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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

Agua pasada

Agua pasadaMi rutina de lavado tiene una banda sonora predecible: Joaquín Sabina desde que comienzo a separar la ropa por colores, Joaquín Sabina cuando cambio el agua porque el bulto es demasiado grande y Joaquín Sabina hasta que termino de acomodar la última pieza en el tercer cordel. Joaquín Sabina, por supuesto, no tiene ni idea.

Quien dice mi rutina de lavado, dice también buena parte de mi rutina de vida desde que escuché por primera vez Peces de ciudad y comprendí de golpe que, como dice el bardo mala cabeza de Úbeda, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Habría que convenir en algo: a una puede gustarle o no el estilo de bohemio trasnochado que se monta, a una puede hasta parecerle impostada esa irreverencia suya de bares y cantinas y mujeres de más y cordura de menos; una lo que no puede es permanecer indiferente a sus metáforas inesperadas, a las imágenes rocambolescas con que salpica sus canciones y que lo mismo sirven para enamorar a orillas de un río —si es poco profundo, mejor—, que para resolver el puzzle de lo que él ha llamado un-no-te-quiero-querer.

Y entonces una, que no llegó a sus textos en el preuniversitario sino mucho tiempo después, se descubre colando sus propias estampas personales entre verso y verso, por aquello de los 19 días y las 500 noches, de los gatos que se van por los tejados y las angustias de ahora, que se despide pero se queda. A fuerza de describir con pelos y señales las más diversas esquinas de la realidad, pareciera que Sabina lo ha vivido todo. Sigue leyendo

Trinidad: los días sin agua

Trinidad los días sin aguaMás de 25 pesos cubanos convertibles (CUC) ha llegado a pagar Nereida López por una pipa de agua que le dura lo que un merengue en la puerta de un colegio. “Unos 4 000 litros cada siete días”, aclara con la seguridad de quien ha calculado gota a gota toda el agua: la que compra a sobreprecio porque no le queda más remedio para mantener a flote su negocio, la que le llega por las tuberías apenas unas horas en ciclos cada vez más distendidos y hasta la que cae del cielo, escasa como las demás pero que ella recoge con un ingenioso sistema de canales adosados al colgadizo.

“En Trinidad tenemos un trauma con el agua”, sentencia y todo en derredor suyo parece darle la razón: la psicosis con que friega un vaso y cierra el grifo, friega un plato y cierra el grifo, llena un pomo y cierra el grifo; la cisterna que repleta ahora mismo, mientras conversamos, con una manguera kilométrica que atraviesa la casa colonial de punta a cabo; los tres tanques de 55 galones que tiene de reserva en el fondo del patio para que no los vean los turistas.

En la tercera villa de Cuba la obsesión de acaparar el líquido es tal que ni siquiera la proliferación del Aedes Aegypti, mosquito transmisor del dengue que vive a sus anchas en los depósitos de agua estancada; ni siquiera el riesgo de una epidemia como esa, que ha amenazado varias veces con espantar el turismo, ha conseguido que la gente renuncie a acumular todo el agua que le sea posible. Sigue leyendo

El Aedes y la seguridad nacional

El Aedes y la seguridad nacional“No tengo tanques, ni cubos llenos de agua, ni vasos espirituales”, le digo al operario de la campaña que, sin insistir demasiado en la revisión, me pide el visto, anota algo, firma y se va sin haber puesto un pie dentro de la casa. Cierro la puerta y sigo lavando, como vengo haciendo un sábado sí y otro no desde que trabajo.

La escena, repetida cíclicamente con alguna que otra alteración —operarios más o menos jóvenes, con linternas o sin ellas—, quiere decir una de dos cosas: que no entran a revisar, muy a pesar de mi evidente ajetreo doméstico, porque la zona donde vivo es la única libre de mosquito en Sancti Spíritus, un municipio con altos índices de infestación, o que los propios encargados de eliminar el vector no están al tanto del peligro real que un solo Aedes aegypti supone.

Para ser justa, sin embargo, debo conjugar el verbo en copretérito: no estaban al tanto, porque desde hace apenas unas semanas, cuando la epidemia de zika comenzó a saltar fronteras y a expandirse por casi todo el cuerpo de América, la campaña antivectorial en Cuba se ha desperezado de su tradicional abulia y ha retomado el cariz de apremio que siempre debió tener. Hoy, incluso, cuando ya hay casos de zika confirmados, linda con el pánico. Sigue leyendo

El viejo lobo de mar

El viejo lobo de mar“Si te vas a meter al mar, lo que no puedes es tenerle miedo porque él se da cuenta y te manda un oleaje del copón”, me dice Oriol Estepe y le creo, camado como está de espanto en sus 74 años de recorrer la costa sur de Cuba “pa arriba y pa abajo” desde la Ciénaga de Zapata hasta las mismísimas aguas de Manzanillo.

Pero así, lobo de mar y todo, se las ha visto feas más de una vez, aunque sean sus propios consortes de tripulación los que casi lo obliguen a narrarme, con pelos y señales, la escaramuza con el bicho de seis toneladas que estuvo a punto de tragárselo.

“Ah, verdad, el cuento del tiburón —reconoce cuando ya no le queda más remedio—. Sucede que esa tarde yo lo veo acercarse y me da por engancharlo con el arpón. Y quién te dice a ti que aquello hala, hala y hociquea, que si no llega a reventar la soga me vira el barco y me hubiera llevado con él, como se llevó tres cajas plásticas, 40 brazas de soga y hasta el arpón, uno bueno y nuevecito que todavía me está doliendo”.

¿Y ni entonces tuvo miedo?, le pregunto aún aterrorizada, no tanto por la historia que me cuenta sino por la escena que he comenzado a imaginarme: un hombre solo, fajado prácticamente a puñetazos con el escualo que lleva días bajeándolo, un monstruo que aparece de repente con una música de fondo que ya es un clásico. Sigue leyendo