Archivo de la categoría: Sancti Spíritus

¿Círculos infantiles, nanas o “daycares”?

Con el niño de un año y medio en brazos y, en el bolso, una kilométrica lista de cuidadoras con sus respectivos nombres, seudónimos y direcciones, Dariela Álvarez peinó durante días la ciudad de Sancti Spíritus: subió y bajó edificios multifamiliares, comprobó la higiene de las “candidatas” y hasta revisó los patios de las casas con un rigor que hubieran envidiado los operarios de vectores.

“Yo estaba desesperada por comenzar a trabajar, pero tampoco iba a dejar a Abel Ernesto con cualquiera”, explica ahora, mientras su pequeño pone patas arriba la sala de la “tía” que cumple todos los requisitos: limpia, dulce y con pocos niños a su cargo.

Visitó más de 20 mujeres, algunas con licencia emitida por la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social; otras, que ejercen sin autorización y, por tanto, no pagan patente. Sin embargo, no visitó, porque no estaba para perder el tiempo, ninguno de los 11 círculos infantiles que existen en la capital provincial.

Dariela no trabaja ni en Salud ni en Educación, sectores tradicionalmente priorizados en el otorgamiento de capacidades para estos centros, sino como mesera en un paladar, con lo cual ella misma descartó la remota ilusión de que le concedieran una plaza a su hijo. Sigue leyendo

Choque de trenes

Dioney Martín no debía estar al mediodía del 24 de febrero de 2017 en el coche-motor que cubría la ruta entre Siguaney y Sancti Spíritus. Si había abordado en Zaza del Medio era solo para hacerle un favor a alguien, un encargo tan rutinario como llevar una jaba con comida hasta el hospital provincial.

Dioney tampoco debía treparse a esa especie de guagua sobre rieles porque dinero tenía para pagar una máquina, pero el coche-motor era segurísimo —pensó—, y mucho más barato. Subió con la misma agilidad de tantas veces y se sentó en un asiento al fondo.

Pero Dioney, que sería de todo menos descortés, le dio su puesto a una señora y se paró a conversar en la parte delantera del coche-motor, justo por donde impactó sin piedad, apenas un rato después, el tren cargado hasta la punta de las estacas de caña que venía en sentido contrario.

La de Dioney Martín no es, obviamente, una historia de sobrevida. Sigue leyendo

Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

Los bisnietos de Manuel García

los-bisnietos-de-manuel-garciaEl guajiro ya no sabe si acostar la vaca en su cama o matarla de una buena vez. Demasiados dolores de cabeza le viene dando: levantarse a ordeñarla a las tres de la madrugada, sacarla al potrero, amarrarla por el mediodía a la sombra del algarrobo, ponerle y quitarle el ternero, cambiarle el agua del cuenco y mantener en regla los papeles que prueban que ese animal dócil y propenso a la melancolía es suyo y no de la finca colindante.

Lo peor de todo viene después, cuando cae la tarde y al montero no le queda más remedio que guardarla bajo siete llaves “porque, imagínese, tantos años cuidando una vaca como a la niña de mis ojos para que vengan unos manganzones a chuleármela”.

Y por chulear el guajiro se refiere a un delito tipificado con el rimbombante nombre de Hurto y Sacrificio de Ganado Mayor (HSGM en los informes); un delito casi sacrílego que, en la concreta de monte adentro, consiste en robarse una vaca, matarla, descuartizarla y lucrar a sus expensas. “Animalito, con el cariño que le tengo”, se duele.

“Yo entiendo, fíjese, que en Cuba el ganado no esté a la patá —me mira y después mira a Muñeca—, que la mejor manera de cuidar la masa sea controlándola; pero, óigame, tampoco hay que exagerar, que yo vivo con el credo en la boca porque si me matan la vaca tengo que pagarla como si fuera yo el que se la hubiera comido”. Sigue leyendo