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Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

La política del hasta aquí

la-politica-del-hasta-aquiDicen los pescadores de Isabela de Sagua que lo importante no es la distancia, sino el flujo de las corrientes marinas. Y lo explican sin necesidad de mapa alguno: el caserío, ubicado en la costa norte de Cuba, no es ni remotamente el punto más cercano a Estados Unidos, pero justo enfrente se yuxtaponen cayos, islotes… vestigios del delta sumergido del río que, en la concreta del mar, funcionan como una especie de trampolín entre el litoral de Sagua y el sur de la Florida.

Semejante particularidad fue aprovechada con deseos durante la primera mitad del siglo XX, cuando el puerto de Isabela recibía la inyección en vena de las mercancías norteamericanas, y varias décadas después, en plena crisis migratoria de los 90, cuando las balsas se construían en los patios de las casas y hasta la región llegaban cubanos de todos los rincones de la isla con los bártulos al hombro en busca de lo que entonces parecía una gran terminal marítima.

Como la huelga del 9 de abril para mis abuelos y el juicio televisado al General Ochoa para mis padres, la avalancha de gente lanzándose al mar —“como los peces”, cantaría Varela— es un capítulo de la historia de Cuba que nadie tuvo que narrarme. Un capítulo triste, en verdad. Un capítulo que polarizó la ya polarizada dicotomía entre los que se fueron y los que se quedaron. Más bien, un trauma.

Cuentos de todo tipo ha habido: el lanchero que llegó hasta la mismísima costa, no encontró al grupo que debía estar esperando y, para que le pagaran allá su viaje, se llevó a un pescador despistado; la madre soltera que intentó irse una decena de veces hasta que fue a dar con sus tres hijos pequeños a la base naval de Guantánamo; el hombre que bajó 20 libras en el trayecto de 12 horas y juró no contarle jamás a su familia; la historia terrible de los que no sobrevivieron la travesía… Sigue leyendo

El oro de Motembo

El oro de MotemboDecir Motembo en Sagua era decir la Siberia, un paraje intrincado y agreste en el que convivían de forma casi tribal los adolescentes de la región cuando les tocaban los 45 días de la llamada escuela al campo.

Decir Motembo era decir entonces móntate en un camión con una maleta de madera, desembarca en medio de la nada para contribuir con la cosecha de cultivos varios y prepárate para que las visitas familiares se repitieran con la frecuencia del cometa Halley.

Por suerte, cuando me tocó a mí, la escuela al campo ya no duraba 45 días sino un mes, y el campamento se había mudado para los Mogotes de Jumagua, prácticamente a un brinco de la ciudad, de modo que la referencia a Motembo quedó como un mito instalado en la memoria afectiva de mis contemporáneos.

“¿Te quejas por 30 días en los mogotes? Tú no sabes lo que es una escuela al campo en Motembo”, solían alardear nuestros padres en franca referencia a la heroicidad de su generación y a la cobardía de la nuestra. Hoy pueden presumir frente a sus nietos —de hecho, algunos lo hacen— con un “tú no sabes lo es una escuela al campo”, a secas.

Y dejé de escuchar las historias de hamacas de saco y de las dietas a base de papa hervida y de todo cuanto tuviera que ver con aquella suerte de espejismo que, para los sagüeros bitongos que fuimos, era Motembo; un sitio del que me había olvidado sin cargo de conciencia alguno hasta que un reporte de prensa me recordó que ocupa un lugar en el mundo. Más bien, un lugar en Cuba, a 80 kilómetros de mi casa. Sigue leyendo

Mis amigos de la primaria no me dejarán mentir

Mis amigos de la primaria no me dejarán mentirVeo a Laidí, mi profesora de quinto y sexto grado, y la saludo con esa mezcla de cariño y respeto que solo inspiran las maestras de escuela primaria; porque una vez en la secundaria, seamos francos, entre la presión que ejerce el grupo sobre el adolescente y las hormonas haciendo lo suyo, el profesor va perdiendo de a poco su omnipotencia.

Veo a Laidí y recuerdo, inevitablemente, la otra feliz que fui en la Nguyen Van Troi de Sagua la Grande, un plantel educacional de los más reputados en aquella época y que hoy ya no tiene lo que se dice personalidad jurídica: fue fusionado, supongo que por obra y gracia de algún reordenamiento, con la escuela primaria José de la Luz y Caballero, su archienemiga histórica.

Para que se tenga una idea: en casi todas las competencias de bandas, tablas gimnásticas, cantorías infantiles y concursos de conocimientos, la Van Troi y la José de la Luz pulseaban en las finales y una de las dos se llevaba el gato al agua por foto finish, cuando no compartían premio. De modo que esa fusión, para la pionera beligerante que fui, estaba fuera de todo pronóstico.

Pero mucho ha llovido desde entonces, es una realidad, y que de la Van Troi apenas quede el cascarón prestado a los alumnos de otra escuela no mella en lo más mínimo los recuerdos de varias generaciones de sagüeros. Sigue leyendo

Carne con papas

Carne con papasD. hacía el cinco en la cola de la carne de res. De dieta, por supuesto. Y también por supuesto D. no se llama D., pero me hizo jurar por las once mil vírgenes que no pondría su nombre real. No porque esta sea una historia de hurto y sacrificio de ganado mayor, en cuyo caso no se me ocurriría ni siquiera usar la letra inicial; sino porque D. le tiene un temor casi patológico a Internet. “Nunca la he visto, pero por lo que dicen debe ser malísima”, me explica, y con la ingenuidad de su argumento basta para convencerme.

Así que decido respetar a D., que cuando empezó esta historia hacía el cinco en la cola para comprar la carne de dieta. Fue entonces cuando a la fila de comadres le dio por cuestionar, como ya venía siendo costumbre, la inexplicable desaparición de la papa, que algunas solo habían visto en los reportes del noticiero de la televisión nacional.

—No habrá papa en las placitas estatales, pero por mi casa pasó ayer un hombre vendiendo el jarro grande a 25 pesos. Le compré cuatro.

—Además, no habrá en Sagua, porque de este pueblo no se acuerda nadie, pero en Santa Clara la papa está a la patá.

—Normal, si Santa Clara no se ha llevado el río de aquí porque no puede. No me extraña que estén nadando en papas por allá. Sigue leyendo