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Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

Trinidad: los días sin agua

Trinidad los días sin aguaMás de 25 pesos cubanos convertibles (CUC) ha llegado a pagar Nereida López por una pipa de agua que le dura lo que un merengue en la puerta de un colegio. “Unos 4 000 litros cada siete días”, aclara con la seguridad de quien ha calculado gota a gota toda el agua: la que compra a sobreprecio porque no le queda más remedio para mantener a flote su negocio, la que le llega por las tuberías apenas unas horas en ciclos cada vez más distendidos y hasta la que cae del cielo, escasa como las demás pero que ella recoge con un ingenioso sistema de canales adosados al colgadizo.

“En Trinidad tenemos un trauma con el agua”, sentencia y todo en derredor suyo parece darle la razón: la psicosis con que friega un vaso y cierra el grifo, friega un plato y cierra el grifo, llena un pomo y cierra el grifo; la cisterna que repleta ahora mismo, mientras conversamos, con una manguera kilométrica que atraviesa la casa colonial de punta a cabo; los tres tanques de 55 galones que tiene de reserva en el fondo del patio para que no los vean los turistas.

En la tercera villa de Cuba la obsesión de acaparar el líquido es tal que ni siquiera la proliferación del Aedes Aegypti, mosquito transmisor del dengue que vive a sus anchas en los depósitos de agua estancada; ni siquiera el riesgo de una epidemia como esa, que ha amenazado varias veces con espantar el turismo, ha conseguido que la gente renuncie a acumular todo el agua que le sea posible. Sigue leyendo