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Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

Señas de lo que quiere La Habana

senas-de-lo-que-quiere-la-habanaEl cubano de a pie, preocupado por los precios en el agro y las incertidumbres del transporte, no sabe aquilatar bien la cifra cuando se la dicen así, en medio de un reporte de televisión: Cuba necesita captar al menos 2.500 millones de dólares anuales de inversión extranjera si es que pretende conseguir un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto.

Como si el concepto de PIB no fuera ya lo suficientemente abstracto, le sueltan a boquejarro un número que, desasido de todo referente, parece decirle al ciudadano promedio que el país no está en condiciones de rechazar ningún capital foráneo, venga de donde venga.

Por eso después el cubano de a pie —pongamos, un machetero de Camagüey o un profesor de Educación Física de Sancti Spíritus— no entiende que, con semejante urgencia, la isla se haga de rogar frente a determinadas negociaciones o alargue como un chicle el otorgamiento de permisos o, en principio, haya concebido para ello un procedimiento tan enrevesado.

Se trata de poner todo en contexto, de explicar los entresijos de la Ley de Inversión Extranjera con la misma frecuencia con que se lleva a un grupo de periodistas a una visita “de pastoreo” a la Zona Especial de Desarrollo Mariel, ese polígono de experimentación al oeste de la capital que es, en efecto, una puerta al desarrollo de Cuba, pero no la única. Sigue leyendo

¿Por qué no llueve café en el campo?

Por qué no llueve café en el campoA sus 71 años, Ernesto Martín debe ser el único guajiro del Escambray que no se levanta directo al primer buche de café de la mañana. Dejó de gustarle hace décadas, cuando su mujer intentó mudarse del colador a la cafetera y la explosión le dejó un hueco en el techo de la casa.

“A ella no le pasó nada, por suerte —describe mientras le lanza una mirada como de tregua—, pero a mí el susto me curó del vicio del café para toda la vida. Y fue mejor, porque unos añitos después las plantaciones dijeron a ponerse flacas, a enfermarse y a parir unos granos raquíticos que casi no rendían. Aquello lo que daba era lástima”.

Y lo cuenta así, con naturalidad, como si tuviera algo que ver el estallido de su cafetera con el progresivo deterioro que fue diseminándose por los cafetales del lomerío villareño como un cáncer. En algo sí tiene razón: aquello lo que daba era lástima.

Él no sabe allá, en Oriente, donde las plantaciones siempre han sido más extensas y el café se da sato; pero en el Escambray bajo la jurisdicción de Sancti Spíritus, zona que conoce como la palma de su mano, Ernesto recuerda las pariciones de los años 80, cuando la región aportaba casi 2 000 toneladas en una sola cosecha.

“Pero empezamos a ir para atrás y para atrás como el cangrejo, dejaron de subir los recursos a las montañas, la broca se plantó en sus trece y, para colmo, a la gente le dio por bajar para el llano”, evoca, apesadumbrado. Sigue leyendo

Premios Lucas: cuando ya nadie se acuerda

Premios Lucas cuando ya nadie se acuerdaPara ilustrar el respeto del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) por su audiencia, basta un dato al azar: las galas de premiación del proyecto Lucas, acaso el evento de su tipo Made in Cuba más esperado por los públicos, tuvieron lugar en el teatro Karl Marx de La Habana los días 28 y 29 de noviembre de 2015 y aparecen en las pantallas de la televisión nacional dos meses y dos días después. Así, sin más.

No se paró un locutor en cámara para justificar la demora con un parlamento al estilo: “Tal y como ustedes lo solicitaron en correos electrónicos y llamadas al programa, hemos dejado añejar las galas dos meses enteros para satisfacer sus demandas”. O: “Retrasamos la puesta en pantalla de los Premios Lucas porque el único profesional capaz de editar las recurrentes muestras de egocentrismo de los Ángeles estaba de vacaciones en Europa”. No sé, algo, un argumento que no me deje la extraña sensación de que lo transmiten ahora pero que hubieran podido transmitirlo el mes pasado o el mes que viene.

A estas alturas, ¿para qué?, me pregunto y no tengo respuesta que no sea para enervar a los ya enervados televidentes; para dejar constancia de que nuestra televisión, la única, puede pasarse la inmediatez por el fundamento. En último caso, hasta para probar —como si hiciera falta—que eventos como ese no se ponen en vivo, una práctica al uso desde hace décadas en el resto del mundo y que al parecer en Cuba se reserva para los festivales de ballet, inauguraciones de teatros o conciertos de Olga Tañón. Sigue leyendo

El campo, la ciudad y los perros

El campo, la ciudad y los perrosTienen las mismas cuatro patas y la misma expresión de fidelidad en la mirada, pero los perros de ciudad no son exactamente iguales a los perros de campo; como los humanos que habitan aquellos lares, que por más cruzadas teatrales que se inventen para animarles las noches de Pascuas a San Juan; por más planes asistenciales que se dibujen en papeles y, solo a ratos, en los trillos de las comunidades, no puede afirmarse rotundamente que lleven una vida fácil.

Fácil, lo que se dice fácil, no: con la tierra de cultivar en el patio de la casa, pareciera que los campesinos sintieran menos la carestía de los alimentos o que les bastara con lo que sacan del surco para darse por satisfechos. Eso tienen las telenovelas del ICRT, que son capaces de crear semejantes espejismos.

Pero ni todos los guajiros levantan cosechas millonarias —algunos sí, para qué negarlo—, ni tiene ahora mismo el campo cubano la infraestructura de hace algunos años. La reorganización de las escuelas y de los servicios médicos, por ejemplo, no fueron medidas lo que se dice populares en los caseríos más intrincados, ni el arrendamiento de los círculos sociales; tres determinaciones categóricas evidentemente tomadas bastante lejos de los antiguos bateyes azucareros y de los pueblos encaramados en la montaña. Sigue leyendo