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La política del hasta aquí

la-politica-del-hasta-aquiDicen los pescadores de Isabela de Sagua que lo importante no es la distancia, sino el flujo de las corrientes marinas. Y lo explican sin necesidad de mapa alguno: el caserío, ubicado en la costa norte de Cuba, no es ni remotamente el punto más cercano a Estados Unidos, pero justo enfrente se yuxtaponen cayos, islotes… vestigios del delta sumergido del río que, en la concreta del mar, funcionan como una especie de trampolín entre el litoral de Sagua y el sur de la Florida.

Semejante particularidad fue aprovechada con deseos durante la primera mitad del siglo XX, cuando el puerto de Isabela recibía la inyección en vena de las mercancías norteamericanas, y varias décadas después, en plena crisis migratoria de los 90, cuando las balsas se construían en los patios de las casas y hasta la región llegaban cubanos de todos los rincones de la isla con los bártulos al hombro en busca de lo que entonces parecía una gran terminal marítima.

Como la huelga del 9 de abril para mis abuelos y el juicio televisado al General Ochoa para mis padres, la avalancha de gente lanzándose al mar —“como los peces”, cantaría Varela— es un capítulo de la historia de Cuba que nadie tuvo que narrarme. Un capítulo triste, en verdad. Un capítulo que polarizó la ya polarizada dicotomía entre los que se fueron y los que se quedaron. Más bien, un trauma.

Cuentos de todo tipo ha habido: el lanchero que llegó hasta la mismísima costa, no encontró al grupo que debía estar esperando y, para que le pagaran allá su viaje, se llevó a un pescador despistado; la madre soltera que intentó irse una decena de veces hasta que fue a dar con sus tres hijos pequeños a la base naval de Guantánamo; el hombre que bajó 20 libras en el trayecto de 12 horas y juró no contarle jamás a su familia; la historia terrible de los que no sobrevivieron la travesía… Sigue leyendo

Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

A un metro de Fidel

a-un-metro-de-fidelParada en el borde mismo de la acera, me descubro recordando la única vez que lo tuve cerca. Fue en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, durante aquella ola intensa de tribunas abiertas en que Cuba se paralizó de una punta a la otra reclamando al niño Elián. Fidel estaba allá, en el podio, y yo, una muchachita de 17 años, agitaba banderas en el lugar de privilegio en que habían ubicado a mi pre.

No puedo decir ahora que escuché cada frase suya, ni que comprendí en ese momento la trascendencia de un proceso que no solo traería de vuelta a Elián González, sino que desembocaría en ese empeño mayúsculo —todavía no analizado en profundidad— que fue la Batalla de Ideas.

Rodeada de adolescentes con las hormonas tan revueltas como las mías, no atendí lo suficiente como para asirme hoy a ese recuerdo. Apenas flashazos: el dedo índice enhiesto, el verde olivo que el sol pintaba a ratos de gris, la estatua del Che en lo alto; detrás de mí, un mar interminable de cabezas…

Ahora, mientras la caravana se adentra en Sancti Spíritus, intento cazar otra cercanía. Me ubico detrás de unos niños de quinto grado que, como yo a los 17 años, no podrán aquilatar en su justa medida la dimensión del suceso que están a punto de vivir. La angustia de estos niños es el reflejo del dolor de sus mayores. Sigue leyendo

El hombre que le duele a Cuba

el-hombre-que-le-duele-a-cubaNoventa años después, moriría sin remedio, dejando a millones de cubanos en un duelo inconsolable. Noventa años después, la isla viviría la noche más larga, una madrugada sin luna y sin estrellas y sin sosiego al otro lado del teléfono cuando una voz entrecortada te dice que sí, que es cierto, que se murió Fidel.

Y lees la noticia en las redes y no quieres creerlo, te aferras como gata bocarriba a la remota posibilidad de que sea otro rumor oportunista y malintencionado, porque una nunca está lista para un aguijonazo como ese; pero entonces ves a Raúl confirmándolo en la televisión nacional, con la pesadumbre de quien ya no tiene más asidero que su recuerdo, y es ahí —en ese minuto y tanto de pavor— que la realidad te cae encima como plomo fundido: en lo adelante, tendrás que lidiar con esa ausencia.

Tendrás que lidiar con un dolor sordo que reemergerá a ratos, cuando vayas por la calle y cualquier signo te lo devuelva de cuerpo presente: tres obreros reparando un poste, el diálogo de una madre y su hijo que se niega a entrar al círculo infantil, la embarazada con la barriga en la boca, el anciano con la jaba de mandados en una mano y, en el pecho, en perfecto orden, las medallas de combatir. Todo, absolutamente todo en tu mundo conocido a los 32 años te lo traerá de vuelta. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo