños de mi bebé, y después irme para la terminal a montarme en lo primero que saliera para Naranjo Agrio. Era muy estresante, pero el cariño de los pobladores hizo que valiera la pena”.

Y no lo dice desde un buró en la cabecera municipal, sino a lomo del WAZ, un carro en el que confía con los ojos cerrados porque no son pocas las carreras que ha dado en él chequeando con su propia mano el cumplimiento de la campaña antivectorial, verificando que se den las consultas programadas o detrás de una embarazada que se niega a ingresar.

“De todo ha habido —confiesa, y a seguidas describe con profusión de detalles la vez que, hace ya nueve años, una mujer con la barriga en la boca la amenazó con un machete si la obligaban a bajar al hogar materno—. Después se aconsejó y entró por el aro, pero fue una situación difícil; ahora me saluda con tremendo cariño”.

De aquella época en que las lomas de Sagua de Tánamo veían desfilar a doctores y enfermeras de toda Cuba ya queda apenas el recuerdo: en los 41 consultorios del médico de la familia radicados en el Plan Turquino del territorio está completa la plantilla con profesionales del propio municipio.

Ese es probablemente uno de los mayores logros del sector en Sagua de Tánamo: la estabilidad que supone contar con el personal necesario y, sobre todo, que no tenga que trasladarse ni siquiera desde Holguín.

“No es lo mismo que el médico llegue a la consulta a las ocho de la mañana, que a las dos, que a las tres de la tarde o que no estés seguro de que vaya a llegar”, suelta a boquejarro un guajiro que pasa con un perro a retortero.

Y tiene razón. Porque los caminos que se ponen intransitables cuando llueve y la escasez de vehículos de doble y hasta triple tracción que consigan trepar como gatos por las escarpadas cuestas se confabulan todavía y obligan a buscar alternativas: que si a la hora cero se ponen en función de Salud los medios de transporte de todo el municipio, que si se trae a consultorios “centinela” a los pacientes dispersos para que puedan verse con los especialistas, que si los médicos y enfermeras han aprendido a montar en mulo, caballo y hasta en las llamadas rastras, esos soportes remolcados por una yunta de bueyes que por su lentitud no son precisamente recomendables para las urgencias.

“Ahora ellos vienen a uno, antes del 59 uno podía morirse por aquí arriba que ningún médico venía a verte”, resume Ramón Matos Ricardo, quien a la altura de sus 86 años comienza a enumerar los caseríos de los contornos: Arroyo Blanco, Topí, El Sopo, Copeye, Palma Criolla, Los Canarreos. “En todos esos lados por ahí ya hay médicos y consultorios, qué le parece”.

Médicos, consultorios y unos indicadores de Salud que no precisan traducción: cero mortalidad infantil en lo que va de 2016 —una “seño” escucha el dato, se persigna y cruza los dedos—, cero mortalidad materna en los últimos cinco años, sobrecumplimientos en todos los planes de consulta, nula infestación por mosquitos Aedes…

Por más que tales resultados dejen con la boca abierta a los expertos, los montañeses de Sagua de Tánamo lo ven como algo natural. Nada del otro mundo, te dicen con la misma tranquilidad con que se resignan a montarse en una guarandinga para subir los 29 kilómetros que separan Naranjo Agrio de la cabecera municipal, o a lanzarse a pie a recorrer los ocho de trillo serpenteante y abrupto que desembarcan en La Criolla.

(Y digo “desembarcan”, literalmente, porque tiene más de travesía marítima que de terrestre el zarandeo constante de los carros que se atreven a subir hasta La Criolla).

De allá arriba, rodeados de un mar verdeazul de lomas, el médico Elio Luis Calzadilla Quevedo y su esposa solo bajan cuando se les acaban las provisiones o cuando las ganas de ver a la familia en Sagua se vuelven incontenibles. Por lo demás, se confiesan bastante a gusto en una comunidad que los bitonguea con café y dulces caseros como los jóvenes inexpertos que todavía son.

“Claro que esos muchachos hay que cuidarlos”, defiende con vehemencia Fermín Tito Fornaris, quien ha vivido lo suficiente como para recordar los principios fundacionales del programa del médico y la enfermera de la familia.

“Fidel lo dijo en aquel momento y para mí es ley lo que dijera el Comandante —sostiene—: la Revolución nos ponía los médicos al cantío de un gallo, pero nosotros, los campesinos, teníamos que ayudarlos, hacerles todo más fácil. Por eso, cuando corto un racimo de plátanos, la primera mano es para ellos. Y así, todos los vecinos, que somos como una familia bien llevada. Es lo que yo digo siempre: de agrio, lo único que Naranjo tiene es el nombre”.

(Publicado originalmente en Granma)

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Un comentario en “De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

  1. Yo lo comenté en Granma y te lo digo aquí: gracias por mostrarme el modo de vida de una comunidad en Oriente, una parte de Cuba que nunca he visitado. Gracias

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