Un torbellino de desconsuelo

I: LA CASA

Vista desde un postigo entreabierto en la acera de enfrente, la casa donde Ricardo ha vivido toda la vida parece de paja. Las paredes de mampuesto rústico van perdiendo pedazos y el techo, un rompecabezas de zinc a dos aguas, se levanta y cae sobre el caballete, se levanta y cae, se levanta y sale desprendido por los aires sin importarle demasiado los sacos de tierra y los alambres de púas con que Ricardo pretendió reforzarlo.

Apenas unas horas antes, ya bajo lluvia cerrada, Ricardo pudo sacar el colchón, algunas mudas de ropa en un saco y la caja negra de su cuerpo, maltratado por los 60 y tantos años y por la zozobra mensual de treparse al techo, clavar puntillas, apuntalar las vigas, poner parches de cartón. Así había superado el Kate, la tormenta del siglo, el Lili y una decena de temporales y ventoleras. Hasta que llegó Irma y le dejó sus piedras y sus santos mojándose a la intemperie.

Ricardo se había guarecido en casa de sus ahijados, a unos 10 metros de la suya, y desde allí vio en tiempo real —que durante el huracán transcurre en cámara lenta— cómo los lengüetazos de viento se colaban entre las rendijas y las planchas de zinc se elevaban y salían disparadas calle abajo.

Pegado al postigo de la casa de enfrente, Ricardo pensó que lo mejor sería salir a la calle y que una de esas planchas de zinc le destrozara el pecho de una buena vez.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no salió.

II: LA CIUDAD

Sagua la Grande, tal y como la conocíamos, no existe más. Las rachas que batuquearon la ciudad de norte a sur y de sur a norte arrancaron de a cuajo lo que le quedaba para presumir, que ya era poco.

Aunque, a estas alturas, con tanta gente sin agua, sin corriente, sin hogar; a estas alturas, lo que menos importa es el orgullo herido de la ciudad que fue y no es hace tanto tiempo.

Porque, a decir, verdad, el huracán no le arrebató a Sagua nada que la indolencia y la desidia no le hubiesen ido arrancando a dentelladas: una puerta de cedro caída hoy y sustituida por una plancha de cartón bagazo, una cubierta de tejas francesas en pleno centro histórico —declarado Monumento Nacional— cambiada sin cargo de conciencia ni recargo de bolsillo por una placa de 12 centímetros, un árbol del antiguo Liceo que se deja secar sin que a nadie le quite el sueño. Y todo eso en la calma chicha, antes de las ráfagas de 200 kilómetros por hora.

Después, Irma cargó con carpintería de madera y marquetería de aluminio, con los cristales del cine, con el techo de la fundición y de la fábrica de calderas, con el costado en ruinas del Hotel Paradero… Irma cargó, oportunamente, con las culpas por todo lo que no se hizo en tiempo y por hacer está todavía.

III: EL AGUA

Seis días después del huracán, en un municipio de 60 000 habitantes el agua potable brilla por su ausencia. La suerte es que hay cisternas y tanques de 55 galones y pomos, cientos de pomos con agua de reserva para lo elemental: enjuagarse en las mañanas el calor desesperante de las noches sin ventilador, cocinar para varias familias, fregar los cacharros cuando se puede y tomar sin hipoclorito de sodio, porque la única Empresa Electroquímica de Cuba está en el patio de Sagua pero el hipoclorito no se encuentra.

Desesperada por la sequía extrema que siguió al vendaval, pregunto por las pipas, esos oasis ambulantes que el sentido común indica que debían plantar en alguna esquina, y me dicen que sí, que “en Sagua hay pipas, como en todos los pueblos, lo que pasa es que las mandaron para Isabela”.

“Isabela”, escucho y me encojo de hombros: “Ah, bueno, si al menos están para la Isabela…”.

IV: EL PUERTO

Carlos se ha sentado sobre la pila de escombros y observa el perímetro de ladrillos dibujado sobre el fango, vestigios dolorosos de lo que fue su hogar. Termina un cigarro y enciende otro mientras conversa como un autómata con un vecino, un diálogo entripado de frases al estilo “tú verás que vamos a salir de esta” y “hay que tener fe, que todo llega”. Un diálogo estéril como Isabela misma, ese pedazo de tierra tragado y devuelto por el mar.

