Mis dos orillas

“… porque en tus ojos están mis alas y está la orilla donde me ahogo”. Carlos Varela

El eterno retorno

Sagua: el lugar donde he sido feliz, al que Sabina recomienda no tratar de volver. Él nunca ha estado allí, de modo que no podría comprender este ir y venir desde todas las ciudades de Cuba, desde todos los sitios del mundo, hasta el Undoso nuestro.

Fue una de las ciudades más prósperas de la Isla, hoy venida a menos. Pero le queda el encanto, la hidalguía desperdigada por las calles, ese orgullo regional que no logran justificar quienes se acercan así, epidérmicamente, y apenas ven la cáscara raída que Sagua ha logrado salvar de la decadencia.

No fue hasta 1812 que la Corona española registró su nacimiento en los libros, varias centurias después de que las maderas de sus bosques fueran a morir a San Lorenzo de El Escorial, y de que los piratas aprovecharan la boca del río para fondear sus naves.

Sin embargo, el verdadero despegue de la villa tuvo lugar durante la época dorada del azúcar, el boom plantacionista que detuvo su expansión hacia el este justo en los límites de la jurisdicción sagüera.

De aquellos años signados por el trapiche y el cimarrón, todavía pervive el olor a melaza en la barriga de su único central, el bagacillo insistente que solo llueve en las pocas casas de Sitiecito y varias leguas a la redonda, la evocación borrosa, más bien parecida a la desmemoria, de lo que un día fue la raspadura, y el tiempo muerto como una espada de Damocles que no termina de caer.

Nuestro ferrocarril ya no lleva toneladas de sacarosa al puerto de La Isabela. En realidad, ya no transporta casi nada, ni la Isabela de Sagua, otrora puerto insigne de la costa norte, es más que una playa pedregosa donde aliviar los sopores del verano. Sus pescadores se persignan, invocan a Yemayá y se lanzan al mar, “como los peces”.

Pero de todas las nostalgias, acaso la más desoladora es la herida abierta sobre su río: el puente por donde pasara José Luis Robau López con la Brigada Sagua una vez concluida la guerra, ese puente suspendido de sus dos arcos agoniza con irreversible lentitud. Se llama El Triunfo, pero en este mismo momento es la viva estampa de la derrota.

Me niego a creer que un día las fotos en que varias generaciones de sagüeros posaron con el viaducto de fondo serán la única constancia de que, alguna vez, en este pueblo de coches y bicicletas existió un puente monumental, salvado de la corrosión y las crecidas del Undoso, pero condenado para siempre por la desidia ajena. Me niego a creer que se nos muera.

Tal vez por ese rescoldo de esperanza regreso siempre, incapaz como me declaro para ausentarme durante más de un mes; por la ilusión, casi naif, de que es el mejor de los pueblos posibles; por el recuerdo de sus muertos ilustres; por la casa que aún conserva el olor de mis abuelos y por la felicidad, que nunca es tan rotunda e inexplicable como cuando llueve en las tardes de noviembre sobre el Mausoleo.

Metrópoli en ciernes

Cuando llegué por primera vez a la ciudad del Espíritu Santo me pareció una urbe más entre tantas, un poblado a la vera del Yayabo con un puente monumental que acaso no merecía.

Echaba de menos las avenidas anchas, rectas, el trazado cuadrangular de mi Sagua la Grande decimonónica, su río inmenso, aquel otro viaducto metálico por el que tantas veces crucé de niña, mientras apretaba los ojos para no ver esos güijes de los que ni siquiera hoy he logrado exorcizarme.

Pero su fisonomía colonial y unas exiguas calles de piedra bastaron para que echara raíces definitivamente aquí. La cuarta villa fundada por Diego Velázquez en el año de gracia de 1514; ese pueblo incipiente entonces, arcaico ahora, me acogió sin rodeos ni premoniciones.

Poco a poco descubrí su encanto de paraje primigenio, la lozanía de aquellas mismas casas antediluvianas, la increíble vitalidad de sus tejados. Y ya no me pareció tan angosta, tan antigua la tierra donde nacieran los Sánchez Valdivia.

De tanto desandar sus muchos vericuetos, los espirituanos apenas se percatan de que la suya es una localidad que crece, se despereza de las marismas del pasado en un loable intento por parecerse al Ave Fénix. A fuerza de transitar iguales rutas, algunos olvidan que, tras balaustres y fachadas cuasi medievales, se esconden siglos de historia, de esos tiempos inmemoriales en que los pocos techos jugaban a burlar la ira de los huracanes.

Irremediablemente conquistada estoy por el embrujo de esta metrópoli en ciernes, por los arpegios de la trova originaria, por cada una de sus fiestas santiagueras. Y es que las aguas del Yayabo me atraparon, en esa especie de sortilegio místico, ontológico, que impide abandonarlo del todo.

A las idas y venidas de su arteria fluvial le deben los espirituanos -y quienes jugamos a serlo- las bonanzas y desventuras de cada año. Tal vez por eso, o porque la gente en sus orillas es capaz de todos los milagros, cada enero la sorprende con esos recovecos de villa pretérita, cansada, estrenando nuevos bríos, orgullosa de sus casi cinco siglos sobre la piel del mundo.

6 Respuestas a “Mis dos orillas

  1. realmente la hidalguía de la otrora “Grande” Sagua está debajo de la cáscara, pero “Ojo”, yo que nací y hace 34 años que habito la villa, a pesar de las idas, el regreso ha sido siempre imprescindible; quizás no por voluntad propia; pues sagüera nata les digo que mucho más que edificios, fachadas, industrias y esplendor económico, Sagua a perdido mucho de alma; esa que edifica la gente que está, en ella. Que la villa del zEspíritu santo nunca sea a ello condenada.

  2. José Luis D. P. (T. A)

    Después de leer esta página sólo se me ocurren dos cosas: una proponerte que le cambies el nombre a la blog por Sagua Profunda; la otra, que me informes cuanto antes cuando me toca la guardia para apuntalar ese puente viejo.

  3. Yandy León Nuñez

    Créeme Gise, que nunca había conocido tanto en tan poco tiempo… me vinieron a la mente tantos recuerdos que solo aquellos que han vivido y disfrutado nuestra tierra entenderían cuanto se extraña.
    Te Felicito por tu Blog… es EXCELENTE

  4. Pingback: Mensaje para las musas « Isla Nuestra de cada dia

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