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La cura de San Pablo de Yao

la-cura-de-san-pablo-de-yaoCuando se vio solo frente a aquella señora con un sangramiento desproporcionado en medio de la Sierra Maestra, Denis Gabriel Santos respiró profundo y dijo para sus adentros: “Esto lo resuelvo yo o el diablo vende billetes”.

La suerte es que no se turbó: estabilizó a la paciente a como pudo, aplicó los protocolos establecidos para casos de esa índole y se aseguró de remitirla con urgencia hacia Buey Arriba, porque hay padecimientos que, por más que él quiera, no puede curar desde un consultorio en San Pablo de Yao.

Hasta ese paraje de la cordillera oriental llegó Denis en septiembre pasado, acabadito de graduar, pero fue cuestión de que los guajiros mansos de por esos contornos lo miraran dos veces para comprender que les habían mandado un médico “como es debido”.

Así lo recalca Pedro Delfín López Gómez, vecino de San Pablo de Yao desde que nació hace tantos años que puede dárselas de historiador de la localidad y presume de conocer a todo el personal de la Salud que ha pasado por la comarca.

“Usted lo ve ahí, ecuánime, pero ese médico es una ardilla —ilustra Pedro—: va a esta casa a ver a un enfermo, cruza el río de piedra en piedra para hacer el terreno, atiende a cualquier hora… y luego, esa sonrisa maravillosa que transmite tanta confianza. Uno de verlo se siente curado”. Sigue leyendo

El Niágara en bicicleta

El Niágara en bicicletaSolo cuando vi bajar del avión a Félix Báez Sarría, vivito, coleando y sin el traje de cosmonauta que lo aislaba del mundo; solo cuando la noticia de que estaba de alta y en camino hacia la isla aterrizó también por la terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana; entonces y solo entonces logré zafar el nudo que me atascaba la garganta desde que en la mañana del 19 de noviembre un locutor atribulado leyó la nota del Ministerio de Salud Pública frente al estupor de Cuba: uno de nuestros médicos en África Occidental había dado positivo a las pruebas del ébola.

De sobresalto en sobresalto le había seguido la pista: desde que se encontraba en estado crítico y la prensa apenas decía eso: “estado crítico”; cuando comenzó a dar muestras de mejoría, a comer por sí mismo, a esperanzar al equipo de especialistas —unos 50— que lo atendían a tiempo completo; hasta que los últimos reportes del Hospital Universitario de Ginebra, Suiza, confirmaron su cura definitiva.

“Sus fluidos corporales ya están libres del virus”, certificaron tan rotundamente que no me atrevo a dudarlo, aun cuando recuerde haber leído en alguna parte que el ébola permanece en el semen de los hombres infectados hasta tres meses después de haberse restablecido. O son meras elucubraciones sensacionalistas de los medios, o tienen un fundamento científico que —me atrevo a asegurarlo— ya los expertos cubanos han valorado para no sumar nuevos síntomas al cuadro epidemiológico nacional. Sigue leyendo

Razones para llorar

Razones para llorarTenía que salir de África, tomar un avión hacia España y provocar histeria en Nueva York; tenía que poner a prueba todos los protocolos para la contención epidemiológica al uso y desconcertar a la comunidad internacional para que el ébola comenzara a ser tratado con respeto; no como el problema sanitario que afecta a otros —“allá tú los ves, allá”—, sino como el virus altamente mortífero que amenaza con plantar sus cepas también en Occidente.

De hecho, antes de brincar a la muy castiza España a bordo de los dos misioneros infectados, el actual brote de ébola que viene desangrando desde principios de año a Liberia, Guinea Conakry y Sierra Leona apenas interesaba a los internautas, demasiado ocupados en chismes de celebridades, intrigas políticas, escándalos de corrupción y hasta en las veleidades del no menos virulento Estado Islámico. No lo digo yo, que solo llevo los reportes de lectoría de esta bitácora: lo dice el blog de los editores de BBC Mundo en un artículo que titula, precisamente, ¿Qué hacemos con el ébola?

Basta con repasar las coberturas de medios de prensa y las opiniones en redes sociales para aquilatar “la insoportable levedad” de lo que se debate: que si Teresa Romero, la enfermera contagiada en España, se tocó —o no— la cara con el guante; que si fue un crimen sacrificar a Excalibur, su perro, sin confirmar que había contraído el virus; que si la sanitaria Kaci Hickox debía acatar el período de cuarentena tranquilamente en casa para no exponer con sus paseos en bicicleta a medio estado de Maine; que si los trabajadores de salud infectados en África no podrán regresar a sus países de origen para ser curados… Sigue leyendo

El mundo se está acabando

El mundo se está acabandoMi abuela Emma, que se explica los fenómenos de la vida con argumentos de cristiana protestante, me lo viene advirtiendo desde que tengo uso de razón: estas plagas que diezman regiones enteras, estas lluvias de plomo que desangran el Medio Oriente, estas decapitaciones frente a las cámaras, estos aviones que caen del cielo como pájaros muertos son, sin dudas, síntomas del Apocalipsis.

Y me lo dice con una vehemencia inusitada, como si a fuerza de repetírmelo con más dramatismo pudiera librarme de lo que según ella se avecina: el rayo cegador que salvará al pueblo de Dios y dejará a los incrédulos sumidos en el desasosiego total. De niña, me aterrorizaba su descripción; ahora, francamente, me preocupa.

Debe ser verdad: el mundo se está acabando. De otra forma no se explicaría la desafortunada concatenación de los acontecimientos que, cada uno peor que el anterior, tienen a la humanidad como las mujeres de aquel filme de Almodóvar: al borde de un ataque de nervios. Sigue leyendo