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Panchito, el último cacique

panchito-el-ultimo-caciquePara Francisco Ramírez Rojas, Panchito, no es nada del otro mundo eso de mantenerse aferrado a sus cultos ancestrales, a su comunidad de 11 casitas y 23 personas y a ese paraje perdido en la montaña donde sus antepasados consiguieron sobrevivir.

Para él es lo más natural del mundo, pero para el resto del país que lo mira con extrañeza, La ranchería es una rara avis: el último bastión aborigen de Cuba. Panchito, el último cacique.

Si no fuera porque hace siglos se internaron a más no poder en las lomas del macizo Nipe-Sagua-Baracoa, de los indígenas habría quedado solo el recuerdo, unas cuantas ilustraciones desperdigadas en los libros de historia y los nombres sonoros con que bautizaron lomas, ríos, penínsulas, cayos… cada accidente geográfico bajo sus dominios que, antes de 1492, eran toda la isla.

En la Cuba de estos tiempos, para admirar la herencia indígena más pura hay que llegar hasta La ranchería, un recodo tan intrincado en la sierra guantanamera que hacen falta dos horas a lomo de un camión de triple tracción —un “triple”, a secas, para los lugareños—, por picos y mesetas y valles y hasta la muy temida Loma de la muerte.

Panchito, sin embargo, no consigue imaginar otro sitio fuera de esas montañas para echar raíces con su cacicazgo a cuestas. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo

El cuento de Bonilla

El cuento de BonillaPara Dayamis y Brito, que lo vivieron en tiempo real. Para Castellanos, donde quiera que esté.

Bonilla se llamaba el hombre, y era un negro alto y corpulento al que habían escogido como delegado en Corina para que toreara los problemas de la comunidad. Y al parecer habían escogido bien, porque cuando llegué dando tumbos a aquel paraje medio perdido en el monte de Fomento todos los lugareños me lo encomendaban: “Tienes que ver a Bonilla, que de eso que tú preguntas nadie te puede hablar mejor que él”.

Y entrevisté guajiros de todo tipo, de los que se dejaban poner la grabadora delante y los que halaban para atrás cuando les decía que era periodista; de los que habían nacido en esos rumbos a la buena de Dios y no querían bajar nunca al pueblo y de los que se aburrían de lo lindo mientras intentaban —casi siempre en vano— mudarse para la ciudad; gente sana como no suele cultivarse en el asfalto, espontánea como para llenar de frases ocurrente el reportaje y tan hospitalaria como para brindarme cada cinco minutos una jícara de café.

Un día entero en aquel fin del mundo tratando de entender cómo se vive en los caseríos que no aparecen en el mapa y, aun así, no coincidí ni una sola vez con Bonilla. “Pero, ¿no lo has visto? —me decían—. Acaba de pasar por aquí”. Y, a seguidas, la descripción: “Muchacha, si no tiene pérdida: es un negro altísimo, traba’o, que anda con un pullover azul. Cuando lo veas, vas a saber que es él”. Sigue leyendo

Plan Maestro para la Uneac

Plan Maestro para la UneacSentado en el Palacio de Convenciones de La Habana, mientras repase una y otra vez el informe central, cualquiera de los 320 participantes en el ya próximo VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) pudiera experimentar una especie de deja vú: los mismos cuestionamientos, las mismas preocupaciones, polémicas similares a las del cónclave anterior.

En aquel entonces, allá por el 2008, parecía que sí, que bastaría con el entusiasmo de los intelectuales para desmontar los patrones consumistas que viciaban el panorama cultural, que los delegados saldrían de las sesiones del evento directamente a librar una cruzada inmisericorde contra la banalidad y que se resolvería en horas el antiguo dilema de las jerarquías en el arte. Cuestión de coser y cantar.

Seis años después, sin embargo, persisten con una vitalidad lamentable buena parte de los problemas señalados por la vanguardia artística, no ya en el VII Congreso sino en casi todos los precedentes, pese al desvelo con que han venido laborando los miembros de la Uneac en los más disímiles escenarios. Sigue leyendo

Adiós Mégano de Tunas

Adiós Mégano de TunasJosé Baños, práctico del puerto de Tunas de Zaza, ya debe haber muerto. Cuando dio su testimonio para un reportaje con pretensiones antropológicas, hacía tiempo que no guiaba la entrada y salida de cuanto buque viniera a cargar en su panza los azúcares de los antiguos ingenios Amazonas, Tuinucú, La Vega y Natividad.

Retirado del trabajo en el embarcadero pero no del sobresalto de ganarse la vida, José Baños se recluyó por decisión propia en los agrestes dominios de El Mégano, comunidad que, junto a la cercanísima Tunas, configuran la última talanquera del río Zaza antes de desbarrancarse en el Caribe; y desde aquel paraje recóndito sintetizó, con la picardía de los viejos lobos de mar, lo que todos piensan pero nadie confiesa con una grabadora apuntándole: “Si el mundo tiene fondillo, este es el fondillo del mundo”. Sigue leyendo