Yaguajay malherido

Era la una y media de la madrugada cuando la mata de caoba cayó sobre la placa de Ileana y Carlos. María Elena lo recuerda bien porque fue cuestión de escuchar el golpe, mirar el reloj y, de reojo, también a Ileana, que se había guarecido en su casa cuando el viento apretó y estaba allí con su hijo, muerta de pánico en una esquina.

El estruendo era igual que los demás estruendos, “como cuando cae una bomba —describe María Elena—, ¿qué una bomba? Miles de bombas seguidas”. Pero el pracataaaaaaaaaán de la caoba desbarrancándose sobre el techo de Ileana y Carlos tenía personalidad propia.

“Ni por nada de la vida yo se lo decía en aquel momento, porque para qué amargarla, pero yo lo supe enseguidita —relata—. Al final, la caoba los perjudicó”.

María Elena dice “al final” para resumir la larga historia de más de una década, mucho más, en la que Ileana Trujillo y Carlos Díaz solicitaron permisos, autorizaciones, pidieron prestadas sierras eléctricas y grúas, se quejaron formalmente y en conversaciones de pasillo…, todo con tal de podar el árbol que el pasado 9 de septiembre, a la una y media de la madrugada, el huracán Irma agarró por la raíz y lanzó sobre la placa.

Y allí estuvo, posado encima de la casa, hasta que días después vino una grúa, levantó el tronco y reveló la magnitud del destrozo: la cocina hecha tierra, excepto el refrigerador Inpud, “vivo por lo guapo que es”; la cubierta que quedó en su sitio, pero en franco peligro de derrumbe; los cimientos, que parecieran haber sido promovidos. “Yo estoy durmiendo con miedo a que todo se me venga encima”, confiesa Ileana.

Pero al menos ella y su esposo y su hijo, estudiante de preuniversitario, tienen un techo sobre sus cabezas, que ya es más de lo que pueden decir en Vitoria quienes viven en las 216 casas completamente destruidas, las 167 que perdieron de cuajo la cubierta y las 429 que perdieron solo una parte, según los datos que lleva a punta de lápiz la Asamblea Municipal del Poder Popular en Yaguajay.

Si a esas cifras se les suman las de derrumbes parciales y daños en viviendas de tipología I, el total de inmuebles afectados en el consejo popular Simón Bolívar asciende a alrededor de 900, una estadística que ofrece Javier Viaña, presidente de la zona de defensa que, además de Vitoria, conforman las comunidades de Centeno, La garita, La gasolinera y Siboney.

Javier entra y sale del puesto de dirección para atender cuestiones apremiantes: reuniones citadas de ahora para ahora, partes al municipio, gestión de transporte para el acarreo de materiales…; en la improvisada oficina, queda el grueso de la comisión encargada del papeleo y los trámites de los damnificados, que no son pocos.

Representantes del Banco, Comercio, Finanzas y Precios, Planificación Física y de la Dirección Municipal de Trabajo laboran de lunes a lunes desde las siete de la mañana hasta que el sol alcanza para resolver la mayor cantidad de afectaciones. La percepción del proceso, sin embargo, varía en dependencia del lugar que se ocupe en la larga cadena que va desde el daño hasta el daño restañado.

El puesto de dirección de Simón Bolívar ha atendido a unas 400 personas afectadas.

En la cola, pescando la escasa sombra a punto de mediodía, más de 20 personas comentan que si la respuesta va demasiado lenta, que si te viran para atrás la documentación por cualquier bobería, que si los recursos no alcanzan ni a pedacitos. Dentro, abrumados por la desesperación ajena, las autoridades intentan poner orden: “Fíjense, yo los entiendo, pero estas cosas no se pueden hacer con apuro porque cada numerito es un recurso y nosotros no nos podemos equivocar —vocea una funcionaria—. Esto hay que hacerlo como es”.

Ambas partes, lamentablemente, tienen razón. Lo reconoce Javier Viaña, quien enumera los materiales que han entrado y los compara con la cantidad de damnificados a los que se les ha dado “algún tipo de respuesta”, más de 400.

Entre los recursos figuran los llamados módulos para facilidades temporales, una especie de paquete que incluye cemento, planchas de fibrocemento, cartón, puntillas, arena…, y cuya finalidad es apuntalar una pared aquí, levantar un muro allá, techar lo imprescindible para que la gente no espere la solución definitiva durmiendo a la intemperie. Lo que se dice una curita.

El cemento es uno de los recursos más demandados por la población.

“De esos módulos en el consejo se han repartido gratuitamente 15, hay muchos casos viviendo por el momento con vecinos o familias y cinco personas se han instalado en el centro de evacuación que radica en Narcisa”, puntualiza Javier.

