Herencia del ajedrez

Si no me hubiera puesto siempre tan nerviosa la posibilidad de perder —está bien, lo admito, es un defecto que tengo—, yo hubiera podido ser una excelente jugadora de ajedrez. Quizás no al punto de ganar certámenes internacionales, pero sí alguna que otra escaramuza regional, algún torneíto de medio palo, de esos que los comentaristas deportivos llaman cariñosamente “del patio”.

Precisamente en el patio, pero de mi casa, aprendí lo básico: que los peones no valen casi nada, pero protegen a las piezas importantes; que los caballos son las únicas fichas que pueden pasar por encima de las demás sin cargos de consciencia ni escrúpulos; que el rey apenas se mueve, está constantemente amenazado y la que hace el trabajo sucio es la dama… Ardides con los que mi tío abuelo José Manuel Castro me sonsacó para que pasara horas concentrada en el tablero y no mataperreando con los muchachos del barrio.

Y funcionó. Para cuando llegué a la escuela, incluso antes de aprender a leer, ya sabía cómo dar un jaque mate Pastor, contando con la benevolencia de mi contrincante, claro.

Después descubrí que, además de un pasatiempo, el ajedrez podría funcionar como esa tabla salvadora que me liberara de la tortura corporal y psicológica que siempre fue para mí la Educación Física. Los adictos al ejercicio allá, en el área de deportes de la escuela, corriendo y sudando y haciendo abdominales, y yo, orgullosamente sedentaria, moviendo fichas, marcando relojes y garabateando en una hoja: Alfil C5, Jaque.

De aquellos años haciéndome la Kasparov saqué unos cuantos amigos que hoy veo por la calle y digo: Él estaba conmigo en el ajedrez; el salto en la boca del estómago cuando me veo perdida sin remedio y el vicio de analizar mis circunstancias como si se tratara de un juego de estrategia. Predecir qué van a hacerme para atajarlo antes, por ejemplo, o sacrificar algo en pos de un bien posterior, o intuir cuando el descalabro es inminente y pactar tablas.

Ahora que lo pienso, mi debilidad por los entretelones de la política pudiera ser otra herencia del ajedrez.

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5 comentarios en “Herencia del ajedrez

  1. Dice Ud en un tweets “que el rey apenas se mueve y la que hace el trabajo sucio es la dama”. Ud se refiere a un juego de ajedrez, pero yo lo asocio con la infable Letizia Ortiz Roccasolano, esa asturiana fria, distante e impertubable que hoy es reina de Espana por matrimonio con Felipe de Borbon. Esta cuarentona calculadora y manipuladora si que tuvo suerte ! Mientras muchas de sus colegas espanolas no tienen trabajo, o ganan salarios precarios, esta nieta de taxista aseguro su futuro y el de su familia cuando Felipe se enamoro perdidamente de ella en el 2003. Divorciada? No importa ! Plebeya ? Tampoco importa, pues hay que modernizar la monarquia y que mejor que ponernos todos al mismo nivel. O no?
    Espana sigue siendo “un chiringuito tercermundista”, aunque Rajoy diga que es la 6ta potencia economica del planeta. Por Dios, este gallego de Pontevedra se paso de copas !

  2. Mi amor, te mando un beso grande. Ahora me diste una buena idea, creo que voy a empujar a mis hijos a aprender a jugar ajedres…cuando crezcan un poquito, claro. Muakss, te quiero.

  3. Si leemos el articulo cuidadosamente veremos que lo que se define como lecciones sobre ajedrez son en realidad lecciones de socialismo a lo cubano. Copio :

    “que los peones no valen casi nada, pero protegen a las piezas importantes; que los CABALLOS son las únicas fichas que pueden pasar por encima de las demás sin cargos de consciencia ni escrúpulos…….”

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