Un decimista con miedo escénico

“Mire, Florencio, usted canta mejor que todos los viejos esos, y las décimas que escribe, si las interpretara usted mismo, tendrían mucho más valor”, le habían advertido, en plena canturía, dos de los grandes de la música campesina: Virgilio Soto y Marcelo Lamas.

Sin embargo, no fue hasta que estuvo segurísimo y luego de ensayar todas las tardes en la ducha que Florencio Rodríguez Simón se sacudió la timidez y le entró a los guateques con su propia voz.

“Yo comencé escribiendo décimas —recuerda—. Se las llevaba a los repentistas porque tenía miedo escénico, sobre todo por el acompañamiento, hasta que Marcelo me dijo: ‘No te preocupes por la música que soy yo el que tiene que caerte atrás a ti, no al revés’. Y desde ese día para acá, hasta el sol de hoy. Cuando aquello, mi esposa me decía: ‘Verdad que tú eres atrevido’. Me invitaban a cantar en muchísimos lugares, pero repentismo, lo que se dice repentismo, lo aprendí en el taller literario y en la feria campesina de los domingos en Cabaiguán, donde llegan a reunirse todas las semanas alrededor de 12 o 15 poetas. Poetas, no: que se atreven a cantar, poetas son cuatro o cinco porque no todo el repentista es poeta.

¿Cuál es la diferencia?

“Que el repentista hace la décima en el momento y el poeta la hace con tiempo, y por lo general logra una mayor elaboración, más vuelo. Tú te vuelves repentista cuando llegas y te tiran un pie forzado, o te mandan a hacer un piropo en el momento y tienes que partir de cero”, sostiene.

Así se vio, entre la espada y la pared, en el Concurso Iberoamericano de la décima y el verso improvisado en Cienfuegos, donde al decir de Florencio, “había que ser un lince para ganar, te daban el pie forzado y te lo quitaban de la mano, hacía falta una memoria tremenda”.

¿Es cierto lo que muchos dicen de la controversia, que casi siempre son preparadas?

“No, ¡qué va!, pero tampoco uno está desarmado —explica—. Ya tú vas con alguna idea sobre lo que puedes decirle al contendiente, no es que te surgen las ideas en un segundo. Las controversias por la radio son más fáciles porque puedes ir guiándote con algo escrito, nadie te ve, pero en la televisión hay que hilar fino.

“En una controversia yo le he dicho a mi contrario hasta botija verde y cuando acabamos le doy un abrazo. Por ejemplo, eso me sucede con otro Florencio Rodríguez, de Santa Lucía, al que lo único que le falta para ser hermano mío es que nos haya parido la misma madre. Siempre le digo que él es mejor que yo y él me dice lo mismo; cosas de Florencios. Con Abel Amador, que es profesional, también he entablado yo de 3 000 a 4 000 controversias, y siempre terminamos amistados”, relata.

Algunos críticos de la décima han señalado que los repentistas van ingeniándose mañas para rimar…

“Sí, claro, porque ya uno va asociando las consonancias, y así y todo a veces se te salen las asonancias porque no es lo mismo escribir las décimas con tiempo para ser más cuidadoso, que improvisarlas en el momento. A mí se me van muchísimas asonancias todavía, y cuando releo es que me doy cuenta”.

¿Cómo valora la vitalidad del repentismo en Cabaiguán?

“Aquí han nacido grandes talentos porque Cabaiguán es una especie de cuna del repentismo. Ahora hay muchos jóvenes a los que les interesa la décima, pero no todo es color de rosa, hay desatención también. No quiere decir que los poetas estén a la buena de Dios, pero creo que se pudiera hacer más por preservar una tradición que es tan arraigada en la zona”.

A los 70 y pico de años, Florencio Rodríguez Simón hace gala de su memoria prodigiosa, de la facilidad con que repite de un tirón las obras cumbres de Limendeaux, Chanito Isidrón y hasta del más anónimo de los autores, y se las ingenia para resumir, con la sencillez de un bardo de ley, toda su vida en apenas 10 versos: Yo soy un aficionado/ sin rasgos de vanidad/ y mi prolongada edad/ a nadie se la he negado./ Vivo muy regocijado/ con mis tres nietos que son/ los que me dan la razón/ para reír y cantar/ y que ocupan un lugar/ muy grande en mi corazón.

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Un comentario en “Un decimista con miedo escénico

  1. Este decimista que tuvo, pero ya no tiene miedo escénico es mi amigo. Ayer, casualmente, me llamó, dice que para recordar mi voz. Su simpatía hacia mí se reforzó cuando supo que yo era sobrina de un hombre que fue su amigo, cultivó tierra y creación literaria, como él. Me preguntó por él en el encuentro inesperado cuando nos conocimos y mi tío, residente en La Habana, casi acababa de morir. Él, sin querer, me sacó las lágrimas.
    Le ha escrito décimas a unos cuantos asuntos que se relacionan con mi labor. Las que le hizo a Fidel al día siguiente de su deceso no se las pude escuchar y me disculpé, porque yo misma estaba demasiado triste para enfrentarme a aquello. Después lo llamé, las copié y reproduje buena parte de ellas en el resumen del sentir popular sobre el Comandante en Jefe.
    Ahora, dice, quiere escribirle unas a mi nieto Marcel Eduardo. Esperemos.
    Me alegra mucho conocer todos esos pormenores sobre mi amigo y colaborador de Escambray de hace muchos años, Florencio Rodríguez Simón.

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