Una de esas cinco personas es Rosalba Aroche Hernández, que se salvó en tablitas.

UN LUGAR DONDE METERME

“Yo no saqué nada porque como mi casa era de mampostería y placa, ¿qué iba a imaginarme yo que podía caerse?”. Todavía un mes después de Irma, a Rosalba se le hace un nudo en la garganta cuando recorre las ruinas de lo que fue su hogar, un pedacito de no más de 10 metros cuadrados en la esquina norte del antiguo almacén de azúcar del ingenio Vitoria; un pedacito tan pequeño y con muros tan antiguos que, en verdad, no se ajusta a la categoría de “mampostería y placa”.

Pero Rosalba allí había plantado su emporio con su televisor, sus ventiladores, su colchón, su bicicleta y su máquina de coser. “Refrigerador no tenía —exceptúa— y esa es la suerte, porque si hubiera tenido, se habría perdido también”.

De sus cuatro paredes había salido antes de que las rachas apretaran demasiado, más para no quedarse sola que por miedo al derrumbe. “Ni por la cabeza me pasaba que esto se caería —recuerda—; fíjate que yo estaba confiada en casa de unas amistades. En cuanto lo peor pasó, yo me puse como perro con bicho por ir para lo mío. Oye, pero cuando me asomé por la carretera y miré para acá y vi que estas paredes de 500 años se habían caído, salí corriendo y gritando. Encontrarlo, lo encontré todo, pero desbaratado”.

Parada sobre los escombros, Rosalba repasa dónde se levantaban las paredes, dónde había ubicado los muebles, dónde está aún el tanque de agua, sepultado para siempre si un alma caritativa no se anima a removerle los metros cúbicos de piedra.

“Ahora vivo en Narcisa, en el centro de evacuación —describe—. No es como la casa de uno, porque en cuartos separados hay muchas familias diferentes; pero para mí, que no tenía un lugar donde meterme, está bastante bien”.

Yoan García, Celia Moraima González y Yadira Turiño tampoco tenían donde vivir. Yadira, para colmo, con solo 25 años ha parido ya dos veces y dice que está embarazada de nuevo.

Los tres, como Rosalba, agradecen la posibilidad de dormir bajo techo y de tener las condiciones mínimas; sin embargo, a diferencia de Rosalba, ninguno de ellos considera que, en el centro de evacuación municipal, donde conviven más de 20 familias, les vaya “bastante bien”.

Más de 20 familias conviven en el centro municipal de evacuación que radica en Narcisa.

Yadira me agarra de la mano y me enseña lo que ella llama “su parte”, un cuarto amplio donde ha colocado las camas que le dieron y las colchonetas, pero no el fogón de petróleo que también le asignaron porque no enciende ni a palos. Señala un hueco enorme en el techo de fibro: “Por ahí entró toda el agua que cayó en Yaguajay los otros días y entran enjambres de mosquitos que me levantan los niños en peso”, cuenta.

Va hacia la colchoneta y descose 10 centímetros por una esquina: “Si no me la hubieran dado estuviéramos tirados en el piso, pero es casi lo mismo, porque son de íntimas. Mira…”.

Ni Yadira, ni Celia Moraima, ni Yoan necesitan exagerar unas circunstancias que están a la vista de todos y a escasos kilómetros de las oficinas habilitadas por la zona de defensa, donde los funcionarios tienen los datos claros: “De Narcisa solo hay 10 casos albergados, el resto proviene de otros consejos del municipio”, aclara Mercedes Águila, jefa del puesto de dirección.

Ello quiere decir, no tan entre líneas, que las inconformidades con los procedimientos deben ser analizados por la zona de defensa de la que proviene cada albergado. Y es hasta comprensible, si se tiene en cuenta la tensión de las estructuras de Gobierno en la base, que para resolver sus propios problemas prácticamente no dan abasto.

Lo que no puede suceder, de ningún modo, es que un damnificado vaya a parar a un limbo burocrático, que no aparezca en una lista de afectados o no tenga derecho a comprar el módulo de cocción. En el río revuelto del huracán no está de más recordarlo: Yadira, Celia Moraima, Yoan, Rosalba y el resto de los evacuados en el preuniversitario de Narcisa son de esos cubanos que la máxima dirección del país aseguró que no quedarán desamparados.

NOCHE DE ESPANTO

“Irma se enamoró de Narcisa”. Así resume Ricardo Rafael García las 24 horas que el huracán se entretuvo en levantar cubiertas de todo tipo, en torcer columnas y vigas de acero del central, en desflecarle impunemente la torre y en arruinar aún más lo que quedaba del antiguo ingenio Belencita.

