Archivo de la etiqueta: Cuba

El Caribe en HD

Suponiendo que las tiendas recaudadoras de divisa de Cuba accedieran a dar el dato —nótese que comencé con un revelador “suponiendo”—, la cifra de televisores híbridos y cajas decodificadoras de alta definición (las llamadas cajitas HD) que han vendido vendría a configurar el público meta del nuevo canal Caribe que la televisión cubana inauguró el pasado 14 de marzo.

El canal ha sido promocionado por sus realizadores como una opción audiovisual informativa acorde a los más contemporáneos estándares de la televisión internacional, de excelente empaque y con rostros jóvenes frente a cámara; un elogio que, mírese por donde se mire, es más bien una crítica a los programas informativos que hoy el mismo ICRT le ofrece al cubano sin cajita HD, que es, a no dudarlo, la inmensa mayoría.

Comprendo —porque he estirado como un chicle mi capacidad para comprender— el salto tecnológico que implica la salida del canal únicamente por la señal digital de alta resolución; comprendo también la mal disimulada propaganda que Caribe le hace a las cajas decodificadoras más caras que venden las shoppings, una campaña que ya deberían rematar de una buena vez con el slogan: “Si quiere en el futuro ver la TV, compre solo cajitas HD”. Sigue leyendo

Un médico de verdad

un-medico-de-verdadSi algo tiene Farallones es el nombre bien puesto. Esculpido a cincel limpio en la montaña, el caserío pareciera levantado sobre lascas y más lascas en la abrupta topografía del macizo Nipe-Sagua-Baracoa. Para llegar hasta Farallones, incluso, hay que remontar una carretera de un pedregoso casi lunar y esquivar no pocos despeñaderos.

Nada en aquellas crestas filosas recuerda a Moa, el emporio cubano del níquel, el pueblo embetunado de pies a cabeza de polvo rojo que se despliega a sus pies. Allá abajo, junto a la bahía y al puerto y al ajetreo de los mineros, Moa sigue su curso; loma arriba, un puñado de comunidades y otro puñado de hombres y mujeres con sus niños y sus adultos mayores se sobreponen al calvario de vivir a 28 kilómetros “de la placa”.

Pero son 28 kilómetros medidos con lienza, porque en el odómetro de los carros rinden como 42, aseguran los choferes curtidos por el extenuante ejercicio de subir y bajar unos caminos tan abruptos como las lomas en las que serpentean; tan en carne viva desde hace tantos años que si una vez estuvieron buenos, ya nadie se acuerda.

Por esos mismos caminos escalan dando brincos la canasta básica normada, los insumos agrícolas y, dos días a la semana, el camión de pasajeros que ni siquiera nace en Farallones, sino un tramo más arriba, en un asentamiento con nombre pintoresco: Calentura. (Por qué le pusieron así, pregunto, y me responden que será por el calor del sol, que allí es muy intenso: “Qué se había imaginado, periodista”). Sigue leyendo

Afanosa busqué mi bandera

afanosa-busque-mi-banderaI

Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

Los bisnietos de Manuel García

los-bisnietos-de-manuel-garciaEl guajiro ya no sabe si acostar la vaca en su cama o matarla de una buena vez. Demasiados dolores de cabeza le viene dando: levantarse a ordeñarla a las tres de la madrugada, sacarla al potrero, amarrarla por el mediodía a la sombra del algarrobo, ponerle y quitarle el ternero, cambiarle el agua del cuenco y mantener en regla los papeles que prueban que ese animal dócil y propenso a la melancolía es suyo y no de la finca colindante.

Lo peor de todo viene después, cuando cae la tarde y al montero no le queda más remedio que guardarla bajo siete llaves “porque, imagínese, tantos años cuidando una vaca como a la niña de mis ojos para que vengan unos manganzones a chuleármela”.

Y por chulear el guajiro se refiere a un delito tipificado con el rimbombante nombre de Hurto y Sacrificio de Ganado Mayor (HSGM en los informes); un delito casi sacrílego que, en la concreta de monte adentro, consiste en robarse una vaca, matarla, descuartizarla y lucrar a sus expensas. “Animalito, con el cariño que le tengo”, se duele.

“Yo entiendo, fíjese, que en Cuba el ganado no esté a la patá —me mira y después mira a Muñeca—, que la mejor manera de cuidar la masa sea controlándola; pero, óigame, tampoco hay que exagerar, que yo vivo con el credo en la boca porque si me matan la vaca tengo que pagarla como si fuera yo el que se la hubiera comido”. Sigue leyendo