A un metro de Fidel

a-un-metro-de-fidelParada en el borde mismo de la acera, me descubro recordando la única vez que lo tuve cerca. Fue en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, durante aquella ola intensa de tribunas abiertas en que Cuba se paralizó de una punta a la otra reclamando al niño Elián. Fidel estaba allá, en el podio, y yo, una muchachita de 17 años, agitaba banderas en el lugar de privilegio en que habían ubicado a mi pre.

No puedo decir ahora que escuché cada frase suya, ni que comprendí en ese momento la trascendencia de un proceso que no solo traería de vuelta a Elián González, sino que desembocaría en ese empeño mayúsculo —todavía no analizado en profundidad— que fue la Batalla de Ideas.

Rodeada de adolescentes con las hormonas tan revueltas como las mías, no atendí lo suficiente como para asirme hoy a ese recuerdo. Apenas flashazos: el dedo índice enhiesto, el verde olivo que el sol pintaba a ratos de gris, la estatua del Che en lo alto; detrás de mí, un mar interminable de cabezas…

Ahora, mientras la caravana se adentra en Sancti Spíritus, intento cazar otra cercanía. Me ubico detrás de unos niños de quinto grado que, como yo a los 17 años, no podrán aquilatar en su justa medida la dimensión del suceso que están a punto de vivir. La angustia de estos niños es el reflejo del dolor de sus mayores. Sigue leyendo

El hombre que le duele a Cuba

el-hombre-que-le-duele-a-cubaNoventa años después, moriría sin remedio, dejando a millones de cubanos en un duelo inconsolable. Noventa años después, la isla viviría la noche más larga, una madrugada sin luna y sin estrellas y sin sosiego al otro lado del teléfono cuando una voz entrecortada te dice que sí, que es cierto, que se murió Fidel.

Y lees la noticia en las redes y no quieres creerlo, te aferras como gata bocarriba a la remota posibilidad de que sea otro rumor oportunista y malintencionado, porque una nunca está lista para un aguijonazo como ese; pero entonces ves a Raúl confirmándolo en la televisión nacional, con la pesadumbre de quien ya no tiene más asidero que su recuerdo, y es ahí —en ese minuto y tanto de pavor— que la realidad te cae encima como plomo fundido: en lo adelante, tendrás que lidiar con esa ausencia.

Tendrás que lidiar con un dolor sordo que reemergerá a ratos, cuando vayas por la calle y cualquier signo te lo devuelva de cuerpo presente: tres obreros reparando un poste, el diálogo de una madre y su hijo que se niega a entrar al círculo infantil, la embarazada con la barriga en la boca, el anciano con la jaba de mandados en una mano y, en el pecho, en perfecto orden, las medallas de combatir. Todo, absolutamente todo en tu mundo conocido a los 32 años te lo traerá de vuelta. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo

¿Esto es lo que hay?

esto-es-lo-que-hayCrear una cola kilométrica frente a una taquilla de la terminal, con el respectivo malestar de los involucrados, no fue precisamente la intención de quienes concibieron, aprobaron y comenzaron a implementar en toda Cuba el sistema automatizado para el expendio de boletines que, al menos en Sancti Spíritus, ha provocado cuellos de botella considerables.

La nueva tecnología hizo su debut por estos lares en septiembre pasado, precedida por la experiencia de otros territorios donde había agilizado los procesos y minimizado las inconformidades; pero —porque siempre hay un pero—, en esos lugares el éxito no se debía exclusivamente al sistema computarizado, sino a la existencia de varios puntos de venta.

Sin embargo, en Sancti Spíritus, los boletines que garantizan 14 salidas diarias —una cifra que aumenta si se consideran los tres destinos a los que tiene derecho cada cliente y los 90 días de antelación con que pueden reservar— los vende una persona de lunes a viernes, de seis de la mañana a seis de la tarde. Los sábados, hasta el mediodía. Una sola persona en toda la provincia, recalco. Sigue leyendo

Un litro y medio de vinagre

un-litro-y-medio-de-vinagreLa señora delante de mí levanta el pomo plástico y señala a la mujer del pañuelo rojo, ubicada tres o cuatro turnos más cerca del mostrador: “¿Tú la ves ahí? —me dice—. Ya ha comprado cinco veces en la media hora que llevo haciendo la cola”. La miro sorprendida con la exactitud del dato; ella, a su vez, me mira: “Sí, mi niña, aquí hay que estar a la viva”.

Y en ese “aquí hay que estar a la viva” leo yo la historia de esperas kilométricas y guaguas abarrotadas hasta la punta de las estacas y empellones en tumultos para comprar cualquier cosa —cosas, por lo general, de poca monta— que le han afilado a la señora sus instintos de gata. De gata vieja y escaldada por los 70 años que aparenta.

Quiero hablarle del clima o de las elecciones norteamericanas, de todo menos de esta cola que se alarga y se enrosca como un majá, pero no puedo porque apenas abro la boca para rebajarle algunas onzas de ira ella vuelve a levantar el pomo plástico de un litro y medio y le grita a la del pañuelo rojo: “Mima, ya le llevas vinagre al barrio entero, ¿por qué no das un chance para que los demás alcancen?”.

(La cola, como se sabe, es para comprar vinagre. Si al menos fuese para carne de puerco…). Sigue leyendo