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Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

Una golondrina no hace verano

Una golondrina no hace veranoMuy pocas veces en mi vida —que tampoco ha sido tan larga, déjenme aclararlo— he dado mítines políticos: de pie, con la sangre revuelta y el tono exaltado, he defendido con vehemencia algo. Algo en lo que, sin dudas, he creído tanto como para sacudir esta timidez casi patológica y desgañitarme en plan tribuna abierta.

Ahora que digo “mítines políticos” no estoy demasiado segura de que el término se ajuste. En un país como el nuestro, donde el sistema educacional incluye asignaturas que se limitan a reseñar la evolución histórica de las ideas, no me queda del todo claro cómo aprehender de política sin ejercitarla.

Que conste: di Educación Cívica en la secundaria, Cultura Política en el preuniversitario y varios semestres de las más diversas filosofías en los cinco años de carrera, sin que ahora mismo me sienta apta para sostener un debate bien apuntalado. Pero a lo mejor soy yo, que de tímida paso.

Muy pocas veces en mi vida —repito— he levantado la voz frente a un auditorio más o menos numeroso, más o menos expectante y que, al final, más o menos me ha apoyado: cuando protesté ante la mirada atónita de los (re)vendedores de ajo, cuando protesté por el drástico aumento de precio del pasaje en almendrón entre Sagua y Santa Clara, cuando protesté por las exorbitantes tarifas de los camiones que cubren las rutas interprovinciales, cuando protesté… Sigue leyendo

Un loco de mucha lucidez

Un loco de mucha lucidezCuentan quienes lo conocieron cuando aún no deambulaba sin rumbo por las calles de Cabaiguán, que en los años 50 llegó a tener tres programas de radio en Placetas, Fomento y Sancti Spíritus; que ostentaba el título de locutor colegiado como si se tratara del diploma universitario; que una foto suya, de dril cien y sombrero de jipi japa, lo mantenía joven en las memorias de su única novia, que envejeció esperándolo. Cuentan quienes lo conocieron entonces que la de Eréstamo Fajardín Valdivia era una locura de mucha lucidez.

Se hizo proverbial su estampa cargada de andariveles: una guayabera con una manga corta y la otra larga, las patas del pantalón a diferente altura, los zapatos dos números más grandes que los pies, una caja repleta de trastos inútiles y una lata de aceite de carbón.

Con semejante estalaje se aparecía en parques y terminales, en cafeterías y talleres literarios, en los campos de los alrededores y hasta en un teatro de la capital, escenarios en los que deslumbraba, irremediablemente, con esa habilidad tan suya para componer 10 versos octosílabos sin pensarlo siquiera, como si la poesía fuese el sentido ulterior de su existencia, el único asidero que lo ataba al mundo real.

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AHS: ¿subvertir el status quo?

AHS subvertir el status quoLa Cultura cubana entendida así, en mayúscula, no nació justamente cuando Perucho Figueredo, sobre la montura de su caballo —según la versión más extendida y romántica del suceso—, escribió en folios desperdigados y diseminó como pólvora la letra de La Bayamesa, marcha que habría de convertirse, a la postre, en nuestro Himno Nacional.

Ni siquiera ese hecho fundacional, de tremendísimo valor simbólico, hubiese sido más que una escaramuza de ocasión si no lo hubieran antecedido décadas, siglos incluso, de una búsqueda incesante de lo cubano; poco habría significado para esta isla el 20 de octubre de 1868 si la muchedumbre hubiese coreado “que morir por la Patria, es vivir” de dientes para afuera.

Se convirtió en el Himno Nacional porque el pueblo lo hizo suyo, no viceversa; lo cual es una señal inequívoca de que solo perdura lo que consagra la voluntad colectiva y de que precisamente eso, el origen popular de nuestra Cultura, ha de celebrarse, más que con una jornada al año, con la batalla campal y casi titánica por la permanencia. Sigue leyendo

Cintas amarillas

Cintas amarillasSolo cuando René González convocó a los cubanos a usar una cinta amarilla el próximo 12 de septiembre me percaté de que no tengo prenda alguna de ese color. “Soy más de Santa Bárbara que de la Caridad”, me dije, a sabiendas de que un argumento tan folclórico iba a bastarme para virar al revés las gavetas, desempolvar vestidos viejos y registrar a escondidas los retazos de mi abuela.

De modo que me sentí salvada cuando apareció, traspapelada entre mis bártulos, una liga amarilla que nunca cumplió la función de atarme el cabello porque no tengo blusa ni saya con que combinarla, pero que, milagrosamente, habrá de servirme este jueves para simbolizar mi adhesión a la campaña por el regreso de los cuatro cubanos que aún permanecen presos en Estados Unidos.

Desde la primera vez que los medios de comunicación de la isla se hicieron eco del caso ya han pasado, por increíble que parezca, 15 largos años, más largos y angustiosos para las familias de Antonio, René, Fernando, Ramón y Gerardo, no solo por la separación física, ya de por sí dolorosa; sino por la incertidumbre de los momentos iniciales y la impotencia de saber que se mantienen tras las rejas por culpa del engranaje político. Están pagando un precio que los trasciende. Sigue leyendo