Ricardo Rafael describe esa noche de espanto como si contara una película, con más dotes de narrador oral que del presidente de la zona de defensa que en verdad es.

“En mis años yo nunca había visto una cosa así —confiesa—. El viento apretaba y apretaba y apretaba, primero para un lado, luego para el otro, que fue cuando vino peor. Las matas las caminaba, las columnas de hierro caían como si fueran de papel. Y después, salir a la calle y encontrárselo todo desbaratado”.

De un fondo habitacional de 1 099 viviendas, sufrieron afectaciones más de 500, cifra a todas luces reveladora, sobre todo si se compara con el número de módulos repartidos para garantizar facilidades temporales: solo cinco; y la cantidad de personas atendidas en el puesto de dirección: alrededor de 220 hasta el 9 de octubre.

El propio Ricardo Rafael clasifica como damnificado, aunque todavía no haya movido un dedo para gestionar ni un saco de cemento, ni una sola plancha de zinc.

¿Y usted no piensa llenar el papeleo para solicitar recursos?

“Cuando uno ve cómo están los demás, se da cuenta de que su problema no es tan grave. Más pa’lante ya veremos, ahora hay que ayudar al que más lo necesita”.

LO QUE PROVISIONAL SE PONE…

Amontonada en tablas sobre sí misma, la casa de Iris Leidy hace un mes que está en el piso. Y hace un mes que Iris Leidy está viviendo “temporalmente” junto a su hijo en la panadería de Nela. Ella lo llama “mi niño” por costumbre, porque en realidad es un manganzón de 14 años, y recalca el “temporalmente” para no asustar a nadie o para no asustarse a sí misma, pero en realidad no tiene idea de cuándo podrá volver a levantar lo suyo.

“De todo esto —me dice mientras recorremos la escombrera que le quedó por casa—, lo único que se mantuvo en pie fue la meseta. Mírela allí, en aquella esquina, como si nada hubiera sucedido”.

La vivienda de Iris Leidy Cedeño es una de las más de 400 afectadas en el consejo popular Aracelio Iglesias.

Cosas de la naturaleza, se azora Luis Cruz Dávila, delegado de una de las circunscripciones de Nela y a quien todavía se le ponen los ojos como pesetas cuando habla del ciclón.

“El centro de esa bestia pasó a 35 kilómetros”, sostiene Luis con más seguridad que José Rubiera, y a seguidas remata: “Por estos contornos se sintieron vientos de 300 kilómetros por hora”.

La velocidad exacta no se la discuto, porque Luis certifica que en la comunidad hay instrumentos que pueden medirla; lo que sí verifico con meticulosidad de inspectora es la entrada de materiales de la construcción, un dato que Sixto Leiva, jefe del puesto de dirección del consejo popular Aracelio Iglesias, atiende más por estos días que a su propia familia.

Alrededor de 900 planchas de zinc, 1 000 y tantas de fibrocemento, tres tipos de áridos, ladrillos, bloques, tejas planas, 300 y pico kilogramos de puntillas…, recursos que todavía no resuelven, pero han permitido ir colocando parches.

De ello dan fe Natividad Alfonso, que inauguró la nueva cubierta de su casa exactamente un mes después de Irma, y Maira Chabeco, que ya compró las planchas necesarias para restituir las que el huracán le llevó volando con angulares y todo.

“La gente está ansiosa por arreglar lo de cada uno, pero hay que entender que somos miles y miles de afectados desde Oriente hasta La Habana —admite Maira—. Además, los enfermos, los niños, los encamados, los inválidos y los casos sociales tienen prioridad”.

A la hija de Maira Chabeco y otros vecinos de Nela y Aridanes los propios trabajadores de las unidades de producción agropecuaria de la zona los ayudaron en las labores de construcción como parte de una estrategia, no solo de consejo popular, sino de municipio y provincia, concebida para que las empresas e instituciones se pusieran también la manga al codo.

Como “tremendamente provechosa” califica la experiencia Marelys Cedeño Cardoso, presidenta de la Asamblea del Poder Popular en Yaguajay y vicepresidenta del Consejo de Defensa Municipal, quien apuntala su agradecimiento: “Si no fuera por el apoyo del Micons, el grupo de la Alimentaria, la arrocera, la Agricultura, Transporte… habríamos avanzado en las tareas de la recuperación, pero el proceso hubiera sido más lento”.

¿Quiere decir que Yaguajay se recupera rápidamente?, inquiero.