La trabajadora social se le acerca con los ojos redondos como pesetas —los ojos del susto— y le solicita datos elementales: cuántos son en el núcleo familiar, cuántos niños, los artículos que perdió, cómo se siente. Él responde todo por inercia. Todo, menos cómo se siente.

Carlos va a contarle de corazón cómo se siente, va a gritarle que se vaya con sus planillas por donde vino, pero se contiene porque puede imaginar la agonía de la muchacha: las madrugadas sin dormir echándole fresco a sus hijos, la incertidumbre del fogón de leña húmeda, el viaje de 17 kilómetros desde la zona de desastre de Sagua hasta la zona de desastre de la Isabela. Carlos le jura que se siente bien, que va a tirar pa’lante, ni que fuera la primera vez.

Pero esta vez, esta condenada vez ha perdido hasta las ganas de levantarse de su pila de escombros. Aunque encaramó los electrodomésticos, los colchones y las fotos muy por encima de las marcas dejadas por otros ciclones, el sábado 9 de septiembre el mar entró como Pedro por su casa y no le dejó ni títere con cabeza. Y pensar que tuvo un camión en la puerta para que evacuara sus bártulos y lo dejó ir. “Na, el agua no pasa de aquí pa’rriba”. Pero pasó.

En Isabela hay quien quiere reconstruir en su mismo pedazo de isla, en el sitio donde apenas quedaron los cimientos, y hay quien, como Carlos, quiere que el mar se lo trague para siempre. Hay quien cocina para todo el barrio y hay quien vende la cajita de arroz con picadillo de soya a 10 pesos. Hay quien regala pomos de agua y hay quien negocia con los que tiene. En Isabela de Sagua hay, como salida de un cuadro surrealista, un ancla que el mar arrojó con furia sobre el poblado y en el parque está, no se sabe si como símbolo de perseverancia o como amenaza tangible del poder avasallador de la naturaleza.

El ancla de Yemayá, le dicen, y al ancla de Yemayá se aferran.

V: LA GENTE

Llevaba dos horas esperando parada al sol cuando una mujer salió de la shopping diciendo que podían irse con confianza, que la nevera de pollo se había acabado y quedaba otra, pero estaba cerrada con llave, que la llave la tenía el gerente y el gerente no estaba.

La señora había esperado hasta entonces con un estoicismo de libro, sin seguirle el hilo a los comentarios que, más o menos airados, más o menos virulentos, servían para medir en aquella esquina lo que algunos llaman la opinión del pueblo. Un pueblo sin electricidad, sin agua y sin más proteína que un cargamento de pollo distribuido en tres o cuatro tiendas.

La señora no le mentó la madre a nadie, pero tampoco se movió de su puesto en la cola y, con la ecuanimidad de quien lo ha hecho ya mil veces, marcó un número en su celular.

“Oigo, ¿es la policía? Mire, yo los llamo para pedirles que vengan al Cupet viejo de la salida de Sagua para que abran una nevera de pollo que tiene comida para el pueblo. Yo soy jubilada y militante del Partido y no me voy de aquí hasta que no aparezca la llave de la nevera o hasta que vengan ustedes o los bomberos o alguna autoridad competente, porque afuera de la tienda hay un mundo de gente que tiene derecho a ese pollo. ¿Usted me entiende?”.

Hizo una pausa para escuchar al otro lado de la línea telefónica. La cola entera aguantaba la respiración, pendiente.

“Sí, estamos en el Cupet viejo y hay pollo allá adentro. Y tengo que colgar, que el minuto está a 15 quilos (CUC) pero en esta llamada ya he gastado mucho dinero”. De más está decir que la cola en pleno la ovacionó.

Minutos después, de la tienda salió una muchacha educada, casi tan educada como nerviosa, a explicarle a las más de 100 personas que esperaban afuera que el pollo, en efecto, era para ellos, que se iba a vender, que no se desesperaran, que el gerente había ido a buscar menudo y que “mira, casualmente, es ese compañero que viene por ahí en bicicleta”.

