Archivo de la categoría: Familia

Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

Una película de ficción

Una película de ficciónLa primera mentira que dijiste en tu vida fue aquella de “coppelia: kiosco grande para vender helado”. Lo tienes claro porque tu madre se ha encargado de recordártelo cada vez que te sorprende medio gaga, intentando ensartar excusas para no preocuparla. Pero ella, que te conoce como nadie porque te parió, te mira con una ceja arqueada y te desarma con su clásico: “¿Me vas a decir eso? ¿A mí?”.

Y no te queda más remedio que bajar la cabeza, cambiarle la conversación o hilvanarle otro argumento, esta vez redoblando el esfuerzo porque hay cosas que a los padres, definitivamente, no se les puede contar.

La segunda mentira ya fue más pública. Estarías en cuarto o quinto grado y era una de esas tardes en que los muchachos jugaban en el patio de la escuela a-la-una-mi-mula, a la solterona o a brincar dentro del tablero del pon que pintabas en el suelo con una tiza blanca. Era —eso sí— una época en que los padres no les hacían las tareas a los hijos con copia y pega de Internet y mucho menos las imprimían a láser. Todos merendaban discos de aceite y sal, con o sin limonada.

Estabas allí, sentada en un círculo con tus compañeras de aula, cada una intentando lucir más adulta que la de al lado. Que si una sale al parque los domingos, que si la otra está aprendiendo a cocinar, que si a aquella la dejan ver las películas del sábado. Sigue leyendo

Agua pasada

Agua pasadaMi rutina de lavado tiene una banda sonora predecible: Joaquín Sabina desde que comienzo a separar la ropa por colores, Joaquín Sabina cuando cambio el agua porque el bulto es demasiado grande y Joaquín Sabina hasta que termino de acomodar la última pieza en el tercer cordel. Joaquín Sabina, por supuesto, no tiene ni idea.

Quien dice mi rutina de lavado, dice también buena parte de mi rutina de vida desde que escuché por primera vez Peces de ciudad y comprendí de golpe que, como dice el bardo mala cabeza de Úbeda, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Habría que convenir en algo: a una puede gustarle o no el estilo de bohemio trasnochado que se monta, a una puede hasta parecerle impostada esa irreverencia suya de bares y cantinas y mujeres de más y cordura de menos; una lo que no puede es permanecer indiferente a sus metáforas inesperadas, a las imágenes rocambolescas con que salpica sus canciones y que lo mismo sirven para enamorar a orillas de un río —si es poco profundo, mejor—, que para resolver el puzzle de lo que él ha llamado un-no-te-quiero-querer.

Y entonces una, que no llegó a sus textos en el preuniversitario sino mucho tiempo después, se descubre colando sus propias estampas personales entre verso y verso, por aquello de los 19 días y las 500 noches, de los gatos que se van por los tejados y las angustias de ahora, que se despide pero se queda. A fuerza de describir con pelos y señales las más diversas esquinas de la realidad, pareciera que Sabina lo ha vivido todo. Sigue leyendo

32 años: monólogo interior

32 años monólogo interiorEscuchar las canciones que tarareabas de memoria en la secundaria y rajarte a llorar sin saber por qué. Revisar masoquistamente las libretas del preuniversitario comenzando por la última página, donde garabateabas las carreras que querías, las fechas que significaban algo, los nombres de tus hijos hipotéticos y la gente por la que creías sufrir. Evocar cómo eras hace 15 años y apenas reconocerte: supongo que es a eso a lo que llaman crecer.

Nadie te dijo que sería fácil. Miras hacia atrás y ves tu vida en retrospectiva, como una de esas películas que no se ciñen a más orden que el de la santísima voluntad del escritor. O como uno de esos viajes que has dado en camiones, parada, con el maletín lleno de ropa sobre un pie y un saco de carbón ajeno machucándote el otro; un trayecto del que quieres salir observando la carretera que va quedando al fondo y se estrecha y se retuerce y termina allá, lejos, en una curva con árbol. A veces has pensado que la vida es eso: los kilómetros que vas dejando atrás.

Después te das cuenta que no, que la vida es lo que dejas y lo que pretendes. Pero sobre todo, lo que pretendes y nunca consigues, que si no dejaría de tener gracia este proceso agónico de ensayo y error. Sigue leyendo

Ponte pa’l deporte

Ponte pa’l deporteLo mío con el deporte —nunca me he ocultado para decirlo— es una relación de incomprensiones mutuas que comenzó a principios de los 90, cuando mi tío monopolizaba el único televisor de la casa para vociferar en tiempo real y a todo volumen mientras Víctor Mesa se robaba cada base de Cuba o para admirar el voluptuoso talento de las espectaculares Morenas del Caribe.

“Ponte pa’l deporte”, me decía. Y cambiaba sin cargo de conciencia alguno de Cubavisión para Tele Rebelde dejándome —eso sí— unas ganas olímpicas de marcarle el ippon que ya para entonces propinaban hasta por gusto las alumnas de Ronaldo Veitía.

Aquel “ponte pa’l deporte”, como suele suceder con las ordenanzas descabelladas, quedaría al campo poco después, cuando una muy traumática autocanasta frustró mis pretensiones de Michael Jordan.

Luego, por si aún no me bastaba, demostré profusa y sistemáticamente mi incapacidad absoluta para el salto largo y de altura, para enhebrar una decena de abdominales al hilo sin caer rendida por la falta de aire y para resistir una carrera de tan solo 800 metros en aquellas pruebas de eficiencia física que me aterraban más que cualquier examen final de Geometría Analítica. Lo que se dice una tortura china. Sigue leyendo