“No, sufrimos un impacto demasiado fuerte y la infraestructura de los asentamientos urbanos y rurales quedó muy comprometida. Se reportan, según los partes emitidos por las 14 zonas de defensa, 10 070 viviendas afectadas, y solo se ha solucionado alrededor de 1 170 casos”.

¿Estamos hablando de solución definitiva?

“Para nada. Los recursos están entrando al territorio, me refiero a materiales de la construcción, las donaciones del Fondo Mundial de Alimentos y de colchones y ajuares, y todo se ha venido repartiendo de acuerdo con las prioridades y los análisis de los consejos de defensa, porque es allí donde se sabe realmente a quién le hace más falta. Se han distribuido los recursos según van llegando, algunos gratis, otros a mitad de precio; pero eso no quiere decir que los problemas se hayan resuelto totalmente. Estamos dando soluciones temporales”.

Esperando por la solución definitiva, Julio González describe la angustia del damnificado, una incertidumbre entre pecho y espalda que inmoviliza.

“Lo que pasa es que la gente que se quedó sin nada no sabe con la que pierde y con la que gana —explica—; si se construyen una facilidad temporal y resulta que se quedan ahí para siempre, o si se van a un albergue para garantizar que algún día les den algo”.

Y usted, ¿qué piensa hacer?, le pregunto.

“Voy remendando lo mío porque la luz de alante es la que alumbra: un saquito de cemento, unas planchas de fibro, un cargamento de puntillas… Hay quien dice que eso es pan pa’ hoy y hambre pa’ mañana. Puede ser. Yo lo que sé es que llevo toda la vida luchando el pan pa’ hoy”.

(Publicado originalmente en Escambray)

En los antiguos centrales de Yaguajay soplan ahora los vientos de la recuperación.
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6 comentarios en “Yaguajay malherido

  1. Duele mucho este reportaje sobre Yaguajay, un pueblo especial que quiero desde lo mas profundo de mi corazon. Un pueblo de gente sencilla, humilde, atenta y educada. Gente servicial para lo que sea y a la hora que sea. La bloguera, con toda la magia que envuelve su pluma, que es creedibilidad de la A a la Z, me ha llevado hasta las mismas narices de los afectados: hasta las casas sin techo y hasta patios y fincas sin arboles. Gente que tenian poco y ahora no tienen nada. Caras serias con una tristeza profunda. Este reportaje oprime el corazon.

  2. Despues de huracan, la gente pasa de ser pobre a ser indigente. No creo que Yaguajay sea de los pueblos mas pobres de Cuba ni mucho menos. Es pobre como la inmensa mayoria de los villorios en Cuba. Pobreza extrema si he visto en Guantanamo. Quisiera ver un trabajo periodistico de como las estan pasando las personas que perdieron sus casas.

  3. Si vamos a hablar “de pueblos olvidados” o “tirados a la suerte de Dios”, no muy lejos de Yaguajay, a 35 KM, esta Caibarien. Antes de huracan, alli habia muy pocas calles “transitables”. Las demas oscilaban entre crateres lunares y guardarrayas, algunas con arroyos de aguas albaÑales. Y si vamos a hablar de un gobierno municipal inepto a la enesima potencia, ese es Caibarien. Y sin embargo, despues del huracan, los mismos dirigentes siguen instalados en sus puestos, algunos con autos del estado, chofer, secretaria, dieta y gasolina sin miseria. Demasiados beneficios para dirigentes que no resuelven nada o muy poco. La ciudad era un desastre antes de Irma, y despues, esta peor. Eso duele !

  4. pobre Camilo, penso que traia la libertad y prosperidad juntas. si hoy se levantara de su tumba, quedaria tan decepcionado! ver que su pueblo hoy esta aun peor que antes. el experimento, al final, no sirvio para nada. Celia debio haber atajado aquella idea de que “despues de esta guerra viene una mas grande, es la que voy a echar contra ellos”, debio haberlo cortado rapidamente y decirle “no, la guerra se acaba aqui”

  5. Y hay una realidad que es inobjetable, ante la amenaza de ciclon los cubanos con toda su defensa civil , lo unico que pueden haces es “huir”. Los cubanos no pueden enfrentar el huracan y prepararse para ese evento. si el cubanos pudiera comprar unos pedazos de madera y una libra de clavos podria al menos aseguran las ventanas , puertas y hasta alguna que otra placha de fibrocemento; pero nada de nada, bastas unos vienticos de 80 kilometor por hora para que los techos vuelen. Entonces me imagino que puede suceder con vientos muy superiores a estos. Lo de Cuba se llama indigencia economica.

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