La señora entró y compró su pollo, solo un paquete, el de comer más tarde, porque la corriente no le llegaría sino dentro de cuatro noches.

VI: EPÍLOGO (O PRÓLOGO, LO MISMO DA)

Un huracán es, al principio, un pequeño torbellino de angustia que aparece al fondo del mapa, en un lugar del Atlántico que ni se ve en los partes meteorológicos del noticiero; un rabo de nube que, gracias a Dios la mayoría de las veces, no pasa de un susto en la boca del estómago cuando termina disolviéndose por sí solo o cuando la trayectoria endemoniada lo lleva a azotar cualquier otra parte.

Entonces uno, con una especie de compasión egoísta, se asombra del destrozo que provocó en tal o mascual sitio y hasta enciende una vela por los muertos. Pero son los muertos de otros.

Cuando el huracán viene directo hacia uno, la angustia extiende sus bandas espirales y alcanza la misma categoría en la escala Saffir-Simpson que el vendaval que, ahora mismo, está a punto de arrancar las puertas muy a pesar de sus bisagras y sus pestillos.

Un huracán es, ante todo, el torbellino de desconsuelo que sobreviene después.

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18 comentarios en “Un torbellino de desconsuelo

  1. Nada se puede decir. Esas historias oprimen el pecho y son las de tantas y tantas personas en Cuba y en otros lugares del Caribe, como en el terremoto de México. Solo se puede ofrecer el corazón como consuelo y compartir el dolor, si es que eso es posible.

  2. Realmente no es fácil, cuanto cuesta leer esto, cuanto dolor y desesperación de todo ese pueblo, cuanta rabia contra la naturaleza y la desidia.

  3. de las pocas cosas que puedes leer sin necesidad de decir nada después del punto final, de las que te hacen un nudo en la garganta y el pecho se te oprime porque no eres capaz de imaginar tanto sufrimiento…suerte la nuestra de tener periodistas que se ganan el respeto escribiendo de esta manera. Sencillamente espectacular.

  4. “Porque, a decir, verdad, el huracán no le arrebató a Sagua nada que la indolencia y la desidia no le hubiesen ido arrancando a dentelladas……”

    “Irma cargó, oportunamente, con las culpas por todo lo que no se hizo en tiempo y por hacer está todavía”.

  5. Un abrazo fraterno a todos los cubanos que han tenido que sobrellevar semejante calamidad… y no se si sirve de consuelo : “Todo lo material tiene arreglo… menos la muerte”. Gracias a Dios no han sido muchas victimas que lamentar. Mis respetuosos saludos y deseos para que el sufrido pueblo cubano se reponga, una vez mas, de este desastre.

    1. Que reponer , ls gente esa no van a reponer nada. El salario en Cuba no da ni para comer , como va a ser possible que una persona pueda reponer un televisor o un refrigerador. Si encima de eso perdio la casa y la poca ropa que tenia, lo major es entra al mar tal y como hizo Alfonsina Storni.

  6. Los burocratas y dirigentes de eleccion popular que dirigen pueblos y cuidades, respiran aliviados, porque ahora, con estos nuevos destrozos, nadie se acordara de la desidia y del abandono a que han sido sometidos pueblos, como Caibarien, que antes del huracan estaba en ruinas, con calles intransitables, llenas de crateres lunares y edificios cayendose a pedazos, uno de los cuales se desplomo hace poco y causo un muerto. Ahora es Irma quien carga con las culpas. Pero, y la carretera de Ciego de Avila a Camaguey, tambien es obra y gracia de la malvada Irma?

    1. la hora……………………….no es tan buena. (entonces prohiben los relojes por 6 dias como hicieron con los buenos dias porque asi lo dijo silvito rodriguez)

  7. KIKO, de cual bloqueo habla? Del nacional? Ese que le prohibe a los cubanos hacer un monton de cosas, como exportar, importar, poner negocios sin la guillotina estatal, sacrificar ganado propio y vender legalmente la carne, ejercer un sinfin de oficios profesionales fuera de la orbita del estado, etc; etc. El menu es muchisimo mas largo, pero empece “por el aperitivo”.

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