Vitrales o el don de la permanencia

Aún no terminaban los 80 cuando Vitrales salió al ruedo por primera vez. La idea era loable: allí donde el potencial artístico lo propiciara, debía existir un suplemento que diera voz a los intelectuales.

Voz y alma vino a ser Vitrales, oasis a la creación en medio de un panorama que no era precisamente pródigo en espacios editoriales. Tal vez por ello no pocos suspiraron aliviados cuando en aquella primera plana de 1987 el Consejo de Redacción refrendó un Pórtico a manera de declaración de principios en el que expuso su credo: no sería este un suplemento para la nostalgia por las glorias de antaño, sino que devendría promotor de la más pujante actividad contemporánea, de la cultura en ebullición.

A Antonio Díaz, pintor de la ciudad del Yayabo, le debe el nombre, y a los casi cuatro siglos de arquitectura colonial. Más allá de los cambios en el diseño y el formato, típicos de toda publicación en ciernes y de las veleidades de los recursos, Vitrales se ha mantenido fiel a sus orígenes, a la cruzada que ha lanzado desde siempre en defensa de la cultura espirituana, a su presunción de universalidad, aunque algunos le hayan descubierto rasgos de cierta discursividad provinciana.

Con apenas hojear las memorias de los últimos años basta para evocar resonancias: el contrapunteo alrededor de la narrativa gestada en estos predios, los peliagudos debates en torno a la relación patrimonio-turismo en Trinidad, las disquisiciones a propósito de los valores culturales que se promueven, el dedo sobre la llaga de las tradiciones marchitas e, invariablemente, las páginas dedicadas a la obra de escritores y artistas.

Amén de ausencias e insatisfacciones, entre ellas la espaciada frecuencia cuatrimestral y sus escasos ejemplares, Vitrales continúa tomándole el pulso hoy, como hace 30 años, a la identidad cultural espirituana. De ahí que haya sido reconocido con varios premios y menciones durante los -—ya por desgracia extintos— Festivales Nacionales de la Prensa Escrita.

Sin embargo, no se cree por ello el non plus ultra de la alta cultura que preconizó Jorge Mañach. Se sabe deudor de una región cuya raigambre popular va de Teofilito a los coros de clave, de la trova tradicional a las fiestas santiagueras, y que le agradece el don de la permanencia.

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5 comentarios en “Vitrales o el don de la permanencia

    1. Y por qué los gustos suyos tienen que ser relevantes? A mí no me gusta el hígado, lo pongo aquí para que todo el mundo lo sepa, pero puede que a nadie le importe.

  1. Esta clarisimo Arturo.> A mi me dan nauseas y asco el olor a Guanabana, sin embargo es una fruta que gusta a mucha gente. Por citar un ejemplo, ahora los cientificos que desarrollan terapias contra el cancer, han descubierto que esa fruta, en pulpa o en jugos, ayuda a combatir algunos tipos de cancer. Mi clienta Isabel Aguilera se lo toma por galones cada semana porque padece de esa enfermedad. Que no me guste a mi, no quiere decir que sea malo. Hay para todos los gustos y sabores. Yo tengo pasion por el Nispero y el Mamey Zapote, pero a mis hijos no les gusta. Hay que respetarle sus gustos, pero yo tambien pido respeto para los mios.

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